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Sicilia muestra un camino de salida de la crisis italiana

La izquierda gobierna en la isla con el apoyo de los representantes del Movimiento 5 Estrellas

Mitin de Grillo en Termini Imerese (Sicilia) durante la campaña de las regionales, en octubre de 2012.
Mitin de Grillo en Termini Imerese (Sicilia) durante la campaña de las regionales, en octubre de 2012. REUTERS

Susto o muerte. Si quiere gobernar, el centroizquierda italiano solo tiene dos opciones. O intentar hacerlo con el apoyo puntual, sin cheques en blanco ni pactos en la oscuridad, del Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo o, por el contrario, buscar un gran acuerdo con el partido de Silvio Berlusconi. La primera opción supone el susto de una política nueva, basada más en los hechos que en las promesas, a expensas de una formación desconocida –hasta para sí misma— fundada por un líder imprevisible que con sus gritos ha conseguido despertar al electorado. La segunda opción supone sencillamente la muerte. Una agonía lenta y deshonrosa junto al político que, durante las dos últimas décadas, ha conducido a Italia al callejón sin salida en el que ahora se encuentra.

Del susto se puede salir vivo. De la muerte es más complicado. Hay dos ejemplos muy cercanos. El primero está en Sicilia, allá por octubre de 2012. Las elecciones regionales deparan un resultado muy parecido al actual. Gana el candidato de la coalición de centroizquierda, Rosario Crocetta, pero el Movimiento 5 Estrellas, cuyo líder había llegado a la isla cruzando a nado el estrecho de Messina dos semanas antes, resulta ser la formación más votada. Crocetta es un tipo de una pieza. Tiene 61 años, ha sido alcalde de Gela –un municipio de 72.000 habitantes en la provincia de Caltanissetta-- y es conocido por su lucha sin cuartel contra la Mafia y los prejuicios. No solo fue uno de los primeros en plantarle cara a la Cosa Nostra en su terreno sino también en declarar su homosexualidad, y ni lo uno ni lo otro son cuestiones fáciles en Italia. El caso es que Rosario Crocetta decide que va a seguir jugándose el tipo. Con las urnas aún calientes, declara que lo primero que va a hacer como presidente regional es “despedir a algunos consultores que ganan cantidades desproporcionadas de dinero por tareas que no son necesarias”. Y va y lo hace. Luego añade que no va a llegar a ningún pacto de gobierno –como le sugiere su partido— con centristas ni derechistas. “Quien quiera apoyarme”, declara en un claro mensaje a la formación de Beppe Grillo, “que me apoye”.

Y Rosario Crocetta empieza a gobernar. Y decide que el agua debe de ser de todos, y los 15 parlamentarios del Movimiento 5 Estrellas lo apoyan. Y decide revocar el permiso para que EE UU tenga un radar en la isla porque parece perjudicial para la salud, y vuelve a obtener el acuerdo de los de Grillo. Y luego hace saltar el acuerdo vitalicio por el que el Partido Democrático (PD) y el Pueblo de la Libertad (PDL) de Berlusconi se van alternando la vicepresidencia de la Asamblea Regional de Sicilia, y se la ofrece a un miembro del Movimiento 5 Estrellas, que acepta. A cambio, apoya una propuesta muy innovadora. Crear un fondo con el dinero –el 70% de su asignación—que los 15 parlamentarios de Grillo devuelven a la Asamblea para destinarlo a microcréditos. Así, día a día. El resultado es que ahora ya no se mira a Sicilia solo por las playas o la Cosa Nostra, sino también porque otra política es posible. Cuando se le pregunta al presidente Crocetta cómo lo ha conseguido, responde: “Yo, entre los grillini, solo he encontrado gente buena con la que se puede dialogar”.

A nadie se le escapa que no es lo mismo gobernar Sicilia que Italia. Tampoco que para gobernar una región no hay que someterse a la confianza del Parlamento, y sí en el caso del Gobierno de la nación. Si a ello se le añade que Beppe Grillo ya ha dicho que no va a dar ningún cheque en blanco a Pier Luigi Bersani, el candidato del PD, ¿qué hacer? Rosario Crocetta tiene la posible respuesta: “Ahora debe ser Grillo quien supere sus propios tabúes. Si quiere salvar el país no puede negar la confianza a un acuerdo basado en las reformas. ¿O prefiere favorecer un governísimo [así se ha dado en llamar un posible acuerdo entre el PD y Berlusconi] en nombre de la pureza? Por su parte, el PD tiene que seguir intentando buscar puntos de acuerdo con Grillo”.

El hombre que tiene que decidir ahora si intentar la opción del susto se llama Pier Luigi Bersani, tiene 61 años y un ejemplo en carne propia de que la otra opción solo conduce a una agonía segura. Roma, noviembre de 2011. Silvio Berlusconi, cada vez con menos apoyos entre los suyos y más rechazo internacional, dimite. En aquel momento, Bersani, en vez de intentar el golpe de gracia al Cavaliere, acepta la opción de sostener a Mario Monti al frente de un Gobierno técnico. Y así aparece ante los ojos de los italianos durante 15 meses, uniendo su voto al de Berlusconi para acometer reformas que aprietan el cinturón de los trabajadores y dejan prácticamente intactos los privilegios de La Casta. Quince largos meses que Beppe Grillo aprovecha para ir haciéndose fuerte plaza a plaza, tuit a tuit. Ahora, convertido en el líder de la formación más votada, lanza sus críticas a diestro y siniestro, se ríe a carcajadas de la piel tan sensible de quienes hace tiempo perdieron el pulso de la calle.

Ahora Bersani tiene que elegir. Si aventurarse por los callejones difíciles de la nueva política o pedir de nuevo a Berlusconi que le siga ayudando a cavar su propia tumba.