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Túnez negocia para no caer en el caos egipcio

En medio de la creciente crispación entre islamistas y laicos, el país en el que arrancó la ‘primavera árabe’ no parece querer seguir la senda violenta

Una manifestación de simpatizantes del Ennahda contra la violencia en Egipto el 16 de agosto en la capital tunecina. Ampliar foto
Una manifestación de simpatizantes del Ennahda contra la violencia en Egipto el 16 de agosto en la capital tunecina. EFE

A juzgar por las manifestaciones casi diarias a favor y en contra del Ejecutivo en manos de los islamistas de Ennahda; a juzgar también por la radicalización de las críticas contra el partido gobernante, Túnez se parece cada día un poco más a Egipto en vísperas del golpe de Estado militar del 3 de julio que derrocó al presidente Mohamed Morsi.

La represión contra los Hermanos Musulmanes egipcios ha exacerbado aún más en Túnez el enfrentamiento entre Ennahda y sus socios laicos de Gobierno, que la han condenado sin paliativos, mientras sus adversarios, como el partido Nidaa Tounes, alababan ante todo “al pueblo egipcio (…) que recolocó a la revolución en el buen camino”.

Ya el 6 de julio, tres días después del golpe egipcio, Mustafa Ben Jaafar, el presidente de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), anunció que congelaba sus trabajos, la redacción de una nueva Carta Magna. Paralizó así de hecho la transición tunecina y agravó un poco más la crisis política reactivada por el asesinato, el 25 de julio, del diputado izquierdista Mohamed Brahmi.

El Frente de Salvación Nacional (FSN), una coalición heterogénea de partidos de oposición a la que pertenecía Brahmi, exige ahora la dimisión Gobierno de Ennahda, su sustitución por un gabinete de tecnócratas, la disolución de la ANC, la convocatoria de elecciones y la elaboración de la Constitución por un grupo de juristas. Sus exigencias cuentan con el respaldo parcial de la UGTT, el poderoso sindicato con medio millón de afiliados.

A diferencia de Egipto, en Túnez los adversarios siguen dialogando

Más allá de ser incapaces de mantener la seguridad, de gestionar mal la economía, etcétera, el grueso de los laicos reprocha a Ennahda su conquista del aparato del Estado y su empeño de impregnar todo de su interpretación “retrógrada” de la religión empezando por la Constitución. Hace un año intentaron por ejemplo que la mujer fuese descrita legalmente como “complementaria” del hombre y no como igual. No lo lograron.

Pese a tanta crispación el país que fue pionero en la “primavera árabe”, expulsando a su dictador, Ben Ali, en enero de 2011, solo tiene algunas apariencias en común con Egipto y profundas diferencias que hacen casi imposible que siga su senda violenta. La primera es que posee un Ejército de Tierra pequeño (27.000 hombres), históricamente apolítico y ahora enfrascado en acabar con los focos yihadistas en la sierra de Chaambi.

La segunda gran diferencia es que Ennahda ganó, en octubre de 2011, las primeras elecciones democráticas con más del 40% de los sufragios, pero no dispone de una mayoría absoluta en la Asamblea Nacional Constituyente. Para formar gobierno tuvo que aliarse con dos partidos laicos, el Congreso para la República (CpR) y Ettakatol (socialdemócrata).

Los islamistas de Ennahda no tienen mayoría, gobiernan en alianza con laicos

Las presiones de sus socios, sobre todo las de Ettakatol que amenaza con salirse de la coalición, las de la calle y su propia idiosincrasia han incitado a Ennahda a tener una actitud más dialogante que la de los Hermanos Musulmanes. El Consejo de la Shoura, la dirección del partido islamista, ofreció de nuevo el lunes “la formación de un gobierno de unidad nacional” que ellos seguirían encabezando. Su líder, Rachid Ghanouchi, también se mostró dispuesto a concluir en octubre la redacción de la Constitución y a celebrar elecciones antes de fin de año.

A diferencia de Egipto, los adversarios siguen dialogando aunque, por ahora, sin resultados. Ennahda y Nidaa Tounes, que dirige el exprimer ministro Beji Caid Essebsi, mantuvieron contactos el pasado fin de semana en París, según reveló el propio Ghanouchi en su página de Facebook. El portavoz islamista declaró que estaban dispuestos a continuar las consultas “bajo el patrocinio” de la UGTT, que no les es nada afín.

“Muchos tunecinos han visto lo que sucedió en Egipto y quieren hacer todo lo posible para que no ocurra en su país”, declaró el ministro alemán de Exteriores, Guido Westerwelle, la semana pasada, al término de una visita a Túnez para intentar mediar. La UE quiere a toda costa evitar que Túnez sea un segundo Egipto. “Después de discutir con ambas partes tengo la impresión de que es posible alcanzar un compromiso”, concluyó el ministro.