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El monte de El Asad en Damasco

Cientos de sirios acuden al monte Casium, que alberga la residencia presidencial, ante el temor de que sea objetivo de un ataque de EE UU

Un rebelde enel norte de Damasco, el 22 de septiembre. Ampliar foto
Un rebelde enel norte de Damasco, el 22 de septiembre. AFP

Si Estados Unidos hubiera atacado Siria con misiles, el monte Casium hubiera sido, según los sirios, uno de los objetivos principales. Desde la cumbre del Casium es imposible negar que Damasco vive en guerra. Aparte de los muchos puestos de control militar en la carretera que surca sus laderas, se ven a la distancia siete columnas de humo y se oye, intermitente, el estruendo lejano de morteros y artillería. Para los rebeldes, inexpugnable, es una fortaleza desde la que el Gobierno se defiende. Y a él ha acudido un grupo de sirios, muchos de ellos jóvenes, que aún mantienen viva una campaña de desafío a la injerencia norteamericana que han bautizado 'Sobre nuestros cadáveres'.

"Estamos aquí para exigirle a los americanos que nos dejen a los sirios resolver nuestros problemas", dice Raná Aisa, de 33 años, maestra de escuela, que lleva acampada 27 días en el monte, junto a un centenar de personas. Tras el pacto sellado en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el jueves, por el que Rusia y Estados Unidos han llegado a un acuerdo de desarme químico de Siria para evitar un ataque, Raná dice que estos jóvenes se plantean escampar pronto. "Barack Obama decía que quería bombardear Siria para proteger a los sirios. No se defiende a un país bombardeando a su gente. Así que vinimos aquí a morir en el ataque si era necesario", dice.

No podía haber un lugar más adecuado para demostrar apoyo al régimen que este monte, símbolo del poder de la familia El Asad. Domina Damasco desde el noroeste. Sobre sus faldas trepan caóticas viviendas de cemento. Al oeste en sus laderas de halla el complejo residencial del presidente Bachar el Asad y los cuarteles de la Guardia Republicana. Lo llenan diversos recintos militares desde los que los damascenos dicen que se atacan las posiciones enemigas.

Explican estos jóvenes que también eligieron la cima del monte por las muchas antenas que sobresalen de sus cumbres. Son emisoras y repetidores de señal de televisión. "Cuando América ataca destroza medios de comunicación locales para difundir fácilmente su propaganda", dice Ogarite Dandash, libanesa de 33 años. "Estamos aquí para evitarlo".

En esta acampada, de 24 tiendas y muchas banderas, hay numerosas mujeres, casi todas ellas con el cabello descubierto. Dicen temer —señalando hacia zonas rebeldes en el horizonte—, a los que se refieren en árabe como takfirim, un término que significa "los que nos acusan de apostasía", y que, a efectos prácticos, se viene a emplear para describir a radicales islamistas, que las pondrían tras velos. "Nada de lo que dicen defender pertenece de verdad a la religión islámica", dice Raná, la maestra de escuela.

Hasta antes de la guerra, muchos damascenos acudían a los miradores de las laderas del Casium en las noches de verano. Cuando en agosto la Casa Blanca comenzó a poner en circulación la idea de un ataque con misiles contra el régimen sirio por utilizar de armas químicas contra la población —algo que el Gobierno de Damasco niega—, los ojos de los sirios se posaron sobre el monte. Imaginaban los desprendimientos de rocas que se producirían por sus laderas, cayendo en algunas de las zonas más densamente pobladas de la capital.

"Estamos aquí para luchar contra mentiras", dice Baha Sawá, de 52 años. Pide que Occidente se desengañe. Asegura que en Siria no hay una revuelta popular mayoritaria contra un Gobierno. Es, defiende, un sistema que se protege: "Muchos ciudadanos apoyamos al Ejército. Yo tengo a un hijo en él y me duele que digan que a lo que se dedica es solo a matar civiles. No es cierto. Nos está defendiendo. Lucha contra terroristas e islamistas extranjeros".

El monte Casium ya vio de cerca las llamas de un ataque extranjero en mayo, cuando la aviación de Israel actuó contra posiciones militares cercanas a él, en lo que diplomáticos norteamericanos definieron como un ataque contra armamento sofisticado procedente de Irán.

Muchos damascenos temían que tras el fuego israelí llegara el norteamericano. Los pactos diplomáticos, finalmente, han disipado esa amenaza.