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Extorsiones y robos financian al califato

Polémica en Berlín porque un ministro culpa a Qatar de sostener al Estado Islámico

Imagen de un video de propaganda del EI, tomada en Irak el 8 de junio. Ampliar foto
Imagen de un video de propaganda del EI, tomada en Irak el 8 de junio. AFP

El Gobierno alemán desautorizó el viernes al ministro que atribuyó a Qatar la financiación del Estado Islámico (EI). Pero el desliz del titular de Desarrollo, Gerd Müller, ha sacado a la luz una sospecha que a menudo se repite en Irak. Incluso su primer ministro, ahora en funciones, Nuri al Maliki, ha señalado al rico emirato y a Arabia Saudí como culpables de la situación actual. ¿En qué se funda esa grave alegación?

Por supuesto, los dos países, ambos aliados de EE UU —de quien dependen para su defensa—, rechazan esas acusaciones. Existen sin embargo algunos elementos que permiten a sus enemigos establecer conexiones que, aunque embarazosas, no prueban la causalidad que buscan.

Tanto Qatar como Arabia Saudí siguen la doctrina wahabí (ellos prefieren llamarla salafista), una interpretación del islam suní en la que muchos analistas encuentran la base doctrinal del radicalismo religioso que barre el mundo islámico. Aunque no todos los piadosos wahabíes apoyan el uso de la violencia, todos los grupos islamistas violentos han bebido de fuentes salafistas.

Esa ideología resultó extremadamente útil a EE UU en los años ochenta del siglo pasado cuando justificó la llamada a frenar a la infiel y comunista Unión Soviética en Afganistán. A los entregados saudíes y otros musulmanes que respondieron se les llamó muyahidín, literalmente “los que hacen la yihad”, término religioso imprecisamente traducido como guerra santa. Ellos fueron la semilla de Al Qaeda.

Algo similar estaría sucediendo ahora. Cuando se hizo evidente que EE UU (y Occidente por extensión) no tenía intención de intervenir en Siria para frenar la brutal represión con que Bachar el Asad acalló las iniciales protestas pacíficas, Riad y Doha —especialmente entusiasta con las primaveras árabes— facilitaron financiación y armas al revoltijo de grupos que intentaban formar el Ejército Libre de Siria, con la aprobación más o menos tácita de Washington.

Nadie sabe con certeza adónde fue a parar todo aquello. En el fragor del combate, las posiciones se radicalizaron y los diferentes grupos empezaron a competir por la ayuda. Siria se convirtió en una pieza apetitosa para Al Qaeda, además de un imán para musulmanes extremistas con prisa por llegar al cielo, o simples idealistas deseosos de ayudar a los hermanos sirios. En la prensa, empezamos a llamarles yihadistas; brigadistas hubiera sido más adecuado, aunque al final se han revelado meros terroristas.

Tal como ha documentado Rania Abouzeid en The Jihad Next Door (La yihad de al lado), los dirigentes de Al Qaeda encargaron inicialmente a su afiliado iraquí, el Estado Islámico en Irak (EII), que formara un grupo similar en Siria. Fue así como surgió el Al Nusra, cuyo éxito terminó produciendo una fractura en el frente yihadista. Cuando la central de Al Qaeda pidió al líder del EII, Abubaker al Bagdadi, que dejara Siria y se concentrara en Irak, éste respondió creando, en abril de 2013, el Estado Islámico en Irak y el Levante (EIIL, ahora Estado Islámico) y adoptó una línea aún más dura que la de sus mentores.

Entretanto, el grupo fue ampliando su negocio de extorsión con el control de campos de petróleo en Siria y, el pasado junio, con los depósitos de la cámara acorazada del Banco de Irak en Mosul. Hoy, después de que por casualidad se interceptaran varios lápices de memoria con las cuentas del grupo, sus activos se estiman en 2.000 millones de dólares (unos 1.500 millones de euros).