Un cruzado contra la banca

El independiente Diarmuid O’Flynn quiere llevar a la UE su campaña contra las ayudas a la banca

Un activista habla a la multitud congregada en Ballyhea (Irlanda).
Un activista habla a la multitud congregada en Ballyhea (Irlanda). Cordon Press / Michael Debets

“¿Y qué le trae por el país más corrupto de Europa: negocios o turismo?”, espeta nada más poner el coche en marcha y sin que mediara antes más palabra que el educado “buenos días” y la dirección de destino. El nivel de sarcasmo de la frase y el modo de dejarla caer llama la atención, incluso para los niveles habitualmente altos de escepticismo de un taxista. Incluso de un taxista irlandés.

El descrédito de los grandes partidos ha hecho germinar grupos alternativos

Está indignado por la dimisión del ministro de Justicia, Alan Shatter. No porque haya dimitido, sino porque ha tardado meses en irse y aunque se va del Gobierno, se queda en el Parlamento. “¡Del bolsillo no dimite!”, se lamenta. A pesar de la demagogia que esconde su comentario, simboliza el odio y el desprecio que los irlandeses le tienen a su clase política.

Reinventar la UE

  • Este periodista deportivo no reniega de la Unión Europea, pero cree que hay que reinventarla.
  • En su programa electoral ironiza con que los Diez Mandamientos tenga 179 palabras y la norma de la UE sobre la calidad del repollo, 5.091 palabras.
  • Tiene fe en su victoria pese a carecer del dinero, el personal y la maquinaria de los grandes partidos.

El gran partido tradicional, el Fianna Fáil, sigue purgando los pecados de haber gobernado en los años de vacas gordas y haber alimentado el boom inmobiliario y el crash financiero que le siguió, devolviendo a los irlandeses a las viejas tradiciones de la pobreza y la emigración. El Fine Gael y el Partido Laborista, que tomaron las riendas del Gobierno tras arrasar en las generales de 2011, son ahora objeto del mismo descrédito popular.

En ese ambiente político están germinando alternativas como la que representa Diarmuid O’Flynn, un periodista deportivo de 61 años que desde hace tres se manifiesta todos los domingos junto a un puñado de ciudadanos exigiendo que los bonistas de los bancos devuelvan las ayudas recibidas del Estado por la crisis financiera. Desde marzo de 2011, O’Flynn se pasea por las calles de Ballyhea, una aldea de poco más de 1.000 habitantes unos 60 kilómetros al norte de Cork, la segunda ciudad de Irlanda, con una pancarta que reza “Ballyhea dice no”. Ahora quiere llevar su protesta al corazón de Europa y se ha presentado como candidato independiente a las elecciones europeas.

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Hasta la crisis casi no me preocupaba por Europa o el sistema financiero

Los sondeos le otorgan un estimable 7%, no muy lejos del 10% que le podría dar el cuarto escaño de la circunscripción de Irlanda del sur. Él, que reniega de los sondeos, se declara absolutamente convencido de que ganará a pesar de que no tiene ni el dinero ni la gente ni la maquinaria electoral de los grandes partidos. Solo tiene su fe, un puñado de fieles con los que va pidiendo el voto puerta a puerta y en mercados y centros comerciales y la esperanza de que cierta fama como periodista deportivo especializado en rugby y en un deporte gaélico parecido al hockey y llamado hurling le den el plus de popularidad que necesita para atraer la atención de los votantes.

O’Flynn tiene 61 años pero la energía de un treintañero. Empezó a ganarse la vida como topógrafo, luego se hizo ingeniero y las casualidades de la vida le llevaron al periodismo deportivo durante unos años en los que vivió como emigrante en Nueva York. “Hace unos años era una persona normal y corriente. Apenas me preocupaba por Europa o el sistema financiero hasta que llegó esta crisis. Cuando el anterior Gobierno decidió garantizar a la banca, me alarmé. Empecé a leer y me di cuenta de lo que significaba esa medida. Escribí a todos y cada uno de los diputados del Parlamento para que votaran en contra porque me parecía una barbaridad”, explica mientras vamos en su Volkswagen Passat camino de Limerick.

Es de los que votaron al actual Gobierno porque se creyó “lo que decían cuando estaban en la oposición”. Enseguida se sintió traicionado y decidió pasar a la acción. Primero, con la protesta semanal en Ballyhea y en la vecina Charleville. Ahora, como candidato a eurodiputado. El viernes por la tarde se reunió el núcleo duro de su equipo de campaña en su hermosa casa en medio de la campiña. Su esposa, directora de una escuela primaria, hizo café y té y cortó los bizcochos de manzana y de chocolate que alguien trajo.

Su equipo cabe en un coche. Son él, una hiperactiva maestra de escuela llamada Fionna y un joven empresario, Robert. Luego se sumarán otros dos amigos. En apenas un par de horas planifican las dos semanas que quedan de campaña hasta el día de las elecciones. Su circunscripción ocupa la mitad sur de Irlanda y apenas tienen dinero para imprimir unos folletos de propaganda y un par de pancartas que llevan consigo cuando van a repartir los folletos.

El sábado por la mañana toca ir a Limerick, tercera ciudad del país. Media docena de voluntarios han quedado con él a primera hora de la mañana en un café. En el Milkmarket, en una mañana gris y lluviosa, mucha gente les rehúye: la clave está en utilizar de inmediato la palabra “independiente”, para que no les confundan con los partidos tradicionales y acepten el panfleto que les ofrecen. A los más desencantados les piden que se queden con el folleto, que lo lean y que luego decidan si van a votar o no.

O’Flynn no reniega de la Unión Europea, pero cree que no funciona y que hay que reinventarla

El folleto sintetiza el programa electoral de O’Flynn: denuncia los 70.000 millones que ha costado el reflotamiento de los bancos, incluidos 28.000 millones en pagarés para los bonistas, que el candidato quiere que se destruyan; defiende que el impuesto a las transacciones financieras se aplique en toda la UE; denuncia el futuro acuerdo comercial con Estados Unidos como una herramienta a favor de las grandes corporaciones; reniega de la desregulación financiera mundial; señala a las multinacionales que apenas pagan impuestos; se cuestiona la viabilidad del euro para países como Irlanda.

O’Flynn no reniega de la Unión Europea, pero cree que no funciona y que hay que reinventarla. “Odio los nacionalismos y no aguanto que la gente diga que Irlanda es el mejor país pequeño del mundo. ¿Cuándo se hizo ese concurso? ¿Cuándo lo ganamos?”, ironiza. Pero cree en el Estado-nación y cuestiona la cesión de soberanía a la Unión Europea. No cree en las instituciones creadas a nivel europeo, de las que solo una (el Parlamento Europeo) es elegida y en las demás mandan cargos no electos (Comisión, Consejo, Tribunal de Cuentas, Tribunal de Justicia, Banco Central Europeo). Cree que lo primero que hay que hacer es “dar marcha atrás de forma ordenada en el euro”.

Cree que la protesta que acabó derrocando a Muamar Gaddafi es un ejemplo a seguir

Su programa se sintetiza en un larguísimo poema de ocho folios que ha escrito a ratos perdidos y en el que ironiza con ejemplos como el siguiente: Teorema de Pitágoras, 24 palabras; Oración del Señor, 66 palabras; Principio de Arquímedes, 67 palabras; Diez Mandamientos, 179 palabras; Oración de Lincoln en Gettysburg, 286 palabras; Proclamación de la República de Irlanda, 475 palabras; Declaración de Independencia de Estados Unidos, 1.300 palabras; Regulación UE número 159/87 estableciendo la calidad requerida para el repollo, las coles de Bruselas, los tallos de apio, las espinacas y las ciruelas, 5.091 palabras.

A Diarmuid O’Flynn le mueve su fe en la gente. Trabajó un año largo en Libia y cree que la protesta que acabó derrocando a Muamar Gaddafi es un ejemplo a seguir. “La gente sabía lo que se jugaba”, explica admirado. Él se juega mucho menos. Quizás, que se rían de él. Pero eso no detuvo su protesta en Ballyhea, aunque rara vez se manifestaban más de una veintena. “Nunca me importó que la gente pensara que hacía el ridículo”, asegura. Quizás por eso no tiene dudas de que llegará al Parlamento Europeo. “Lo que nos sostiene es que sabemos que tenemos razón”, proclama. Está claro que O’Flynn es de los que creen que la fe mueve montañas.

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