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La policía egipcia sitia Ciudad Náser

Las autoridades estrechan el cerco sobre el bastión islamista en El Cairo donde mantienen la protesta los seguidores de Mohamed Morsi

Partidarios de los Hermanos Musulmanes leen el Corán en la plaza de Rabaa al Adawiya el pasado 10 de julio.
Partidarios de los Hermanos Musulmanes leen el Corán en la plaza de Rabaa al Adawiya el pasado 10 de julio. AFP

Hay quien lo dice con vehemencia, con seriedad o con una amplia sonrisa, pero todos los acampados junto a la mezquita de Rabaa al Adawiya, en el barrio cairota de Ciudad Náser, coinciden en afirmar que no existe miedo que los atenace. Al principio, uno se pregunta si no será una frase que los seguidores del expresidente, Mohamed Morsi, se repiten a sí mismos como un mantra, con el fin convencerse de que no hay motivos para la intranquilidad. Los muros de hormigón que buscan proteger los asentamientos de un eventual desalojo policial no invitaban ayer a pensar que, al otro lado, la vida pudiera seguir su curso con relativa normalidad.

Tampoco ayudaban los numerosos círculos, elaborados por piedras, que rodeaban y ponían de manifiesto la existencia de manchas de sangre sobre el pavimento. Mohamed Shihab observaba desde la acera, sentado junto a su familia, cómo un grupo de niños besaba los pequeños símbolos funerarios, colocando flores en su interior para recordar a quienes fallecieron allí mismo en los enfrentamientos del pasado 26 de julio: “Fue una masacre. No sabría decir cuántas marcas hay en el suelo, pero son muchas. Aun así no tenemos miedo y, si la policía entra aquí por la fuerza, nosotros los esperaremos desarmados, porque nuestra única arma es la legitimidad de nuestro presidente”.

Los controles para entrar a la acampada son cada vez más férreos

Los controles para entrar a la ciudad-santuario dedicada a Mohamed Morsi se han ido haciendo cada vez más férreos. Sin embargo, una vez pasada la prueba del cacheo, la sensación en los últimos días se aproximaba más a la distensión propia de una romería que a la inseguridad que debería provocar una sentada sobre la que pesan varias amenazas de desalojo. La fiesta del fin de Ramadán, que terminaba el viernes después de tres días de celebraciones, también hacía escala en Ciudad Náser, con sus fuegos artificiales y sus cánticos. Los niños se divertían saltando en los castillos hinchables instalados para la ocasión, mientras sus padres los observaban hablando despreocupadamente.

Muy cerca de allí, el personal de las tres ambulancias enviadas por el Ministerio de Sanidad charlaba ocioso. Desde la masacre de finales de julio, comentaban los trabajadores, no han tenido muchos casos que atender, salvo alguna que otra insolación o desmayo. Aseguraban, además, que no estarían allí por voluntad propia, porque cuando la policía actúa en el marco de enfrentamientos no hace distinción entre manifestantes y personal sanitario.

"De momento la policía no actuará", dicen dos miembros del personal sanitario

No obstante, sostenían estar tranquilos. De avecinarse algún choque, ellos serían los primeros en saberlo: “Estamos seguros al cien por cien de que, por lo menos de momento, la policía aquí no va a entrar. En el mismo instante en el que Interior decida dar la orden de desalojo, el Ministerio de Sanidad recibirá un fax para que se aumente el número de ambulancias en la zona. Eso es exactamente lo que ocurrió el día de la matanza aquí, junto al monumento al Soldado Desconocido. Por la mañana había 25 ambulancias. Después de la caída del sol éramos en torno a 90”.

Los motivos de la contención del Gobierno interino han sido varios: las connotaciones espirituales del mes de Ramadán y la celebración de su finalización, las amenazas de dimitir proferidas por el vicepresidente de Asuntos Exteriores y Premio Nobel de la Paz, Mohamed El Baradei y, en general, el coste político a nivel internacional que tendría una nueva masacre, se cuentan entre esas razones.

Pero no cabe duda también de que en la mente de los miembros del Ejecutivo se hallan las dificultades de desmantelar lo que se ha convertido en una ciudad dentro de otra. Abeir Salem, consultora legal y miembro del Movimiento de Jóvenes contra el Golpe, explicaba así hasta qué punto la sentada ha echado raíces, como una población aparte en el seno la capital egipcia: “La vida aquí es bonita porque todos colaboramos. Cada uno tiene su función para evitar que se acumule basura, para que la comida y el agua lleguen a todas las tiendas, para construir y mantener limpios los servicios... incluso se están celebrando bodas aquí, en Rabaa al Adawiya”.

Además de varios ambulatorios, un hospital de campaña y un pequeño museo dedicado a los fallecidos en los últimos enfrentamientos, el campamento cuenta con su propia Cámara Alta. Decenas de miembros del Consejo de la Shura, disuelto tras el golpe de Estado, se han seguido reuniendo y ejerciendo parte de sus funciones según palabras de uno de sus miembros, Abdel Halim Abdallah: “Tenemos representación de todos los comités, ya que aproximadamente la mitad de nuestros compañeros acuden regularmente, como si estuviéramos en el Consejo. Podríamos decir incluso que tenemos más trabajo que antes. Últimamente hemos elaborado informes sobre diferentes problemas, como los ataques que están teniendo lugar en el norte del Sinaí, para después presentar nuestras conclusiones en rueda de prensa”.

En las últimas noches, moverse entre la multitud por el laberinto de las acampadas resultaba costoso.

Miles de partidarios de Mohamed Morsi celebraban el fin del mes del ayuno y renovaban el desafío al Gobierno interino, el cual no ha dejado de advertirles de que su paciencia se está agotando. En Rabaa al Adauia nadie parecía tener miedo. Ni siquiera los niños que lideraban pequeñas marchas tachando de traidor, con sus infantiles voces, al Ministro de Defensa Abdel Fatah El Sisi.