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Omán vota hoy para revalidar su estabilidad en una región convulsa

El Consejo Consultivo carece de poder para influir en los principales retos que afronta el país: la sucesión y el bajo precio del petróleo

Una mujer omaní vota hoy en un colegio electoral en Mascate.
Una mujer omaní vota hoy en un colegio electoral en Mascate. AFP

Los omaníes están convocados a las urnas este domingo para elegir un nuevo Consejo Consultivo (Majles al Shura), cuyas competencias fueron ampliadas tras las protestas de 2011 aunque no alcanzan los poderes legislativos de un Parlamento. En total, 611.906 votantes se han registrado para participar, pero el interés popular por los comicios se ve eclipsado por los retos que plantean tanto la sucesión del sultán Qabús como los bajos precios del petróleo. La cita respalda sobre todo la estabilidad del país en una región convulsa.

“Tu voto importa”, asegura una pancarta en el zoco de Muttrah, uno de los barrios tradicionales de Mascate, la capital omaní. No todo el mundo se muestra convencido. Los candidatos que podían resultar polarizadores, de cualquier tendencia, han sido prohibidos. Eso resta atractivo a la consulta y no contribuye a que haya una participación elevada, a pesar de los nuevos poderes que el sultán ha dado a la Cámara.

De hecho, la apatía es perceptible entre los más jóvenes, en un país donde la mitad de sus 2,3 millones de población autóctona tiene menos de 25 años. “Todos los candidatos tienen el mismo discurso”, declara Abdalá, un empleado público de 30 años. “No siento mis inquietudes reflejadas en sus discursos”, confía sin entrar en detalles sobre lo que le gustaría oír.

“A los omaníes no nos gusta lavar los trapos sucios en público”, señala Najma al Zidjaly, una profesora de Sociolingüística en la Universidad Sultán Qabús, para explicar la tradicional reserva de sus compatriotas. Constata no obstante que “existe una creciente desconexión entre los gobernantes y la población” que influye en ese desapego. “Ya no confiamos en nadie”, afirma.

Al Zidjaly no entra en las causas, pero otros analistas apuntan al silenciamiento de la sociedad civil que se ha producido desde 2011 cuando el país vivió su propia versión de la primavera árabe. “Se ha cerrado el paso a la reforma, y se ha optado por el modelo egipcio”, apunta un activista que ha renunciado a seguir promoviendo el cambio en aras de la estabilidad. “Nos hemos dado cuenta de que continuar con la oposición no lleva a ningún lado. Y luego vemos lo que está pasando en nuestro entorno. No queremos ser Siria o Libia”, resume haciéndose eco de un sentir generalizado.

Para los más críticos, “las elecciones son un ejercicio de cara la galería” que también resulta útil al Gobierno porque “el nuevo Parlamento va a servir de instrumento de legitimación de las políticas oficiales”. Los candidatos lo ven de otra manera.

“No se puede criticar y no hacer nada”, defiende Nassra al Naamani, una de los 21 candidatos que se presentan en el distrito de Al Seeb, en Mascate. “Si queremos un futuro mejor para las próximas generaciones, tenemos que dar un paso al frente y participar como candidatos o con nuestro voto. No se puede desperdiciar este derecho”, defiende entusiasta.

“Si se gestionan las elecciones bien, contribuirán al proceso de estabilización, pero se trata de un experimento”, señala el comentarista Khalid Alharabi.

De momento, los principales retos que afronta el país tienen poco que ver con cuáles sean los resultados de los comicios de hoy. Las preocupaciones de los responsables políticos y del mundo empresarial giran en torno a la sucesión del sultán Qabús, que a punto de cumplir 75 años carece de un heredero conocido y cuya fragilidad se ha hecho evidente tras el tratamiento de un cáncer en Alemania. “El heredero está designado y no habrá vacío oficial”, apuntan fuentes oficiales. Alharabi está de acuerdo. “La monarquía hereditaria está consolidada”, asegura.

No obstante, a la dificultad de remplazar tras 45 años de Gobierno a un líder tan carismático como Qabús, se suma el desafío de hacerlo en una situación económica complicada. Con la perspectiva de una larga temporada de precios bajos del petróleo, el país no cuenta ya con los recursos necesarios para crear empleos en el sector público y financiar el generoso estado de bienestar al que el sultán ha acostumbrado a sus súbditos.

“Resulta preocupante”, admite Al Zidjaly. “Existe mucha inquietud. La omanización [el proceso de remplazar a los trabajadores extranjeros que suponen un tercio de la población por mano de obra local] no está funcionando. Hay mucho desempleo”, señala esta profesora, quien no obstante, se muestra esperanzada. “A los omaníes no nos importa trabajar cuando lo necesitamos. Nunca hemos sido ricos”, concluye.