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La reina Isabel II se declara neutral en un “asunto del pueblo escocés”

El ex primer ministro trata de salvar la distancia entre Londres y Edimburgo

Isabel II junto a un oficial de la guardia en el castillo de Balmoral (Escocia), en agosto.
Isabel II junto a un oficial de la guardia en el castillo de Balmoral (Escocia), en agosto.

Isabel II intervino anoche en la campaña del referéndum de Escocia pero no para defender la unidad sino para recordar que la corona es neutral y que la votación es un asunto que concierne a los escoceses. Los comentarios del palacio de Buckingham llegan tras varios días de presiones desde algunos sectores para que la reina se pronunciara en contra de la fragmentación de Reino Unido.

 La reina recordó en 1977, en el 25 aniversario de su acceso al trono, que había sido “coronada reina del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte”. Aquellas palabras se relacionaron entonces con el referéndum que en 1979 rechazaría la devolución de poderes a Escocia. Ahora, apelando a aquel precedente, la prensa conservadora ha presionado a favor de una nueva intervención.

Los apremios llevaron al líder independentista Alex Salmond a recordar ayer que Isabel II seguiría siendo reina de Escocia aunque ganara la independencia y que la fusión de las dos monarquías en 1603 se adelantó un siglo a la fusión de los dos parlamentos.

El palacio de Buckingham salió al paso anoche de las presiones políticas recordando la imparcialidad de Isabel II: “Cualquier sugerencia de que la reina quiere influir en el resultado del actual referéndum es categóricamente erróneo. Su Majestad es de la firme opinión de que es un asunto de los escoceses”.

Aún se desconocen los detalles de su improvisada oferta de autogobierno

Las presiones a Isabel II son paralelas a la precipitada  reacción unionista al sondeo del domingo pasado, que por primera vez ponía el voto independentista en cabeza. El domingo, el ministro del Tesoro, George Osborne, ofreció ampliar los poderes de Escocia si se queda en la unión, sin concretar qué poderes. Pero aún nos se sabe nada de ese paquete, más allá de que afectará a los poderes fiscales, laborales y del Estado de bienestar. No se sabe nada porque es una improvisación que todavía tiene que ser pactada por los tres grandes partidos de Westminster.

El lunes por la noche tuvieron que recurrir al ex primer ministro Gordon Brown para lanzar ese paquete. Bueno, en realidad, el calendario del lanzamiento de ese paquete cuyo contenido podría ser muy parecido, sino igual, que las propuestas lanzadas en marzo pasado por los conservadores.

Brown ya no es nadie en la política británica. Las dos razones por las que ha sido llamado a salvar el Reino Unido es porque es laborista (y el resultado del referéndum depende de los votantes laboristas) y porque es escocés, aunque ha hecho toda su carrera política en Westminster. Eso significa que el laborismo no tiene ni un solo político escocés de talla e influencia en Escocia.

La decisión de David Cameron, Ed Miliband y Nick Clegg de viajar a Escocia de forma coordinada es una opción llamativa pero arriesgada. Lo que más llama la atención es que su presencia en la campaña del referéndum sea noticia. Hasta ahora, apenas habían estado. En parte porque no parecían preocupados por la consulta y en parte porque su presencia podía ser contraproducente.

Y es arriesgada precisamente por eso, porque apenas son bienvenidos. Y porque lanza una señal de pánico. Algunos votantes pueden reaccionar a su favor, y acudir a votar para salvar la unión. Para otros, sin embargo, puede ser la llamada de atención que necesitaban para darse cuenta de que la independencia no es la quimera que parecía y que la tienen al alcance de la mano.

La decisión misma de viajar a Escocia, el mensaje de los tres líderes para explicar su decisión, las peticiones para que la bandera escocesa se vea en los cielos de Inglaterra y del resto del país entroncan con el tono positivo e inclusivo con que arrancó la campaña unionista meses atrás, que fue derivando poco a poco en una larga retahíla de amenazas sobre las desgracias que caerían sobre Escocia si se inclinaba por la independencia. Es ese tono apocalíptico y negativo el que a juicio de muchos observadores ha acabado encumbrando el voto independentista, que se apoya en un mensaje mucho más ilusionante y optimista y en una miríada de debates a nivel local con los ciudadanos.