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ANÁLISIS

Capriles y el preso político de Ramo Verde

Los argumentos de la defensa son irrelevantes porque Leopoldo López será liberado cuando convenga al presidente Nicolás Maduro

Leopoldo López, arrestado el 18 de febrero de 2014.
Leopoldo López, arrestado el 18 de febrero de 2014. REUTERS

Irrelevantes los argumentos de la defensa, porque el comportamiento de la justicia en Venezuela responde a las orientaciones del Gobierno en casos de relevancia política o económica, cabe suponer que Leopoldo López será liberado cuando convenga al presidente Nicolás Maduro. Privado de las garantías procesales que exige la democracia, y sin haber sido sentenciado todavía, el dirigente opositor, encarcelado desde el 18 de febrero del pasado año, cumple condena en la prisión militar de Ramo Verde con cargos de haber instigado al violento derrocamiento de ejecutivo bolivariano durante los disturbios callejeros de hace un año.

Al cumplirse un año de su encarcelamiento, los seguidores de López convocaron un homenaje público en su recuerdo, pero llamó la atención que el candidato presidencial de la oposición Henrique Capriles no asistiera a la convocatoria. ¿Por qué? Para entender su ausencia conviene rebobinar hasta llegar al momento en que las manifestaciones contra Maduro se debilitan y la oposición pierde de nuevo la batalla por el derrocamiento. Para entonces, López se había entregado a las autoridades venezolanas, que habían dictado orden de busca y captura.

Maduro necesitaba del garrotazo judicial para escarmentar a la extrema derecha, a fin de que comprobara que sus acciones desestabilizadoras tienen consecuencias, y para que la extrema izquierda no le acusara de blando. Se había librado de los grilletes, por los pelos, el general retirado Ángel Vivas, que en Internet explicaba cómo deben cruzarse cables de acero en la carretera, a la altura del cuello, para impedir que los motoristas oficialistas gubernamentales desalojasen las barricadas antigubernamentales. Cuatro murieron descabezados.

Maduro necesitaba del garrotazo judicial para escarmentar a la extrema derecha, a fin de que comprobara que sus acciones tienen consecuencias

Impaciente, ignorando las convocatorias al aguante del frente opositor moderado, Leopoldo López, de 44 años, alentó una sublevación, que revistió las características de terrorismo urbano cuando contaminó con gasoil embalses de agua potable, redujo a cenizas una universidad e incendió otros 15 centros, destruyó estaciones de metro, taló miles de árboles para cortar carreteras, y vertió aceite en las autopistas provocando su colapso. Las protestas se saldaron con 43 muertos, entre ellos siete miembros de la Guardia Nacional, el equivalente a la Guardia Civil española.

Triunfalista durante el ímpetu de las primeras movilizaciones, convencido de que el desabastecimiento y la insurgencia estudiantil serían los arietes de la definitiva embestida contra el autoritario régimen chavista, López reclamó el liderazgo opositor al entregarse a la policía. Contraponía su audacia y patriótica inmolación al apocamiento de sus rivales en la jefatura de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). Acaudillando las movilizaciones, pero sin asumir las responsabilidades de sus salvajes desbordamientos, López dividió a una oposición obligada a la unidad para no encadenar fracasos. Su llamamiento a una Asamblea Constituyente, en tiempos políticamente imposibles, contribuyó a la fragmentación del bloque antigubernamental, que progresivamente había ganado capital político y estuvo a un paso del triunfo electoral en las presidenciales del 2013.

López alentó una sublevación que revistió las características de terrorismo urbano cuando contaminó con gasoil embalses de agua potable

Lejos de haberse impuesto en la capitanía opositora, el preso de Ramo Verde parece haber sucumbido como estratega, víctima de sus respetables ambiciones políticas, pero encandilado por los cantos de sirena de tutores que le incitaron al órdago y a la gloria porque en Ucrania, al tiempo que en Venezuela, los alzamientos populares ya ultimaban el derrocamiento del dictador Víctor Yanukóvich.

Pero Nicolás Maduro sigue al mando y empeñado en el escarmiento, al igual que hizo su mentor y guía, el fallecido Hugo Chávez, cuando sepultó a quienes quisieron arrebatarle el poder sin pasar por las urnas. Estériles las impugnaciones de los abogados de López, quien denuncia con razón que sufre un juicio político, no es previsible la clemencia porque el Gobierno ya bajó el pulgar: el preso de Ramo Verde es jefe de la ultraderecha, planificador y responsable de violencia y muertes, una pieza de los gringos en Venezuela. "Tiene que pagar y va a pagar", declaró en su día el presidente Maduro, devenido en juez togado. Cuando se haga pública la sentencia, puede sumar años de cárcel o considerar que el preso ha cumplido suficiente. En todo caso, Venezuela sale perdiendo porque previsiblemente continuará el toma y daca en que se haya sumida Venezuela desde hace 16 años.

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