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La austeridad agrieta al socialismo francés

El Gobierno de Hollande comienza la tramitación del pacto de estabilidad de la Unión Europea con críticas del ala izquierda del Partido Socialista

El presidente Hollande saluda a simpatizantes junto al Elíseo.
El presidente Hollande saluda a simpatizantes junto al Elíseo. AFP

En 2005, los socialistas franceses se partieron en dos ante el referéndum del Tratado de Lisboa. La victoria del no en aquella consulta fue, y todavía es, uno de los grandes traumas políticos de François Hollande, que entonces era el primer secretario del Partido Socialista (PS). Ahora, el presidente intenta que el ala izquierda del partido y sus aliados ecologistas ratifiquen de forma unitaria en el Parlamento el tratado que sanciona el rigor y la austeridad presupuestaria, llamado Tratado sobre la Estabilidad, Coordinación y Gobernanza de Europa. Pero en el PS han surgido serias grietas mientras ecologistas, comunistas y Frente Nacional exigen un referéndum. Irónicamente, solo el centroderecha promete apoyar en bloque el texto negociado por Angela Merkel y Nicolas Sarkozy.

El Consejo de Ministros analizará el miércoles en el Elíseo el tratado europeo que prohíbe a los Estados superar el límite máximo del 0,5% en el déficit de todas sus administraciones y habilita al Tribunal de Justicia Europeo para vigilar y multar a los incumplidores. Enseguida, la Asamblea Nacional debatirá el texto que impone la regla de oro, junto a las dos leyes financieras que pondrán música a la letra. Para tratar de convencer a los socialistas y verdes más críticos, el Gobierno defenderá, al lado del texto original, un paquete europeo formado por las medidas para el crecimiento aprobadas en la cumbre europea de junio, la tasa Tobin a las transacciones financieras y el acuerdo para la supervisión bancaria.

La tarea del Ejecutivo no será fácil. El primer ministro, Jean-Marc Ayrault, llevará el 2 de octubre ese conjunto de decisiones a la Asamblea Nacional, pero aún no se ha decidido si someterá el discurso a una votación porque nadie las tiene todas consigo. A día de hoy, se calcula que al PS le pueden faltar cerca de 50 votos (propios, comunistas y verdes) en la Asamblea y 40, en el Senado. La ratificación no corre peligro porque el centroderecha (Unión por un Movimiento Popular, UMP) ha garantizado su apoyo. Pero recurrir a su mayor adversario para apagar el fuego provocado en casa sería un problema de credibilidad para un Hollande que debe aprobar un recorte de al menos 33.000 millones para el año próximo y que cada día siente más la erosión del paro y de la crisis en las encuestas.

Los comunistas y el Frente Nacional reclaman la celebración de una consulta popular

El ala izquierda del PS promete dar la batalla porque considera que tal y como está redactado el tratado “condena a Europa a un rigor eterno”. “Ya nos dejamos colar Maastricht”, explicaba ayer el diputado socialista Jérôme Guedj al Journal du Dimanche, “ahora diremos no al tratado de Merkozy y sí a la reorientación comprometida por Hollande”. Los críticos sostienen que el tratado sanciona las políticas erróneas dictadas por Alemania durante la etapa anterior, y que los franceses tienen derecho a decidir, aunque el Tribunal Constitucional haya establecido que no es preciso incluir la regla de oro del déficit en la Carta Magna y pueda tener rango de ley orgánica.

Europa Ecologista Los Verdes —EELV— acuden divididos al debate. Su estrella más visible, el eurodiputado Daniel Cohn-Bendit, defiende la ratificación para “pasar página deprisa”, mientras Eva Joly, la excandidata presidencial, está en contra. Los jefes de filas en el Senado y la Asamblea se declaran a favor de una “gestión rigurosa”, pero alertan: “La austeridad a toda costa es una barbaridad. El remedio es peor que la enfermedad”. Los comunistas y el Frente de Izquierda (además del ultraderechista Frente Nacional) han pactado movilizarse por la consulta popular. El sábado, en la fiesta del diario L’Humanité, en La Courneuve, la portavoz del Gobierno, Najat Vallaud-Belkacem, fue recibida con abucheos y al grito de “referéndum, referéndum”.

Aunque la población parece poco interesada en los asuntos europeos —solo el 33% sabe lo que es el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MES)—, el líder del Frente de Izquierda, Jean-Luc Mélenchon, proclama que la batalla contra el tratado “es un nuevo episodio revolucionario por la soberanía y la independencia”. El ministro delegado para Asuntos Europeos, Bernard Cazeneuve, replica a quienes piden una consulta popular que “el referéndum ya se ha celebrado: fueron las presidenciales y las legislativas”, que dieron amplia legitimidad al programa de Hollande. Cazeneuve cree que estos opositores olvidan “los avances” logrados por el Elíseo. A saber, reorientar la política europea hacia el crecimiento con un plan de 120.000 millones, la aprobación de la tasa sobre las transacciones financieras, y el compromiso del BCE para salvaguardar la integridad de la zona euro.

Muchos camaradas del no, que hace cinco años se apezuñaron en torno a Laurent Fabius, hoy ministro de Exteriores, son nacionalistas clásicos y no están dispuestos a ceder soberanía a Bruselas. Otros son sindicalistas y claman contra el poder financiero. Hollande necesitará apaciguarlos. Cuando las disputas con Berlín sobre la supervisión bancaria y el rescate de España parecen amenazar la estabilidad del eje franco-alemán, debe demostrar a Alemania que eso que Le Monde ha llamado “el rigor de izquierdas” también existe y que la disciplina presupuestaria tiene respaldo social. Si las calles se llenan de banderas rojas, llamarlo rigor de izquierdas será más arduo.