Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
OBITUARIO

Pietro Ingrao, un líder comunista que quería la Luna

El histórico dirigente del PCI acabó criticando el giro moderado del partido

Pietro Ingrao, en 1976.
Pietro Ingrao, en 1976.

Prosa y poesía, realidad y sueño, posible e imposible fueron talantes contrapuestos en la vida de Pietro Ingrao, uno de los máximos dirigentes del Partido Comunista Italiano, que falleció el pasado 27 de septiembre en Roma, a la edad de 100 años. Nacido en Lenola (región del Lazio), Ingrao fue uno de los padres de la República italiana, presidente de la Cámara de los Diputados y director del periódico del Partido Comunista Italiano (PCI), L’Unità, del 1947 al 1957.

Le gustaba el cine y la poesía, y como otros jóvenes de la burguesía romana cantó la oda de Mussolini durante el fascismo. Hasta que, durante la Guerra Civil española, abrazó la lucha antifascista. Dedicó toda su vida a alcanzar la Luna —como escribió en su autobiografía [Pedía la luna, Península]—, el sueño de la infancia que creyó poder concretarse en el proyecto político comunista.

Dirigió el periódico fundado por Antonio Gramsci hasta 1957, cuando el comunismo italiano intentaba desmarcarse de Moscú, y ese diario se atrevía a publicar fotos de mujeres ligeras de ropa muy criticadas por los ortodoxos moscovitas. Terminada la guerra, preguntó a Togliatti si era oportuno que él, que había sido un joven poeta filofascista, estuviera al mando del periódico del partido. Il migliore le contestó con una sonora carcajada, porque Ingrao, que era representante del ala izquierda del partido, amaba la duda: “Si tuviera que dar una definición de mí —confesó en una ocasión—, diría primero: la práctica de la duda”.

En 1956, cuando los tanques soviéticos entraron en Budapest para reprimir la protesta de estudiantes y obreros, vivió su primera encrucijada política. Ingrao no apoyaba el ataque, pero decidió avalar la línea filosoviética del PCI. Cometió entonces, según dijo, uno de los errores más grandes de su vida.

Fue un dirigente herético pero disciplinado. Las reuniones del comunismo internacional le resultaban “aburridísimas”, y años después admitió que la defensa del estalinismo fue el error emblemático de su generación. En Moscú conoció a Carrillo y Pasionaria, a los que apoyó porque, dijo en una entrevista, “los franceses estaban celosos y les ayudaban poco”. En los años sesenta estuvo en la oposición interna al partido, aunque aprobó la expulsión de Pintor, Rossanda y Magri, que con el diario Il Manifesto criticaban la línea moderada de Amendola y Berlinguer. Su maximalismo despertaba el favor de los militantes más jóvenes: “Ingrao, Ingrao, tú eres nuestro Mao”, le cantaban los universitarios, antes de que, en los años setenta, ese afán revolucionario se convirtiera en legitimación de la lucha armada contra la democracia.

El periodista Indro Montanelli, que no fue precisamente su amigo, dijo de él: “Tiene un rostro chato y habla con un plúmbeo acento toscano. No obstante, cuando se le mira no se puede no sentir por él un respeto profundo”. Tras la caída del muro de Berlín, Ingrao se opuso al giro moderado de la izquierda poscomunista, que llevó a la fundación del Partido Democrático de la Izquierda (PDS). Se acercó a los colectivos de izquierdas, ecologistas y críticos con la globalización, pero él, un idealista que siempre había pedido la Luna, advirtió: la indignación, por si sola, únicamente contribuye a la abdicación de la política.