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El adiós a Alemania

El pontificado de Benedicto XVI se percibe en su país como un intento frustrado de limpiar la Iglesia

La canciller alemana, Angela Merkel, y Benedicto XVI en una imagen de 2006.
La canciller alemana, Angela Merkel, y Benedicto XVI en una imagen de 2006. REUTERS

El vínculo más estrecho del papa Benedicto XVI con su país natal es Georg Ratzinger, su hermano mayor casi nonagenario. El también sacerdote protagoniza estos días la crónica sentimental de la despedida del primer papa alemán en casi mil años. Comentó para la agencia DPA la audiencia general del miércoles, la última gran aparición de Joseph Ratzinger como pontífice en el Vaticano. Le pareció “muy conmovedora” y “dominada por un ambiente de pesar”. El anciano prelado de honor se alegra aún así, porque el primer papa emérito desde la Edad Media “se encuentra bien”. En la apartada Ratisbona, foco católico de la muy católica Baviera, los lazos familiares, territoriales y religiosos con el papa nacido allí en 1927 son mucho más ceñidos que en el resto de Alemania.

Empezando por sus líderes. Angela Merkel llegó a la Cancillería apenas siete meses después de que la fumata blanca llevara a Ratzinger al trono de Pedro en 2005. El católico bávaro y la protestante del Este empezaron con una relación cordial que se tensó drásticamente en 2009. Merkel dio entonces un inusitado tirón de orejas a su compatriota tras la readmisión en la Iglesia católica del obispo lefebvriano Richard Williamson, un negacionista del Holocausto. Se habló entonces del minuto más difícil en la relación entre un jefe del Gobierno alemán y un papa desde el kulturkampf que enfrentó al canciller Bismarck con la Iglesia romana en del siglo XIX.

Benedicto XVI dedicó su primer desplazamiento como papa a viajar a Alemania, en verano de 2005. Obtuvo un recibimiento entusiasta en las Jornadas de la Juventud de Colonia, pero evitó Berlín. Su siguiente visita, un año más tarde, se redujo a su Baviera natal con escalas en sus lugares de infancia y juventud. Hubo que esperar a septiembre de 2011 para que el Papa visitara la capital alemana y el Este del país. La última misa que ofició, en el núcleo católico de la Selva Negra, atrajo a menos fieles de lo esperado. Entre las masas juveniles en la Colonia de 2005 y el mermado entusiasmo de 2011, la Iglesia alemana había protagonizado un enorme escándalo de abusos a menores en algunas de sus instituciones en Alemania.

La elección de Joseph Ratzinger como sucesor de Juan Pablo II encontró un eco enfebrecido, casi futbolero, en Alemania, que quedó muy bien compendiado en el titular del sensacionalista diario Bild: “¡Somos papa!”. El del negacionista Williamson fue el primer episodio de la desafección entre el Papa y Alemania. En palabras del Frankfurter Allgemeine Zeitung, “los alemanes han sido tan poco papa como Benedicto XVI ha sido un papa alemán”.

En 2010 saltó el escándalo de abusos sexuales a los alumnos de un internado berlinés de los jesuitas. Desató una avalancha de revelaciones en otros colegios e instituciones eclesiásticas. Los alemanes reaccionaron con rechazo y pidieron consecuencias a la Iglesia, que prometió atajar el problema. No obstante, la falta de transparencia tras los escándalos y el goteo de viejos casos provocó un aumento drástico de las apostasías. La toma de partido del Papa contra el “monstruoso crimen” cometido contra cientos de niños no alcanzó para calmar las aguas. Algunas víctimas lo acusaron de haber encubierto algunos casos cuando era arzobispo de Múnich.

Ratzinger, que conservará el tratamiento de Santidad, decidió de niño que sería sacerdote. Estudió Teología en Múnich, después de participar en la II Guerra Mundial como ayudante en una batería antiaérea. En 1951 fue ordenado sacerdote. Trabajaba como profesor de Teología en diversas universidades alemanas En 1977, obispo. A primeros de los 80 fue llamado a Roma, donde dirigió para Juan Pablo II la Congregación para la Doctrina de la Fe, el antiguo Santo Oficio.

El pontificado de Ratzinger se percibe desde su país como un intento frustrado de limpiar la Iglesia y un esfuerzo por mantener la fe católica en su doctrina tradicional. En algunos casos se le atestigua “falta de fuerza” para cumplir su tarea. Otros hablan de “escasa capacidad de liderazgo” y de “crisis de autoridad en la Iglesia”.

Esta tarde se celebrará en la catedral católica de Santa Eduvigis, junto a la avenida berlinesa de Unter den Linden, una misa de despedida con altos representantes del Estado.

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