Columna
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El desplante

El pacto fundacional de las relaciones entre Washington y Riad se ha resquebrajado

No caben minimizaciones. Los diplomáticos quitan hierro al desplante, pero es lo que ha sido, un desplante, con quiebro incluido. Primero se anunció que Salmán, el nuevo rey saudí, acudiría a la cumbre convocada por Obama y a última hora prefirió mandar un mensaje de claro significado para las relaciones entre Estados Unidos y Arabia Saudí.

El contenido de esta relación, una de las vigas maestras de la política de Washington en Oriente Próximo, era hasta hace poco un intercambio de servicios: tú me das la energía que necesito como primera superpotencia y yo te doy la seguridad para consolidar tu autoridad en la península arábiga y en la región.

Ese pacto se rubricó simbólicamente en el encuentro histórico de Roosevelt con Abdelaziz Ibn Saud, padre del actual rey, a bordo del buque estadounidense Quincy en el canal de Suez, en febrero de 1945, cuando el presidente americano regresaba de la cumbre de Yalta, donde se había reunido con Churchill y Stalin.

No fue casualidad. Saud miraba con simpatía a Washington y con resquemor a Londres, la potencia colonial que había obstaculizado sus ambiciones. Cuando se descubrió el petróleo, antes de fundar el reino, las concesiones ya fueron para compañías estadounidenses.

El camino recorrido desde entonces incluye episodios trascendentales, como es la colaboración saudí durante la Guerra Fría en la lucha anticomunista, contra los regímenes nacionalistas árabes y contra los soviéticos en Afganistán. Ahí el trato adquirió otra dimensión: tú me ayudas a luchar contra las dictaduras comunistas y yo no me meto con tus dictaduras islámicas.

Esto se acabó en 2001. Los atentados del 11-S levantaron todas las alarmas. No tan solo porque había muchos saudíes entre los terroristas y sus dirigentes, empezando por Bin Laden, sino por las doctrinas yihadistas compartidas con el wahabismo saudí.

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Si en Washington hay desde entonces razones para la desconfianza, también en Riad se acumulan los motivos de enfado. Primero con Bush: por la invasión de Irak que entregó el país y la región a la influencia de Teherán y por el pésimo ejemplo de Abu Graib y Guantánamo, que encendió los ánimos de la juventud árabe. Después con Obama: por permitir la caída de los guardianes del orden durante la primavera árabe y condescender con los Hermanos Musulmanes, unos islamistas que no reconocen la autoridad de los monarcas. Con los dos, por el abandono de los palestinos.

Así es como el pacto fundacional se resquebraja: EE UU está por la independencia energética y Arabia Saudí busca la seguridad por su cuenta. Con el acuerdo nuclear, los saudíes ven crecer a Irán como potencia regional y temen su influencia en las poblaciones chiíes de toda la región, incluida la suya. Y al final, lo que más molesta en el palacio real de Riad, origen quizás del desplante, son las advertencias de Obama en una entrevista hace unas semanas con Thomas Friedmann en The New York Times: el mayor peligro para la seguridad de los países del Golfo no viene de Irán sino de la insatisfacción de los jóvenes árabes, que les convierten en presa fácil del Estado Islámico. Eso los saudíes prefieren ocultarlo.

Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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