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Ashura, un día teñido de sangre

La ciudad libanesa de Nabatye mantiene el culto en el que penitentes chiíes se flagelan

Un grupo de chicas fotografían a participantes en el día de Ashura. Ampliar foto
Un grupo de chicas fotografían a participantes en el día de Ashura.

Las calles de Nabatye se tiñen de rojo. Desde la plaza central de esta sureña localidad libanesa resuenan los golpes en son de mea culpa que se confunden con el chirrido de los machetes golpeando el suelo. Vestidos de negro, los penitentes marchan en grupos rodeando la plaza central. Miles de personas se golpean el pecho con las palmas de las manos abiertas y giradas hacia el corazón. El sollozo de las mujeres se alterna con el grito de “¡Haidar!”, uno de los nombres del cuarto califa Alí, acompasando el recorrido de la procesión. Los penitentes lloran a Husein, hijo de Alí y nieto del profeta Mahoma, asesinado en la batalla de Kerbala en el año 680. Las guerras de sucesión posteriores provocaron una escisión en el islam, dando a luz al chiismo. Trece siglos más tarde, la Ashura pervive como un homenaje al llanto y a la tristeza de aquellos que rememoran la matanza.

Entre la masa negra de penitentes, varios centenares de personas visten de blanco y blanden sables que alzan al cielo antes de golpearse la cabeza. Un reguero de sangre recorre sus rostros y pechos. En uno de los laterales de la plaza aguardan unos cuantos hombres botella de agua oxigenada en el bolsillo y navaja en mano. Aplican un generoso chorro sobre las afiladas cuchillas que parece bastarles por toda esterilización. Con un hábil y rápido movimiento de muñeca aporrean el centro de la cabeza del penitente haciendo una pequeña incisión. El resto ya depende del fervor de cada cual. Los más prudentes o novatos se golpean la testa con las manos, pausando el vertido de sangre. Los jóvenes más impetuosos, que lucen una miríada de cicatrices, recuerdos de previas Ashuras, se entregan a la sangría sin miramientos. Pasarán pocas horas hasta que el blanco torne rojo y deje charcos de sangre en el asfalto que ni siquiera la lluvia logre barrer.

Nabatye es la única ciudad del país en la que se mantiene este culto centenario durante la Ashura en el que los fieles bañan en sangre su pena. Como la mayoría del mundo musulmán chií, Irán y la milicia-partido chií Hezbolá han prohibido a sus seguidores verter sangre. Basta con el golpe de pecho. Tan solo una minoría de seguidores en países como Irak o Indonesia perpetúan la sanguinolenta conmemoración.

La mayoría del mundo musulmán ha prohibido este acto. Basta con unos golpes de pecho

A pesar de lo dantesco de la escena, mujeres, ancianos y niños asisten al espectáculo al tiempo que sorben zumos y fotografían a sus familiares. Las ambulancias y enfermeros acompañan a los penitentes en su camino rescatando a aquellos que acaban colapsando. Este año, el contagio de la guerra siria al Líbano también dejaba su huella. El Ejército custodiaba la ciudad para prevenir atentados que derramaran sangre no deseada. Entre las pocas mujeres que se sumaban a la flagelación lo hacía Hana, de 38 años. Con el rostro ensangrentado y el benjamín de sus cinco hijos en brazos, llora al mayor, muerto a los 21 años combatiendo en Siria.

En el último lustro, el número de penitentes que se flagelan ha disminuido drásticamente. Paralelamente, y con el auge de las redes sociales, Ashura se convierte en Nabatye en un culto más social y mediatizado. Adolescentes embutidas en sus vaqueros y velos negros persiguen en su recorrido a los jóvenes ensangrentados. Con los móviles en alto se lanzan en busca de un selfie. Cuando las jóvenes desvían sus miradas, los muchachos aprovechan para embadurnar sus pañuelos blancos con sangre. Decenas de extranjeros, entre periodistas y turistas curiosos, prosiguen con interés el evento luchando por soportar el penetrante olor a sangre.