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Los vecinos de Libia se movilizan ante la espiral de violencia y caos

El Gobierno interino da datos de las elecciones sin poder controlar las luchas

El ministro de Transporte, a la izquierda, en el aeropuerto de Tripoli el 21 de julio Ampliar foto
El ministro de Transporte, a la izquierda, en el aeropuerto de Tripoli el 21 de julio AFP

El temor ante el descontrol y desorden interno en Libia, donde en la última semana las luchas entre distintas milicias islamistas y tribales y de alguna de éstas en combate con el general golpista Jalifa Hifter han causado 59 muertos y 180 heridos, tiene en máxima alerta a sus países vecinos. Túnez y Argelia temen el efecto contagio y luchan contra sus propios demonios. Egipto ha comprobado este mismo fin de semana lo que significa la absoluta porosidad de su frontera común, por donde cruzan a su antojo los contrabandistas de armas. Los ministros de Exteriores de todas esas naciones vecinas se reunieron hace una semana en Túnez para movilizarse antes de que sea demasiado tarde. El Gobierno interino, en esta situación, intentaba este lunes ofrecer los resultados de las elecciones legislativas celebradas el pasado 25 de junio y coordinarse para inaugurar al menos el Parlamento.

La cita de Túnez sirvió para corroborar la enorme preocupación de los países de la zona del Magreb ante el caos que se vive y padece en Libia hace meses y en general tras la caída del dictador Muamar el Gadafi en otoño de 2011. Naciones Unidas ha retirado a todo su personal del país. Una medida que han anunciado públicamente otros países y que están ejecutando discretamente la mayoría. Argelia y Túnez han reforzado militarmente sus fronteras. Los 13.000 residentes con nacionalidad de Filipinas han sido evacuados ya, y Estados Unidos tiene todo listo para actuar desde su base siciliana.

En el encuentro tunecino se concluyó la necesidad de formar dos comisiones para favorecer el diálogo entre las distintas partes en conflicto en Libia. Una misión tendrá contenido específico de seguridad y terrorismo y la coordinará Argelia. Otra tendrá más fondo político y la comandará Egipto. El ministro libio de Exteriores no pudo llegar al encuentro porque las milicias retomaron ese día, hace más de una semana, los combates en las propias pistas del aeropuerto de Trípoli y cerraron el espacio aéreo. Así sigue desde entonces en la capital aunque ahora se estudia habilitar una pista menor en la ciudad de Zuwana para dar salida a algunos aviones aunque no a los de la mayor parte de los países occidentales, que se niegan a aterrizar en un aeródromo con apenas 1.800 metros de longitud frente a los 3.600 de que dispone en teoría Trípoli.

El aeropuerto de Trípoli lleva siendo escenario de batalla entre los milicianos islamistas de Misrata, asentados a 200 kilómetros al este de la capital, y los de Zintán, a 170 kilómetros al oeste, desde hace casi tres años. Pero esta última semana ha sido muy pavorosa. El ministro de Salud ofreció este domingo el balance de la guerra abierta con estos datos hasta el sábado: 47 muertos y 120 heridos. Los combates se recrudecieron el domingo con otras cinco muertes y 20 heridos más. Se destrozaron 21 aviones y se causaron daños millonarios.

Este lunes las disputas se trasladaron a la segunda ciudad del país, Bengasi, donde el general golpista Jalifa Hifter, volvió a la carga contra una base aérea de las milicias islamistas de Ansar Al-Sharia y se provocaron otros siete muertos y 40 heridos. El general ha advertido en un mensaje televisado que estos próximos días pueden resultar aún más duros.

El Gobierno interino de Libia no es capaz de facilitar datos pormenorizados de lo que lleva sucediendo en el país estos meses de caos absoluto, pero páginas no oficiales sí han hecho balance. En lo que va de 2014 se habrían producido 495 fallecimientos por las guerrillas y unos 190 en lo que va de julio. La emigración es otra sangría. Solo este pasado fin de semana las autoridades italianas han rescatado del mar 1.800 personas de barcas procedentes de las costas libias y el mercante que recogió una de esas embarcaciones con 61 personas contabilizó cinco fallecidos y 15 desaparecidos en el fondo del mar.

Las supuestas autoridades libias apenas pueden cumplir su propio calendario. Tras funcionar el Consejo Nacional de Transición varios meses con su mandato prorrogado, disputarse tres primeros ministros el cargo política y judicialmente en apenas tres meses, el pasado 25 de junio se convocaron unas elecciones legislativas. Acudieron a votar unos 600.000 libios, apenas el 41% del censo permitido, y se presentaron 1.714 candidatos. El presidente de la comisión electoral intentaba este lunes escudriñar los resultados y pretendía convocar para este jueves a los partidos más representativos para ver si podrían inaugurar el funcionamiento de la nueva cámara, es decir el parlamento elegido, para la primera semana de agosto. Muchos observadores admitían que esa meta resulta ahora otra quimera.

El Gobierno actual, ante su falta total de autoridad, ha pedido ayuda a los vecinos y al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Sobre todo porque en estas condiciones no puede asegurar su producción de petróleo, un aspecto clave de toda esta crisis. Libia se siente incapaz de volver a producir y exportar el millón y medio de barriles diarios que generaba antes de la caída de Gadafi. Este último año, con los grandes puertos bloqueados por las milicias, apenas alcanzaba a poder vender 300.000 barriles, con lo que eso significaba para su economía. Hace un par de semanas selló un acuerdo para abrir todos los puertos y exportar más. Este lunes estaba prevista la primera gran venta a compañías tan estratégicas en el mercado como Total, Repsol o Eni. El ministro de Exteriores estimó las pérdidas en más de 30.000 millones de dólares.

Fue el mismo ministro, Mohamed Abdelaziz, que tuvo la ocurrencia en abril de plantear que la mejor manera de estabilizar algo el país era que se reinstaurara la monarquía de los Senussi, en alusión a la familia heredera del antiguo rey Idris al-Senussi, que tomó el mando de Libia cuando se independizó en 1951 y la condujo con enorme polémica y pobreza hasta el golpe de Estado de Gadafi en 1969. Lo sorprendente es que aquella idea ha cogido vuelo y ahora la preconizan algunos intelectuales y dirigentes de peso. Otros la descartan totalmente. Idriss al-Senussi murió exiliado en El Cairo con 94 años en 1983 pero sus descendientes aún viven en Gran Bretaña.