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“Estábamos todos atemorizados”

Márcio Moretto, profesor de la Universidad de São Paulo que fue detenido en la protesta contra el Mundial del sábado, relata su experiencia en el cerco policial y en la comisaría

Cerco policial en la manifestación del sábado en São Paulo.
Cerco policial en la manifestación del sábado en São Paulo.

La segunda manifestación del año contra la celebración del Mundial -la precariedad de los servicios públicos y la truculencia policial- celebrada el sábado en São Paulo contó con 2.300 agentes para mil manifestantes y se saldó con uno de cada cuatro asistentes detenidos. La estrategia de la Policía Militar, que destacó un grupo de soldados especializados en artes marciales para neutralizar a los vándalos sin usar armas o bombas de gas, era evitar las escenas ya habituales de destrozos de agencias bancarias y patrimonio urbano, pero mientras las autoridades afirman que la operación fue un éxito, se multiplican las grabaciones de abusos policiales. Más de 260 personas fueron detenidas antes de cometer ningún delito.

Uno de los arrestados, el profesor de la Universidad de São Paulo (USP) Márcio Moretto cuenta cómo vivió el cerco policial y su peregrinación hasta la comisaría.

MÁRCIO MORETTO

A pesar del contingente enorme de la policía (casi un agente por manifestante), el clima era muy tranquilo hasta pasar cerca del metro Anhangabau (en el centro). Desde el final de la marcha, pude observar que la estrecha calle Xavier de Toledo era el lugar combinado para la acción repentina de la policía. Enfurecidos, gritaban y golpeaban con sus porras a todos los manifestantes que podían. No fui alcanzado, pero muchos no tuvieron la misma suerte y supe de por lo menos un manifestante con el brazo roto.

En pocos segundos nuestro grupo, que se distinguía de los demás simplemente por estar al final de la marcha, fuimos cercados y, como en la foto, forzados a sentarnos. Estábamos todos atemorizados, incluso una buena parte del contingente policial. Una persona sangraba mucho. Desesperadamente gritamos para que llamasen a una ambulancia hasta que se lo llevaron para recibir cuidados médicos. Pasado el furor teatral de la policía y nuestro desespero con los heridos, asistimos sin resistencia y humillados cómo las personas eran esposadas y aisladas por llevar una máscara de oxígeno, por ir de negro, con una mochila y con cámaras.

Durante ese proceso, que duró por lo menos una hora, decidí conocer las personas que estaban sentadas junto a mí para romper un poco el clima de pánico: un señor blanco de casi setenta años me contó historias de 1968; dos amigas negras que hacía mucho que no se veían y se habían encontrado en la manifestación me ayudaron a encontrar el zapato que perdí en la confusión; y una pareja de estudiantes compartió su paraguas conmigo cuando la lluvia apretó.

Tras separar a los "de negro", los demás fueron conducidos uno por uno a un autobús de la Policía Militar. Antes de nosotros, en el autobús había solo un muchacho que se encontraba mal (crisis de asma aparentemente). Además de mí, de las dos amigas y de la pareja, había tres menores, una profesora y muchos estudiantes en un total de 34 personas. De dentro del autobús asistimos a la acción truculenta de la policía frente al metro con derecho a muchos gritos y bombas de gas lacrimógeno. Cuando partimos nos informaron de que iríamos a 78° Distrito Policial (DP), pero acabamos yendo para el 8° con una parada extraña de por lo menos veinte minutos en el 1°.

En esa parada, un chico con síndrome del pánico pidió salir: "Ahora tienes síndrome del pánico, pero cuando tienes que tirar piedras contra la PM nada", se mofó el policía que lo socorrió haciendo una acusación falsa y sin ningún fundamentado. Escondido conseguí hablar con mis amigos que divulgaron el caso en internet y tuvieron que pasearse por los tres DP hasta encontrarme en el octavo.

Cuando llegamos esperamos varios minutos hasta ser "calificados". Firmamos un documento con nuestros datos personales y un espacio en blanco donde debería estar relatada nuestra "versión de los hechos". Pregunté qué se pondría allí y, tras ser informado que no recogerían nuestra versión, taché el espacio. Fui reprendido por la garabato, pero liberado enseguida, como todos los que estaban en ese DP.

No sé exactamente por qué fui a la manifestación. Tal vez por la indignación con los desalojos que están provocando las obras del Mundial, por la acción truculenta de la policía en la última manifestación, por el contraste entre la enorme preocupación del estado con el Mundial y el total desinterés con la Escuela de Artes, Ciencias y Humanidades, donde doy clases, tal vez por un poco de curiosidad, pero creo que lo más honesto es decir que fui porque tenía derecho a ir.

En la manifestación del 25 de enero, más de 100 personas fueron detenidas y muchas de ellas fueron convocados para comparecer en la comisaría en el mismo horario de esta última manifestación. Sentía que estaba en el acto por tantas de esas personas a las que les negaron su derecho a manifestarse. Esta vez fueron 260 detenidos. La inmensa mayoría, como yo, sin ninguna acusación. Me preguntado si, incluso sin acusación, nos negarán nuestro derecho a manifestarnos. Parece que solo va a haber Mundial si no hay derechos.