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Cameron intenta salvar la cara ante EE UU tras el voto del Parlamento

“No tengo que pedir disculpas”, asegura Cameron sobre su error de cálculo

Un momento del debate sobre Siria en la Cámara de los Comunes, Londres, Reino Unido, el 29 de agosto de 2013.
Un momento del debate sobre Siria en la Cámara de los Comunes, Londres, Reino Unido, el 29 de agosto de 2013. EFE

Un monumental error de cálculo político ha convertido a David Cameron en el primer jefe de un Gobierno británico que ve vetados por el Parlamento sus planes de despliegue militar desde 1782, abriendo un debate nacional sobre el papel que quiere desempeñar Reino Unido en la escena internacional y comprometiendo la relación especial con unos Estados Unidos que no podrán contar con su tradicional aliado si se consuma un ataque militar en Siria.

El primer ministro se ha revelado como un político muy vulnerable, incapaz de calibrar la falta de apoyo entre sus propias filas conservadoras, que contribuyeron el jueves a su derrota en la Cámara de los Comunes, y de entender que su país aún no ha cerrado las heridas de la guerra de Irak.

“Creo que el pueblo americano y el presidente Obama lo entenderán. No tengo que pedir disculpas”, declaró Cameron en las horas posteriores al momento más amargo de su carrera política. Las huestes de Westminster acababan de negarle el aval al “principio” de una intervención militar contra el régimen de Bachar el Asad, a pesar de que su coalición de Gobierno (conservadores y liberales-demócratas) cuenta con una amplia mayoría parlamentaria. En su primera entrevista una vez encajado ese revés, el primer ministro ha vuelto a defender este viernes la necesidad de una “respuesta robusta” al supuesto empleo de armas químicas por el régimen sirio, y ha garantizado que Reino Unido seguirá trabajando en ese sentido con sus aliados. Pero los analistas británicos subrayan la merma que ha sufrido su reputación internacional: fue Cameron quien jugó un papel esencial a la hora de persuadir al presidente de Estados Unidos sobre una acción contundente en Siria, y quien le garantizó un apoyo sin reservas confiando en que el grueso de su grupo político acabaría cerrando filas.

Varios de sus correligionarios le han reprochado una imperdonable imprevisión. Cuando el pasado domingo Barak Obama le confirmó su luz verde, el jefe del Gobierno estaba de vacaciones en Cornualles. Cameron convocó al Parlamento cinco días antes de la apertura formal de la legislatura —un error fatal— sin medir la resistencia que ese paso podía suscitar no solo entre la oposición laborista, sino principalmente entre los suyos. La votación de los Comunes se tradujo en 285 votos en contra de la moción del Gobierno y 272 a favor. Integraron el bando de los hostiles 30 diputados tories —a los que hay que sumar la abstención de otros tantos— y nueve liberales-demócratas, muchos de ellos no tanto contrarios a acciones militares per se como a la debilidad de sus argumentos y su intención de obviar, ante el previsible veto de Rusia y China, la cobertura legal de Naciones Unidas.

El primer ministro alegó durante el debate parlamentario que existen pruebas “convincentes”, y expuestas por los servicios de inteligencia, sobre la implicación del régimen de El Asad en el ataque con armas químicas del pasado 21 de agosto en las cercanías de Damasco. Unas “pruebas” que, a falta del dictamen de los inspectores de la ONU, la inteligencia británica ha recabado de vídeos y testimonios de pacientes y médicos, y que no revelan la autoría de aquella acción horripilante. El propio Cameron tuvo que admitir que no existía un “cien por cien de certeza”. Sus críticos hicieron paralelismos con la guerra de Irak de 2003 y las manipulaciones de los informes del espionaje en las que incurrió Tony Blair para justificar su agenda política y bélica. Cameron no llegó a tanto, pero la cuestión sigue siendo muy sensible entre la clase política y la sociedad británicas.

El político que mejor ha expresado la aprensión entre un sector destacado de los propios conservadores es paradójicamente un laborista, Jack Straw, quien fuera ministro de Exteriores en la Administración de Blair: “¿Qué pretende exactamente el presidente Obama, y cuál es la misión a la que pide que Reino Unido se sume? Es muy fácil implicarse en una acción militar, pero muy difícil salirse de ella. Yo todavía tengo las cicatrices [de Irak]”.

Hasta los rebeldes más díscolos entre las filas conservadoras admitían este viernes que “esta crisis no va a matar a Cameron [políticamente], ahora no es el momento”, si bien subrayaban que el repunte de la imagen de su Gobierno, gracias a la mejora de los índices económicos, se ha esfumado irremediablemente. La cuestión que queda en el aire es si ese primer ministro incapaz de dominar al partido que debe sostenerle, y sobre todo que ha perdido el control de la política exterior de su Gobierno, podrá resistir incólume los dos años que median hasta las próximas elecciones generales.