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ANÁLISIS

Y Dilma Rousseff volvió a sonreír

Rousseff, en Brasilia el pasado 5 de agosto.
Rousseff, en Brasilia el pasado 5 de agosto. Reuters

La presidenta Dilma Rousseff volvió hoy a sonreír después de dos meses de invierno astral en el que su cara revelaba el tsunami que de repente le había caído encima.

Su popularidad, que se había desplomado de repente más de 40 puntos, se recupera ahora hasta un 36% según el sondeo de Datafolha. Es poco cuantitativamente, pero es mucho como tendencia. El sol empieza a asomar para ella de entre los nubarrones.

¿Habrá pasado lo peor para la primera presidenta mujer de Brasil? ¿Seguirán los próximos sondeos manteniendo esa tendencia desmintiendo a los que veían en peligro su candidatura a la reelección el año próximo? Su propio partido, el PT, por boca de su presidente Rui Falçao, había llegado a decir que “todas las hipótesis estaban abiertas”. Y varios de los líderes y partidos que habían apoyado hasta ahora su Gobierno, habían comenzado a dar también señales de querer abandonar el barco.

Al mismo tiempo, a la presidenta se le criticaba el hecho de que, siendo economista, la economía del país patinaba: un PIB entre los más bajos del continente y de los Brics, la inflación en alza y el dólar subiendo, al igual que los intereses, y una industria que perdía fuelle. Y los gritos en la calle sin apagarse, pidiendo más.

Dilma no tenía motivos para sonreír. Sin embargo, no se achicó. Frente a las protestas anunció que ella estaba escuchando sus gritos y exigencias. Y empezó a intentar responder a dichas peticiones con una serie de reformas y bondades sociales. Algunas de sus propuestas no convencieron; otra se las robó el Congreso, que también quería escuchar la voz de la protesta ciudadana. Ella siguió firme.

A quienes quisieron separar su gestión y el resultado negativo de la misma de su tutor Lula da Silva y que ya habían acuñado, incluso dentro de su partido, el “Vuelve, Lula”, les explicó sagazmente que el expresidente no necesitaba volver porque “nunca se había ido”. Y era cierto. En sus decisiones básicas nunca actuó sin consultarse con el maestro. Llegaron a acusarla de hablar con la voz del “ventrílocuo”.

Al mismo tiempo, a los que intentan liberarla de lo que llaman la “herencia maldita” que Lula le habría dejado en economía, Dilma hizo saber que ella cargaba con toda la responsabilidad, que, al final, era solo suya. 

Al igual que el consenso sobre su Gobierno se desplomó de repente mientras empeoraban todos los índices económicos, también de pronto, en solo dos semanas, Dilma ha podido volver a sonreír. No solo su popularidad ha empezado a crecer mientras ella soñaba con no bajar más, si no que todo ha empezado a mejorar: la inflación ha empezado a descender y ella misma ha dicho que eso es “una maravilla”. Se pasó solo cuando quiso descargar la culpa contra los pesimistas que “no soportan ver a Brasil crecer”.

La industria comenzó a presentar números positivos, el empleo creció, el dólar empezó a desacelerar su carrera y de nuevo, según el sondeo de de Datafolha, Dilma empieza a recuperar al electorado más pobre, que era el suyo, y hasta ha crecido décimas entre la clase media.

Y es a esa clase media, que no la había votado en 2010 y que había recuperado durante sus dos primeros años de Gobierno, la misma que había salido en junio en masa a la calle a “exigir más”, la que la mandataria deberá recuperar antes de acabar el año si desea poder presentarse tranquila a la reelección.

Mayores dificultades presentan los candidatos de oposición. A pesar de que diez años en el Gobierno y el escándalo de corrupción del mensalão desgastaron al PT, que sueña con gobernar otros diez años, los contrincantes de Dilma en la oposición no están en mejores aguas. La ecologista Marina Silva, que puede arrastrar otra vez veinte millones de votos, es como una mariposa de colores que aparece no contaminada con el poder corrupto, pero demasiado “virgen” para poder querer gobernar sin aceptar compromisos en las alianzas de partidos. Aecio Neves, el joven y nuevo líder del oposicionista PSDB tendría ahora su gran momento si el escándalo del presunto cartel de empresas del Metro de Sâo Paulo no hubiese surgido en el peor de los momentos para su partido. Y el joven Eduardo Campos del PSB, cuyos ojos azules seducen el voto femenino, forma aún parte del Gobierno al que contesta la calle y no es visto todavía como oposición. 

El único peligro real para el PT sería la candidatura del presidente del Supremo, Joaquim Barbosa, el primer magistrado negro del Supremo, considerado el héroe del mensalão , que es recibido con aplausos donde entra, pero que ha jurado que no le interesa la política.

El último enemigo del PT, la calle con sus gritos de protesta, ha empezado a ser domesticado por sus huestes, que han anunciado que empezarán a salir también ellos a gritar, pero a favor del Gobierno.

Y si había una cosa que el partido de Lula sabía hacer antes de llegar al poder, era ocupar la calle.
El expresidente y exsindicalista les ha lanzado un reto: “El PT tiene que estar en la calle y con el pueblo”. Y Dilma acaba de declarar que ella y su partido “han escuchado el grito de la calle”.
Y es allí, en las calles y plazas, donde se podrá tocar con mano si el Gobierno Rousseff ha ganado o no la última batalla.