Flandes busca autonomía sin ruptura

El nacionalismo belga blande el antiguo yugo francés y la pujanza económica para reivindicarse

Nacionalistas flamencos celebran la victoria electoral en los comicios de Bélgica en 2010
Nacionalistas flamencos celebran la victoria electoral en los comicios de Bélgica en 2010J. Kets (Cordon Press)

Kraainem es un apacible municipio lindante con Bruselas que ilustra a la perfección la complejidad del entramado belga. Pese a estar enclavado en Flandes (la región más rica del país, con el 60% de población y el 70% de la economía), tres cuartas partes de sus habitantes son francófonos y se inscriben como tales en el ayuntamiento. Pero toda la información oficial que les llega (chequeos médicos, impuestos, ayudas…) está en neerlandés. Tienen derecho a recibirla en francés, pero para ello deben dirigirse al consistorio y reclamarla. Y, en cualquier caso, el próximo envío volverá a hacerse en el idioma de Flandes. “Soy francófona y reclamo la libertad lingüística. Flandes tiene buenas ideas, pero está completamente cerrada en el asunto de la lengua”, lamenta Véronique Caprasse, alcaldesa de esta localidad.

Los conflictos derivados del idioma representan la cara más visible de la difícil convivencia entre dos pueblos, el flamenco y el valón, que se alejan progresivamente. Las tensiones son casi inexistentes en los territorios claramente asignados a Flandes, donde la única lengua oficial es el flamenco, y a Valonia, de habla francesa. Pero Bruselas, oficialmente bilingüe, y su periferia, con una gran preponderancia del francés, ponen a prueba las costuras del país. Y, a la vez, la capital da sentido a Bélgica, pues ni Flandes ni Valonia se plantean renunciar a ella.

La peculiaridad en el caso belga es que, al contrario de lo que ha ocurrido en Escocia o en Cataluña, esa pugna constante entre territorios apenas ha encendido el independentismo en la población. Solo el 15% de los flamencos, según diversas encuestas, desea la escisión de Bélgica. “Si fuéramos una minoría, el anhelo de identidad sería mayor. Como somos mayoría, es difícil verlo como un problema. El principal objetivo de mi partido es la prosperidad de Flandes. La independencia es un fin a largo plazo”, argumenta Siegfried Bracke, diputado en el Parlamento federal belga de la N-VA, el gran partido nacionalista flamenco y el más votado en el país (solo con un tercio de los votos porque en Bélgica no hay partidos nacionales; los flamencos votan a formaciones flamencas y los valones, listas valonas).

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Ese aspecto de la mayoría que quiere diferenciarse de una minoría constituye toda una rareza en los movimientos separatistas, que suelen funcionar al contrario. La explicación emerge cuando se amplía el foco de la historia, que invierte completamente la situación actual. “Todavía en la primera mitad del siglo XX, Valonia era el motor económico y de población del país, más industrializado que Gran Bretaña. Y durante mucho tiempo hubo una imposición lingüística del francés sobre el flamenco. Eso ha creado un sentimiento de minoría entre los flamencos, incluso ahora que son mayoría”, explica Pascal Delwit, politólogo de la Universidad Libre de Bruselas. Este experto advierte de que un sí a la independencia en Escocia alentará a otros separatismos y “cambiarán mucho las cosas en Europa”.

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Los recelos entre las comunidades belgas han ido construyendo cada vez más barreras en un país que cuenta con pocos nexos de unión nacional (ni siquiera hay medios de comunicación implantados en todo el Estado). Bélgica se fundó en 1830, con un 90% de población neerlandófona —en realidad hablaban dialectos que se han ido unificando con el holandés hasta crear una sola lengua—, pero que tenía el francés como lengua oficial. En 1932 se estableció el monolingüismo en las regiones y cada territorio fue progresivamente ganando competencias. A finales de los noventa, el país se federalizó por completo.

La defensa de la lengua y la cultura solo explica parcialmente la pulsión nacionalista que anida en Flandes. En realidad, la principal razón esgrimida hoy para lograr mayor autonomía es la considerada excesiva solidaridad con Valonia. “Es una reivindicación que va contra el espíritu europeo, que trata precisamente de crear un espacio socioeconómico con mayor solidaridad”, observa el historiador Bruno de Wever, hermano del líder de la N-VA, Bart de Wever. Sobre el devenir del independentismo, este experto en nacionalismo flamenco alerta: “Hoy mucha gente que vota nacionalista no es independentista, pero eso puede suponer un problema porque, en democracia, son los partidos políticos los que fijan las grandes líneas”.

Ese escoramiento hacia las reivindicaciones económicas alejó a algunos flamencos del movimiento con el que inicialmente habían simpatizado. Bert Anciaux, hoy diputado en el Parlamento flamenco por el SP.A —los socialdemócratas de Flandes—, encarna ese viraje: comenzó presidiendo la formación nacionalista Volksunie, creada en los cincuenta, y ha acabado en la izquierda, contraria a la independencia. “Como flamenco, yo antes estaba discriminado por hablar mi lengua. Pero ahora no es así: se trata de no ser solidario con los demás. Es un tipo de nacionalismo que no me gusta, es egoísmo”, sentencia. El diputado de la N-VA, antiguo socialista, lo rebate. “Defendemos el confederalismo: solidaridad con el sur [Valonia], pero sin tantas transferencias”, sugiere Bracke.

En medio de estas tensiones, surgen iniciativas ciudadanas que abogan por dejar atrás las rivalidades lingüísticas y trabajar por mejorar las cosas en Bélgica, un país donde cuesta tomar decisiones porque siempre hay una comunidad que puede paralizarlas si las cree perjudiciales. Desde un salón lleno de libros en su casa de Kraainem, el pequeño municipio al este de Bruselas, Carel Edwards, presidente de la asociación Kraainem Unie, pide cerrar ya la herida histórica. “La cuestión lingüística es increíblemente emocional. Pero tenemos que ir más allá de eso porque en Bélgica hay muchas cosas que solucionar. No conozco a nadie de 20 o 30 años que considere que la lengua es un problema”, concluye.

Sobre la firma

Lucía Abellán

La redactora jefa de Internacional de EL PAÍS ha desarrollado casi toda su carrera profesional en este diario. Comenzó en 1999 en la sección de Economía, donde se especializó en mercado laboral y fiscalidad. Entre 2012 y 2018 fue corresponsal en Bruselas y posteriormente corresponsal diplomática adscrita a la sección de España.

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