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Las elecciones refuerzan el control parlamentario del PRI y sus aliados

Peña Nieto y Los Verdes están en condiciones de prescindir del partido satélite de los maestros

Enrique Peña Nieto asiste al encuentro Italia-México. Ampliar foto
Enrique Peña Nieto asiste al encuentro Italia-México. EFE

Las cifras han despejado las últimas brumas. El PRI logró su objetivo prioritario en las elecciones intermedias del pasado 7 de junio. Aunque perdió 11 escaños (de 214 pasó a 203), logró reforzar la coalición con la que controla la Cámara de Diputados (500 asientos). La alianza de la formación gubernamental con el Partido Verde Ecologista de México y Nueva Alianza arroja 260 escaños, nueve más que en la pasada legislatura. El fortalecimiento se debe al fuerte ascenso de los verdes. Apoyado en una campaña en la que se saltó a la torera las normas electorales, este polémico partido pasó de 27 a 47 escaños. El aumento es de tal envergadura que la sola alianza con el PRI da el control del 50% de la Cámara, lo que, en vista del conflicto que se avecina con los docentes a cuenta de la reforma educativa, permitiría a los estrategas gubernamentales prescindir de la decena de diputados de Nueva Alianza, una formación de corte gremial que representa los intereses de los maestros.

Los resultados, aún no definitivos a falta de impugnaciones, muestran un debilitamiento general de los partidos tradicionales. El más poderoso, el PRI, pierde cuatro puntos y se queda con el 29,18%. El PAN se estrella en el 21% (108 diputados), el peor resultado desde 1994. Y el PRD sufre un descalabro aún mayor en términos de representación parlamentaria. Pasa de 99 escaños a 56, y se queda en un ralo 10,87%, una cifra que no registraba desde 1991.

En este desplome perredista, a diferencia de las otras dos grandes formaciones, ha sido decisiva la lucha fratricida con el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), el vehículo creado por el antiguo candidato del PRD Andrés Manuel López Obrador para alcanzar la presidencia en 2018. Morena, en su estreno, se ha situado como cuarta fuerza en porcentaje de votos (8,39%) y quinta en diputados (35). La fractura de la izquierda ha traído consigo una reducción de su perímetro parlamentario: la suma del PRD y de Morena (91) es inferior a la que obtuvo en 2012 la primera formación en solitario (99).

Con este balance, el PRI ha visto estrecharse el suelo electoral, pero ha salvado el castigo que le hubiese supuesto perder el control de la Cámara de Diputados. En su campaña soslayó la figura presidencial, que atraviesa un momento crítico, y se centró en destacar la estabilidad económica y algunos hechos muy perceptibles, como la bajada de la tarifa eléctrica, que vinculó polémicamente con las reformas. Este planteamiento, frente a la ola de rabia desatada por la tragedia de Iguala y los escándalos de corrupción, parecía destinado al fracaso. Pero el PRI, poseedor de una formidable maquinaria electoral y una fuerte implantación territorial, logró en términos nacionales gran parte de sus objetivos. Peor parada quedó la oposición. En el PAN, incapaz de frenar su histórica tendencia a la baja, se ha abierto la lucha por el poder, encabezada de momento por Margarita Zavala, la esposa del expresidente Felipe Calderón (2006-2012). Y en el PRD, el golpe ha sido de tal magnitud que aún no ha elaborado una estrategia de recuperación.

La participación, del 47,7%, la mayor para una elección intermedia desde 1997, indica que los electores han recobrado el interés por la política. Este fenómeno, al igual que el porcentaje relativamente bajo de voto nulo (4,7%), incidió en que los comicios fueran de los más reñidos en décadas, como demuestra que en el 34% de los distritos hubiese alternancia y en el 81% la diferencia entre el primer y el segundo puesto quedase por debajo de los 5 puntos. Todos estos datos hacen prever una campaña de alto voltaje para las presidenciales de 2018.

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