Alemania impone su visión para una unión bancaria de mínimos

El acuerdo sobre el supervisor único europeo es un primer paso importante, pero deja fuera algunas de las propuestas más ambiciosas por expreso deseo de Berlín

Angele Merkel, este jueves en Bruselas.
Angele Merkel, este jueves en Bruselas.JOHN THYS (AFP)

“Acuerdo histórico” y “luz al final del túnel” son dos sintagmas que deberían estar terminantemente prohibidos en la alta política europea a juzgar por los acontecimientos de los tres últimos años. Los ministros de Economía y Finanzas de los Veintisiete, reunidos en un maratoniano Ecofin en Bruselas, han acordado in extremis esta madrugada la creación del supervisor bancario único, que cede poderes de control sobre los bancos a Fráncfort, la sede del cada vez más poderoso Banco Central Europeo (BCE). Y sí, inevitablemente ha habido quien ha saludado las conclusiones del Ecofin con el inevitable “acuerdo histórico” que supone una luz al final del túnel: el comisario europeo Michel Barnier. Se trata de un paso adelante, probablemente el más fácil por aquello de que el diablo está en los detalles y la Unión tiene siempre la habilidad de dejar los diabólicos detalles para más adelante, pero con varios lastres; con el freno de mano puesto. Básicamente, han triunfado rotundamente las tesis alemanas: demoras respecto al calendario inicial y mucha, mucha menos ambición de la que se suponía tras el acuerdo de los jefes de Estado y de Gobierno en la cumbre de junio. Pero un buen primer paso al cabo. Este es un sucinto resumen, una comparativa entre las expectativas que alumbraron los líderes en la decisiva cumbre de junio y lo que han reinterpretado los ministros de Finanzas, bajo la batuta del alemán Wolfgang Schäuble, a lo largo de 14 noctívagas horas en Bruselas. Pero el mejor resumen de lo sucedido lo ha hecho esta mañana la canciller Angela Merkel en dos tiempos. Primer golpe: “No se puede sobrestimar la importancia de este acuerdo”. Segundo y definitivo: “Hemos logrado asegurar las peticiones fundamentales de Alemania”.

150 bancos, quizá 200 de 6.000: gana Alemania por goleada. La Comisión Europea, Francia, Italia y España querían que el supervisor único controlara todos los bancos de la eurozona, unas 6.000 entidades. Alemania se ha opuesto con fiereza para mantener bajo la órbita del Bundesbank a sus cajas locales (sparkassen) y regionales (landesbanken), que albergan en sus entrañas toneladas de basura tóxica. Finalmente, el BCE supervisará solo a los bancos con activos superiores a 30.000 millones de euros o equivalente al 20% del PIB de un país —los denominados sistémicos: porque pueden llevarse por delante todo el sistema, en teoría—, además de los nacionalizados. Serán entre 150 y 200, según las estimaciones de los analistas y según fuentes francesas, entre los que podría haber seis alemanes. Cada país deberá tener al menos tres bancos en esa lista. El ministro Luis de Guindos defendió que fueran todos los bancos, y no 200, los supervisados por el BCE, pero luego destacó que “ese no era el tema básico” para España. En fin: victoria rotunda para Alemania, pese a que el ministro de Finanzas francés, Pierre Moscovici, ha hablado de “un trabajo bien equilibrado”.

Lo más importante es que aún no queda claro bajo qué circunstancias el BCE podrá usurpar a los supervisores nacionales el control de una entidad que no pertenezca a esa lista de 150 o 200. Alemania rechaza esa posibilidad. En teoría, el BCE puede intervenir en esas entidades más pequeñas, bajo un procedimiento tasado sobre el que aún hay que trabajar. Fuentes alemanas citadas por el diario alemán Die Welt aseguran que solo será posible en casos “razonables”. Otras fuentes hablan de esa posibilidad “bajo particulares circunstancias”, que nadie es capaz de aclarar a día de hoy. En todo caso, esos detalles se discutirán a nivel técnico pero son fundamentales para discernir si la unión bancaria es lo suficientemente ambiciosa o no. Hay más dudas: Wolfgang Munchau, director del think tank Eurointelligence, señala que los bancos podrían utilizar la habitual ingeniería financiera para alojar parte de su activo fuera del balance y sortear así la supervisión del BCE, y señala que el listón final, esos 30.000 millones de euros, deja fuera a buena parte de los bancos que han provocado la crisis financiera actual. “En general, hay aún sobre la mesa algún asunto espinoso”, resume Julian Callow, economista jefe de Barclays.

Plazos: marzo de 2014 y posibilidad de inyecciones de capital de emergencia. Victoria ajustada de Berlín. El nuevo supervisor debería estar listo el 1 de marzo de 2014: más tarde de lo que se preveía. Pero antes de lo que quería Alemania, que aun así se guarda un as en la manga: uno de los aspectos claves de la unión bancaria es la recapitalización directa de entidades con problemas por parte del fondo de rescate europeo, que solo podrá activarse cuando el supervisor único funcione a velocidad de crucero, una velocidad que el acuerdo no define pero que se parecerá, según los expertos, a la que desee Berlín en su día. El Parlamento Europeo deberá sancionar ese pacto antes de febrero del año que viene. Hasta marzo de 2014, el fondo de rescate permanente (MEDE) podría activar la capitalización de bancos con el acuerdo del BCE: nueva concesión de Alemania que puede ser muy importante para los países con problemas por ese flanco, como España. Ese cajón de sastre deja abierta la posibilidad de interpretar que la recapitalización directa de bancos (que en ningún caso será retroactiva por deseo expreso de Merkel) puede llegar mucho antes de lo esperado, usando los recursos propios del Mede, que ascienden a medio billón de euros. Al respecto, Schäuble habló poco ayer pero dejó una sentencia interesante: “Durante los tres últimos años nos hemos especializado en crear expectativas que después no podemos cumplir”. Alemania insiste en que hay que leer exhaustivamente lo que dicen los acuerdos. Y su interpretación, en lo que va de crisis, se acaba correspondiendo con lo que quiere Berlín.

Fórmula de organización: Alemania 2 - Reino Unido 1 - ¿España 0? La estructura de gobierno ha sido uno de los aspectos más controvertidos de los primeros y balbuceantes pasos de la unión bancaria. Alemania quería un cuerpo de supervisión diferenciado de las labores de política monetaria del BCE para garantizar la sacrosanta independencia del Eurobanco: lo ha conseguido. Los Diecisiete se sentarán en el supervisor, aunque el consejo de gobierno del BCE ejercerá como árbitro final cuando haya desavenencias, y habrá un comité más reducido y rotatorio. Está por ver si al final algunas de las sillas de ese reducido comité serán fijas para los grandes países: Alemania así lo quiere; España también, pero no está claro que pueda conseguirlo, en lo que sería un nuevo fiasco tras el fallido intento de conservar un asiento en el consejo ejecutivo del BCE, que a día de hoy posee la mesa de reuniones más importante de Europa. Otro de los escollos era la Autoridad Bancaria Europea (EBA, por sus siglas en inglés), de la que emana la regulación que luego deberá aplicar el supervisor bancario. Londres ha impuesto ahí su poderío: la EBA sigue a cargo de la armonización de la regulación financiera al nivel de la UE a Veintisiete, pero con garantías para los países que no pertenecen al euro (como querían Reino Unido, Suecia y República Checa): hará falta una mayoría cualificada para tomar decisiones.

Las decepciones. No habrá recapitalización directa propiamente dicha al menos hasta 2014. En ningún caso será retroactiva, como aseguraron el vicepresidente de la Comisión Olli Rehn y el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, tras la cumbre de junio, lo cual hace muy difícil acabar de un plumazo con el círculo vicioso entre crisis financiera y crisis de deuda soberana: los problemas de los bancos acaban en la panza de los países, como demuestra el fuerte incremento de la deuda española tras las últimas ayudas a las entidades nacionalizadas. Y apenas hay rastro de los dos elementos más ambiciosos esbozados en junio: nada de un fondo de garantía común (solo se habla de homogeneizar los sistemas nacionales), y nada de nada acerca del fondo de resolución que debería servir para cerrar bancos si fuera necesario, una idea que en su día llevó algunos analistas a decir que esa podía ser la puerta trasera por la que empezara la mutualización de la deuda europea. Eso, al más puro estilo del método europeo, se deja para más adelante ante las reticencias de los países acreedores, con Alemania a la cabeza. Los anglosajones llaman a eso kick the can down the road; la traducción castiza es patada a seguir, moneda de uso corriente en este tipo de acuerdos “históricos” tras los que algunos vislumbran las primeras luces al final del túnel.

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España y su credibilidad bancaria: más del 90% del sector estará bajo la órbita del BCE. El Ministerio de Economía considera que en torno a 15 entidades financieras españolas pasarán a estar bajo supervisión directa del BCE y las cifras apuntan a que serán 16. En realidad, ya lo están muchas de ellas, tras el rescate financiero, que da el BCE enormes poderes con respecto al sector bancario. Guindos ha hecho esta mañana una valoración pragmática del pacto: “Para España lo importante era que hubiera acuerdo, un acuerdo razonable, y eso se logró anoche”. Ángel Berges y Emilio Ontiveros, de Analistas Financieros Internacionales, tienen una visión más crítica: “No es difícil convenir que la unión bancaria llega tarde para España, que inicialmente había apostado por que permitiera recibir directamente la ayuda del fondo de rescate sin aumentar la deuda pública”. El supervisor único puede ayudar a recuperar la confianza en el sector bancario español tras la crisis de credibilidad reciente. Pero el hecho de que más del 90% pase a estar bajo el BCE y el resto al Banco de España “puede provocar graves distorsiones a favor de las entidades supervisadas por el BCE, en base a su mayor credibilidad”, apuntan Berges y Ontiveros.

Sobre la firma

Claudi Pérez

Director adjunto de EL PAÍS. Excorresponsal político y económico, exredactor jefe de política nacional, excorresponsal en Bruselas durante toda la crisis del euro y anteriormente especialista en asuntos económicos internacionales. Premio Salvador de Madariaga. Madrid, y antes Bruselas, y aún antes Barcelona.

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