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TRIBUNA

La crucial decisión de Putin

El camino que escoja el presidente ruso marcará el destino de Europa

Desde que estalló la revolución del Maidán en Kiev el pasado febrero, Vladímir Putin se ha enfrentado a algunas de las decisiones más difíciles que ha tomado como presidente de Rusia. Las opciones que se le ofrecerán las próximas semanas, y las decisiones que tome, serán determinantes no solo para Rusia y Ucrania, sino también para Europa.

Tras el súbito derrocamiento de su poco fiable socio ucranio, Víctor Yanukóvich, Putin se enfrentaba a la perspectiva de una Ucrania gobernada por una coalición de nacionalistas radicales procedentes del oeste del país, antirruso por definición, y de figuras prooccidentales de la élite de Kiev, dispuestos a conducir a Ucrania hacia una coalición con la Unión Europea y, como Putin sospechaba, también hacia la entrada en la OTAN y, a efectos prácticos, hacia una alianza con Estados Unidos. Esto habría sido un desafío intolerable para la seguridad de Rusia y un impedimento para la aspiración del Kremlin de crear una Unión Eurasiática poderosa.

La respuesta de Putin a ese primer desafío ha tenido un doble efecto. A corto plazo, se ha asegurado de que, pase lo que pase en Ucrania, la región de Crimea, habitada por rusos e importante desde un punto de vista estratégico, no formará parte de ello. Lo ha logrado con precisión militar y sin disparar ni un solo tiro. Sin embargo, las subsiguientes esperanzas de las regiones del sur y este de Ucrania, en su mayoría de habla rusa, de formar una confederación apodada Novorossiya (Nueva Rusia) y de conseguir que Kiev accediese a federalizar Ucrania han acabado mayoritariamente en fracaso. Solo dos de las ocho regiones han celebrado referendos de autodeterminación, que Kiev se ha negado a reconocer. Luego se produjo una sublevación, en Donetsk y Lugansk, que Rusia apoyó tácitamente.

La prudencia dicta que, pase lo que pase en Donetsk, Rusia no debe invadir

La segunda decisión de Putin tenía que ver con las elecciones presidenciales ucranias del 25 de mayo de 2014. Para el dirigente ruso, los gobernantes que llegaron al poder en Kiev en febrero eran putschists, usurpadores. Sin embargo, decidió tener en cuenta la voluntad del pueblo ucranio, que por mayoría aplastante eligió a Petro Poroshenko, el principal promotor de la revolución del Maidán, como su siguiente jefe de Estado. Putin optó por una mezcla de apoyo a la sublevación de Donbass y de búsqueda, con la ayuda de Europa, de una solución diplomática en Ucrania, que habría protegido la seguridad y los intereses económicos y humanitarios de Moscú en el país vecino. Entre estos se encontraban: el rechazo a la entrada en la OTAN y a las bases estadounidenses en Ucrania; el mantenimiento de lazos económicos vitales entre ambos países; y un reconocimiento legal para la lengua rusa. Sin embargo, la estrategia de Putin se topó con la oposición de Kiev, que decidió aplastar la sublevación, a toda costa, y de Washington, que empezó a presionar a Rusia para que se retirase de Ucrania.

El derribo el 17 de julio de 2014 del vuelo MH17 de Malaysia Airlines ha sido achacado a Rusia por Estados Unidos y todos sus aliados, incluso antes de que empezase la investigación sobre la causa del desastre. Rápidamente, le aplicaron a Rusia unas estrictas sanciones ideadas para paralizar su economía y finanzas, abrir una brecha entre Putin y sus principales defensores individuales y sus votantes, y alimentar el resentimiento hacia el Kremlin entre la mayor parte de la población rusa. La respuesta de Putin a ello aún se está desvelando, pero es probable que sea generalizada y que traiga consigo un nuevo conjunto de políticas en todos los sectores clave, desde la economía hasta las relaciones étnicas, pasando por el control de las élites.

Aun así, la tercera decisión de Putin, todavía por venir, será más difícil todavía. La guerra en el este de Ucrania ya ha causado unas 1.500 víctimas mortales y más de 800.000 desplazados y refugiados, de los que cerca de 700.000 han cruzado la frontera para entrar en Rusia. Donetsk, una ciudad fronteriza de alrededor de un millón de habitantes, está medio desierta. Cuando el Ejército de Kiev, con todo el apoyo de Washington, emprenda una ofensiva final para arrebatarle el control de la capital a la república del pueblo rebelde, y el número de víctimas civiles empiece a aumentar con rapidez, Putin se enfrentará al dilema de permitir a Kiev que aplaste a los aliados de Moscú mientras el Kremlin se mantiene al margen sin poder hacer nada, o intervenir con todas sus fuerzas, lo que metería a Rusia en un desagradable atolladero que puede ser mucho peor que la desventurada invasión soviética de Afganistán.

La prudencia dicta que, pase lo que pase en Donetsk, Rusia no debe invadir. Putin puede sobrevivir a la derrota de los rebeldes y, sin duda, tiene opciones de contraatacar en los frentes político y económico: Ucrania se enfrentará a desafíos muy importantes en ambos terrenos. Si, por el contrario, el dirigente ruso actúa de forma diferente y cae en la trampa en la que algunos de sus detractores quieren verlo, la crisis de Ucrania se convertirá de inmediato en una crisis rusa y, a continuación, en muy poco tiempo, en una europea. Ni siquiera Estados Unidos se librará de verse afectado. A quienes ahora reflexionan con solemnidad sobre las lecciones de la I Guerra Mundial les sorprendería descubrir que, mientras miran hacia otro lado, han pasado por alto una catástrofe que está teniendo lugar justo delante de ellos. 

Dmitri Trenin es director del Carnegie Moscow Center

Traducción de News Clips.