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Sobrevolando la ‘zona cero’ del temporal

El mal tiempo dificulta las labores de rescate en La Pintada, donde 68 personas fueron sepultadas por un alud

Base militar de Pie de la Cuesta (Acapulco, México)
Militares suben a los helicópteros alimento para las comunidades más afectadas por la tormenta tropical Manuel en Pie de la Cuesta.
Militares suben a los helicópteros alimento para las comunidades más afectadas por la tormenta tropical Manuel en Pie de la Cuesta.

Las nubes densas y la lluvia siguen cubriendo La Pintada a una semana de la tragedia que sepultó a buena parte de este poblado de 600 habitantes. Situado en la sierra del municipio de Atoyac de Álvarez, en Guerrero, el helicóptero que transporta a las brigadas de rescate se adentra en la bruma detrás de los cerros que ocultan la comunidad. Son las cuatro y media de la tarde del domingo y todavía los ríos que la rodean bajan con agua sucia, arrastrando piedras, palos y lodo. Un alud de tierra cubrió las casas de la parte central del poblado el lunes. A ambos lados algunas viviendas sobrevivieron al derrumbe. Los vecinos esperaron hasta tres días a que los primeros aviones llegaran, pero algunos decidieron bajar por su propio pie hasta El Paraíso, la siguiente comunidad donde todavía hay vida, unos 3.900 vecinos que aguardan asustados a que alguien los evacúe antes de que otro alud los tape a ellos.

El Ejército ha empezado a mover los escombros, pero el plan de trabajo en el lugar no es todavía certero. Las labores de evacuación allá arriba están siendo lentas. “Después del mediodía es muy complicado aterrizar en La Pintada”, explica el capitán Méndez en la base militar de Pie de la Cuesta, centro de operaciones de todo el plan de rescate en el Estado de Guerrero, la entidad más afectada por la tormenta tropical Manuel. El capitán, que lleva trabajando en la base desde el martes, es el encargado de gestionar la información que se brinda a la prensa. A las cinco de la tarde del domingo, media hora después del último intento de aterrizaje en la zona cero, todas las aeronaves descansaban ya sobre la pista: “Hasta mañana no se puede volar más”, dice el portavoz. Hoy se han hecho 56 viaje, 12 a La Pintada, aunque el fuerte viento y la lluvia frustrara uno de ellos.

El black hawk del ejército que trata de adentrarse en el poblado tiene espacio para doce personas incluida ya los tres soldados que conforman la tripulación y vuela a una velocidad de 100 nudos, unos 185 kilómetros por hora. Desde Acapulco tarda en llegar entre 10 y 15 minutos a la sierra, nada comparado con las más de diez horas necesarias ahora para completar el trayecto por carretera. Si uno elige este medio, a las dificultades del camino -varios tramos están cortados por desprendimiento de tierra o derrumbe de puentes- se suma la falta de combustible. En el trayecto hacia allá las camionetas se detienen cuando se encuentran a vendedores ambulantes que trafican con gasolina. Para ello la pasan desde un bote de coca cola de dos litros al depósito del vehículo mediante un embudo de plástico, hecho con una botella cortada a la mitad. Todo en esta zona funciona de forma artesanal e ilegal estos días, como las barcas que se han apostado de un lado a otro de un charco para ahorrarle a la gente que se moje los pies.

En la base aérea un grupo de diez personas uniformadas de rojo, los llamados “topos” -personal de rescate que se formó en el terremoto que asoló la Ciudad de México en 1985 y con los años se han ido profesionalizando- aguarda con mochilas y alimento a que una aeronave los traslade. Además de víveres para los pocos vecinos que se han negado a abandonar sus casas en La Pintada -no hay registros de cuántos son-, las brigadas lleva consigo perros de rescate, animales específicamente entrenados para encontrar a los muertos.

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