Los turistas quitan el sueño a Berlín

El barrio más popular de la capital alemana declara la guerra a los visitantes 'low cost'

Un grupo de turistas americanos entran en el bar Palm Beach.
Un grupo de turistas americanos entran en el bar Palm Beach.Patricia Sevilla

Monika Herrmann, una combativa militante del partido ecologista Los Verdes, fue elegida el 1 de agosto de 2013 alcaldesa del distrito Friedrichshain-Kreuzberg de Berlín, uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad, donde impera la multiculturalidad y la fiesta nocturna parece ser eterna. Su elección parecía que ayudaría a darle más fama y glamour al sector. Pero se impuso la realidad: la llegada masiva de refugiados, el comercio de drogas en Görlitzer Park y la invasión de los conocidos despectivamente como los “turistas de easy jet”. A este grupo pertenece un heterogéneo grupo de jóvenes cuyo común denominador es anunciar su presencia en la gran ciudad con el estrépito de sus maletas con ruedas a horas intempestivas.

Para enfrentarse al incremento de refugiados sin papeles la alcaldesa no ha encontrado aún solución. Para combatir la venta de marihuana, cocaína y heroína en el parque Görlizter quiso crear una red de coffee-shops en los alrededores y acabar con la venta ilegal de drogas, un negocio controlado desde las tinieblas por la mafia libanesa y cuyos vendedores provienen en su mayoría de países africanos. “Llegó el momento de aplicar soluciones fuera de lo común”, dijo cuando presentó la idea. Pero la idea no logró salvar el escollo de la legislación alemana.

“Los turistas creen que están en una especie de Disneylandia, donde los vecinos son comparsas”, dice la regidora berlinesa

Hace unos días, la alcaldesa volvió a ocupar las páginas de la prensa local con otra idea fuera de lo común que electrizó a los responsables de promover el turismo en la gran ciudad, pero que encontró el aplauso de los vecinos del distrito más popular de Berlín. Después de constatar la invasión de turistas jóvenes que colmatan durante los fines la llamada “milla de la fiesta”, la alcaldesa insinuó, desde las páginas del periódico Der Tagesspiegel, que había llegado la hora de combatir la invasión de los “turistas de easy jet”.

“Tengo la impresión de que muchos turistas creen que se encuentran en una especie de Disneylandia, donde los vecinos juegan un rol de comparsas”, dijo la alcaldesa. “En casi todo el distrito ya no puede dormir con las ventanas abiertas a causa del ruido. Los turistas se emborrachan y vomitan en los portales de los edificios de viviendas y arrastran sus maletas con ruedas en plena noche para dirigirse al aeropuerto”, añadió. Y propuso que los turistas colocaran ruedas de goma en sus maletas además de anunciar la distribución de un código de buena conducta redactado en varios idiomas.

Las ideas propagadas por la alcaldesa alertaron a Visit Berlin, una empresa que promueve el turismo en la capital, que entendió que cualquier intento por alejar al turismo incómodo podría repercutir, tarde o temprano, en las estadísticas que llenan de orgullo a la ciudad. “Hay efectos negativos puntuales, pero nosotros estamos a favor de aplicar medidas positivas. Estamos en contra de un código de conducta, porque, a la larga, esta medida podría tener consecuencias negativas”, dijo Björn Lisker, portavoz de Visit Berlín. “El joven que hoy llega a Kreuzberg, mañana puede visitar Berlín junto con su familia. Aunque también es cierto que el distrito tiene un problema”.

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Rocódromo del barrio deFriedrichshain de Berlín.
Rocódromo del barrio deFriedrichshain de Berlín.P. S.

El problema de Friedrischhain-Kreuzberg está protagonizado en su mayoría por jóvenes turistas que llegan de España, Italia y, en menor medida, de Estados Unidos. A partir de las once de la noche la línea U1 del metro vomita, cada tres minutos, a cientos de jóvenes sedientos de fiesta en la estación Schlesisches Tor, ubicada a pocos metros de la ribera occidental del río Spree, o de la estación Warschauer Strasse en el lado oriental del río.

Muy cerca de Warschauer Strasse se encuentra una enorme construcción del siglo XIX que funcionó como centro de mantenimiento de la compañía de ferrocarriles. En sus naves hay varias discotecas alternativas, cafés y restaurantes. No muy lejos de este lugar se encuentra la catedral pagana de Berlín, la famosa Berghain, una de las mayores discotecas del mundo. Aunque sus clientes son los que menos se ven por el barrio. Los que logran ingresar el viernes por la noche, por lo general abandonan el local el lunes por la mañana, cuando el local cierra.

En Warschauer Strasse los jóvenes son recibidos por grupos musicales. Reconvertidos en una masa en busca de fiesta lanzan el grito de guerra que hace feliz a Cumali Karabult, que tiene un local donde vende la bebida sagrada. “Cerveza, cerveza, queremos cerveza”, gritan los jóvenes que se alejan en busca de la diversión, agitando latas y botellas. “Cuando más vendo es durante los fines de semana, pero el negocio también funciona los otros días”, dice Cumali. “Los viernes, sábados y también domingos, la fiesta es continua y cada vez peor. Hay muchos borrachos que dejan un reguero de botellas rotas sobre la calzada y orinan, defecan y vomitan donde les da la gana”.

El ruido y la suciedad despertó la rabia del vecindario que, ante la pasividad de la policía y de las autoridades, comenzaron a rebelarse contra los turistas con una campaña inédita en Berlín, quizás la ciudad más tolerante de Alemania y que en 2013 recibió 27 millones de visitas que alimentaron las arcas siempre vacías de la ciudad con unos 10.000 millones de euros. Manos anónimas crearon carteles y pintadas donde invitan a los jóvenes a abandonar la ciudad y, en el peor de los casos, incitan a quemarlos.

“Es cierto. Tenemos un problema en la llamada milla de la fiesta y los vecinos se quejan del ruido, de la suciedad y de que los turistas utilicen las entradas de las viviendas como baños públicos”, admitió Sascha Langenbach, portavoz de la alcaldesa de Friedrischain-Kreuzberg. “Pero el turismo en Berlín es un factor económico de primer orden y da trabajo a 300.000 personas. Por eso queremos poner en marcha una campaña de información para concienciar a los jóvenes bajo el lema: ‘¿Queréis lo mismo para vuestras ciudades?”.

Mientras tanto la fiesta continúa. Un nuevo cóctel se está imponiéndo para alargar la noche berlinesa: vodka mezclado con alguna bebida energética para disfrutar de la “ciudad pobre, pero sexy, como la bautizó Klaus Wowereit, el famoso burgomaestre de la capital de Alemania, ahora de salida. Wowereit dejará el cargo en diciembre, después de estar al frente del Gobierno regional durante 13 años. Con él, Berlín pulió su imagen de ciudad alegre, tolerante y divertida. Al político socialdemócrata le faltaba el tiempo para asistir a todas las fiestas, una afición que ayudaba a cultivar la imagen hedonista que ahora tiene la ciudad. Berlín también es la capital europea del mundo homosexual gracias a Wowereit, quien junto a su pareja, el neurólogo Jörg Kubicki, apoyaron y alentaron a la comunidad gay.

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