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COLUMNA

El nuevo mapa de Asia árabe

La divisoria entre Siria e Irak está hoy virtualmente desaparecida tras la guerra que libra el EI

En mayo de 1916, el británico Mark Sykes y el francés François Georges-Picot firmaban un acuerdo que se haría público al término de la Gran Guerra (1914-1918). Ambos, católicos activos, reinventaban el mapa del mundo árabe-musulmán en Oriente Próximo. Sykes-Picot delimitaron los territorios en los que se alzaron los mandatos de Siria y Líbano, adjudicados a Francia; y el de Irak, al que se uniría años más tarde Palestina, que correspondían a Reino Unido. La fundación de Israel en 1948 refundía, finalmente, el mapa de lo que había sido Imperio Otomano del Asia árabe.

La divisoria entre Siria e Irak está hoy virtualmente desaparecida como consecuencia de la guerra que libra una organización suní de islamismo extremo, el Estado islámico (EI), contra Bagdad y Damasco; la frontera de Líbano con Siria es un coladero para que Hezbolá combata junto a las fuerzas de Bachar el Asad a una gran variedad de insurrectos; estos últimos, islamistas o no tanto, atraviesan a su antojo la frontera entre Siria y Turquía, para recibir apoyo logístico de Ankara; y, por último, existen ya de hecho unas nuevas fronteras, las del Estado kurdo, con capital en Erbil, que exporta su propio crudo, tiene Ejército —los peshmergas—, y gobierna administrativamente el llamado Kurdistán iraquí.

El 29 de junio pasado, primer día de 1435 del calendario mahometano, se proclamaba en una extensa faja de territorio limítrofe entre Siria e Irak el Califato islámico, propuesta política con vocación de abolir las fronteras del mundo árabe y unificar lo que no pudo hacer en los años sesenta el nacionalismo de Naser y su presunto socialismo autóctono. El primer califa de la nueva impostación es Abu Baker (nombre del sucesor de Mahoma) Al Bagdadi, líder de la citada organización islamista, que procede de Al Qaeda, establecida en la zona a rebufo de la invasión norteamericana y derrocamiento de Sadam Husein en 2003. La fuerza terrorista creó una filial en Siria, llamada Al Nusra. El entonces Estado islámico de Irak y el Levante (EIIL) fue desde mediados de 2012 el principal combatiente contra Damasco, capaz de enfrentarse a Al Nusra, que se resistió a ser absorbida, entre otros grupos sublevados ya en rápido decaimiento. El EIIL, que para fundar el califato se ha rebautizado, esta vez como Estado Islámico, lanzó hace un año una gran operación llamada Cosecha del Soldado, que ha establecido su dominación sobre las provincias, mayoritariamente suníes, de Al Anbar, Nínive y Saladino en Irak, así como en una profunda faja de la Siria transfronteriza.

El surgimiento de esta entidad política simboliza el fracaso del Estado nación en el Asia árabe, a la vez que del tiralíneas con que el colonialismo alumbraba descuidadamente países. Convertido EI en el enemigo principal de Occidente en esa parte del mundo, la suprema ironía es que lo mejor que existe sobre el terreno para combatirla son las tropas de El Asad y su estrecho aliado y protector, el Irán de los ayatolás, ambos hasta la fecha íncubos de Estados Unidos.