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Muere a los 123 años Carmelo Flores, el hombre más longevo de Bolivia

El anciano, de etnia aimara, luchó desde joven en condiciones adversas

Carmelo Flores en una imagen de agosto de 2013.
Carmelo Flores en una imagen de agosto de 2013. AFP

Carmelo Flores Laura, el hombre más longevo de Bolivia, y probablemente del mundo, murió el pasado lunes, cinco semanas antes de cumplir 124 años de edad, según confirmó su hijo Cecilio Flores. El médico Adalberto Segales, del centro de salud de la comunidad de Frasquia, donde vivía el anciano, informó a los medios de que Flores murió a las 21.00 por una diabetes tipo 2, informa Efe.

El hombre de mayor edad del país andino había estado hasta finales de mayo en el Hospital Arco Iris de La Paz, aquejado por una descompensación originada en una deshidratación aguda, desnutrición y un pequeño problema de gastritis, según informó Ramiro Narváez Fernández, el director del centro médico. Llegó a regresar a su casa para retomar el cuidado de su rebaño. “Hace tres días que no quería comer nada, ni rogado”, cuenta su hijo Cecilio, de 64 años, el último sobreviviente de los cinco hijos de don Carmelo. “Hasta ahora ninguna autoridad nos ha llamado para ayudarnos con el entierro”, lamenta.

Don Carmelo era un pastor que cuidaba de sus ovejas y sus llamas en la comunidad de Frasquía, provincia Omasuyos de La Paz, en las faldas del nevado Illampu y a poca distancia del lago Titicaca. Era iletrado en lengua española. Prefería su materno aimara, en el que expresa todo su sentir. Ajeno a la historia del mundo occidental, en su entorno no dejó de luchar en condiciones adversas desde muy temprano en su vida. “Muy huerfanito era mi papá. Cuando era wawita (infantil) se murieron papá y mamá”, relata Cecilio. El bebé, a fines del siglo XIX, quedó al cuidado de una tía que lo creó junto a sus otros hijos en el mismo páramo altiplánico.

En su adolescencia encontró una apacheta —en los puntos más altos de la Cordillera— y decidió vivir allí, en lo más alto de una loma. De tanto en tanto, don Carmelo bajaba de su refugio a la comunidad. Como todo niño, aprendió a hilar la lana de oveja o de llama y, después, a tejer en telar para hacer pantalones y camisas. También hacía sandalias del cuero de llamas y usaba la piel de oveja para acomodar un lugar donde dormir.

Dejó definitivamente la apacheta cuando conoció a una mujer que le cambió la vida. “Mi mamita se murió hace 20 o 21 años. Ella sí estaba viejita, andaba muy agachada y con bastón. Tenía 107 años”, recuerda Cecilio. “Mi papa caminaba derecho. Este último tiempo se ayudaba con un bastón”.

Escaso de oído y sin dentadura, pero aún con algo de vista, don Carmelo conservaba su lucidez y el buen humor, según cuenta Ramiro Narváez Fernández, director del hospital y responsable de la recuperación de su salud hace un par de semanas. Respondió bien al tratamiento al principio, que ha sido combinado con medicina natural, a la que siempre ha acudido las pocas veces que ha necesitado de ayuda médica.

Tenía prisa por volver porque pensaba mucho en sus ovejas y en sus llamitas. Le sobreviven, además de su hijo Cecilio, 14 nietos y 39 bisnietos.