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NIGEL FARAGE Líder del UKIP británico

“La Unión Europea es un eructo en la cara de la historia”

“Tenemos éxito, el sentimiento de los británicos se ha vuelto contra la UE”, afirma el líder del partido antiinmigración y eurófobo

Nigel Farage saluda a un jinete en una cacería el pasado diciembre.
Nigel Farage saluda a un jinete en una cacería el pasado diciembre. reuters

Un payaso apodado Titirica, que hizo la campaña vestido de clown, fue el candidato más votado en las elecciones brasileñas de 2010. Su programa era inequívoco: “Ayudar a los necesitados, pero en especial a mi familia”. En el Tea Party de EE UU hay líderes que coquetean con la brujería y hacen de la masturbación un elemento clave de su acción política. En Canadá, la oposición presenta a Rob Ford, alcalde de Toronto, con pancartas que le describen como “Borracho, racista y maltratador”. La antipolítica ha llegado a Europa —Beppe Grillo hizo irrupción en Italia en las últimas elecciones legislativas—, pero lo que preocupa de veras es una nebulosa de partidos que suben con fuerza, populistas y eurófobos, con un proyecto fieramente nacionalista y antiinmigración, cuando no directamente racista o filonazi. Varias de esas fuerzas políticas han sabido suavizar su discurso y ya no van solo en busca del voto joven y violento, sino del de las clases medias cada vez más irritadas con las consecuencias de la crisis y su gestión por parte de los líderes europeos. Marine Le Pen en Francia, Geert Wilders en Holanda y Nigel Farage en Reino Unido, cada uno a su manera, son las tres caras más conocidas de ese fenómeno. Farage presume de que su mujer es alemana, explica que trabajó para la banca francesa, recuerda que muchos de sus colaboradores son negros u homosexuales: con ese tipo de argumentos alegres como los colores de una verdulería suele explicar que no es racista, que no es homófobo, que no es antieuropeo sino anti-UE, que no es el mismísimo diablo. El líder del Partido por la Independencia de Reino Unido (UKIP), ha sabido aprovechar la fobia europea de los británicos, y últimamente el miedo a la inmigración, para convertirse en el peor dolor de cabeza del Parlamento Europeo, de David Cameron, de cualquiera que se cruce en su camino. Carismático, follonero y locuaz, a sus 50 años se ha dejado en la gatera algunas de sus siete vidas políticas —y de las otras—, pero las encuestas le dan 25 escaños en los comicios de mayo.

Pregunta. ¿Cuál es su idea de Europa?

Respuesta. La UE es un viejo sombrero raído. Una solución de 1970 para un problema de 1940 que ha sobrepasado su fecha de caducidad. A la altura de aquellos ridículos cortes de pelo de cuando los pantalones de pata de elefante. La UE es un intento de sumergir a los Estados nación en una marea de hiperregulación. En vano, porque la Unión es una especie de eructo en la cara de la historia, tratando de salir adelante mientras el número de Estados nación no deja de crecer en todo el mundo.

P. ¿No es suficiente argumento que hay que aprender de la historia para escapar de ella?

R. Si la historia enseña algo es que los imperios multinacionales, como la UE, no funcionan bien. Al final colapsan.

P. ¿Qué hace un partido antieuropeo en la Eurocámara?

R. Los diputados de UKIP están ahí para ser los ojos y los oídos de sus votantes. Nos enteramos de lo que pasa en la UE y lo damos a conocer en casa. Y hemos tenido mucho éxito, el sentimiento de los británicos se ha vuelto con fuerza contra la UE.

P. ¿Han conseguido aprobar algo, bloquear algo?

R. No estamos en el Parlamento para remendar normas o para evitar la aprobación de más regulaciones que lo único que consiguen es acabar con más empleos en Europa. Y no tenemos números como para bloquear nada; eso cambiará tras las elecciones.

P. Alguien llamó a los militantes de su partido “lunáticos, locos, racistas”.

R. Fue David Cameron, que ha perdido la mitad del apoyo del partido conservador desde que ejerce como brillante líder. Muchos de sus votantes se han ido a UKIP, un partido patriota, libertario. Y estrictamente no racista.

P. ¿No quieren controlar la inmigración?

R. Desde que nos unimos a la UE han entrado en Reino Unido cuatro millones de personas. Nos gustaría que llegara un número que podamos absorber, con habilidades como para que puedan contribuir a nuestra sociedad. Pero es una cuestión de números: no tiene nada que ver con la raza.

P. Los números dicen que no hay ninguna avalancha, y que la grandísima mayoría de los inmigrantes trabajan y cotizan.

R. No se puede alabar esta inmigración en masa, que en Reino Unido conduce a una carrera claramente a la baja en los salarios y en las condiciones de los trabajadores británicos. ¿Por qué debería el contribuyente británico financiar el sistema de salud, educación y bienestar de inmigrantes que no han aportado nada al Estado? Lo que nos gustaría es un sistema como el de Australia o Canadá: poder elegir el número y el tipo de personas que vienen a trabajar al Reino Unido. Y no podremos hacerlo mientras seamos miembros de la UE. Por eso queremos salir.

P. Su Gobierno aboga por cambiar los tratados. Varios Gobiernos apuestan por repatriar competencias desde Bruselas a las capitales. ¿Le bastaría con eso?

R. Sinceramente, tengo poca o ninguna esperanza de lograr que se repatríen competencias desde Bruselas al Parlamento británico. No queremos una reforma cosmética: queremos salir de la UE, y para ello reclamamos un referéndum lo antes posible. Es preferible un divorcio amistoso a que los británicos sean profundamente infelices en la casa común de la UE. Una casa fría, con escasa democracia en su interior, y ubicada en un entorno muy perjudicial para el crecimiento económico. Un desastre, vamos.