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El ‘annus horribilis’ del liderazgo chino

La desaparición pública del futuro presidente, Xi Jinping, revela una pugna por el poder

El vicepresidente chino Xi Jinping en una imagen del 30 de agosto.
El vicepresidente chino Xi Jinping en una imagen del 30 de agosto. AFP

China, la segunda potencia económica del mundo y el país más poblado del planeta, pretendía que la sucesión de su liderazgo, prevista para este otoño, se realizara con “armonía”. Una serie de escándalos, sin embargo, han convertido 2012 en el annus horribilis del Partido Comunista Chino (PCCh) y tiñe de sombras su XVIII Congreso, que debe llevar al poder a la quinta generación de dirigentes. La desaparición de la escena pública de Xi Jinping, designado sucesor del presidente Hu Jintao, es la nueva nube que enturbia el panorama político de Pekín.

La rigidez del protocolo chino admite pocos cambios. Por eso la cancelación en el último momento de la reunión de Xi Jinping con el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, y la secretaria de Estado de EE UU, Hillary Clinton, el pasado día 5, destapó toda clase de rumores en un país empeñado en un secretismo obsoleto. Desde entonces, Xi no ha recibido a ninguna de las personalidades extranjeras que estaban citadas.

Algunos funcionarios indicaron, bajo anonimato, que Xi tenía problemas de espalda; la disidencia apunta a un infarto de miocardio; y el portavoz del Ministerio de Exteriores, Hong Lei —el único del Gobierno que se reúne a diario con los periodistas—, se limitó a repetir que no tiene información al respecto. Los chinos, que desde hace tres años están enganchados a Weibo (el Twitter chino, con más de 300 millones de usuarios) para escapar de la propaganda de los medios oficiales de comunicación, trataron de enterarse de inmediato de lo sucedido. En consecuencia, la policía cibérnetica bloqueó cualquier texto con “dolor de espalda”. Tampoco hay acceso para Xi Jinping, ni para los demás máximos dirigentes chinos.

Acostumbrados a la censura —según un estudio de la Universidad de Harvard publicado el pasado junio, los censores borran el 13% de la información que circula por Internet—, los usuarios de Weibo recurrieron al término “príncipe heredero” para averiguar qué pasa con Xi. “¿Qué pasa con el príncipe heredero? Lleva 10 días desaparecido y todo el mundo se pregunta dónde está”, escribe un internauta, según la agencia Reuters.

Tanto dentro como fuera del país, el secretismo con que se maneja el PCCh parece cada día más anacrónico. Resulta poco serio para un país que ha comenzado a ejercer la influencia que le brinda el haberse convertido en la segunda potencia económica, ocultar el dolor de espalda que ha motivado el cambio de agenda de un dirigente.

El ocultismo que cultiva el PCCh da argumentos a la disidencia en el exilio para arremeter contra el Gobierno chino. Así, Boxun.com no tardó en sacar una información, que posteriormente levantó, sobre que Xi Jinping había sufrido un accidente de tráfico causado por uno de los fieles de Bo Xilai. El defenestrado Bo era el máximo representante de la izquierda radical, alcalde de la municipalidad de Chongqing y el político más popular de China hasta que en marzo pasado estalló el escándalo sobre el asesinato del hombre de negocios británico Neil Heywood, por el que la esposa de Bo, Gu Kailai, fue condenada el pasado agosto a la pena de muerte con suspensión de condena.

El caso Bo fue la primera gran sacudida que sufrió el liderazgo chino en este 2012. Bo Xilai, miembro ahora suspendido del Politburó, debería haber ascendido en el congreso de este otoño al Comité Permanente del Polítburó, el órgano de nueve escaños donde se sienta la dirección colegiada de China.

El segundo campanazo llegó dos meses después, con una carta abierta al presidente chino de un grupo de miembros veteranos del PPCh, en la que se pedía la destitución de Zhou Yongkang, uno de los nueve integrantes del Comité Permanente y máximo responsable de la seguridad china. Por las revueltas aguas del PCCh comenzaban a aflorar asuntos oscuros de Zhou —mentor de Bo Xilai—, pero el zar de los servicios secretos tuvo recursos para frenar nuevas filtraciones y Hu Jintao, deseoso de una transición de poderes pacífica, puso fin al asunto, ya que estaba previsto que Zhou Yongkang abandone la dirección colegiada en el XVIII Congreso.

Nadie cuestiona a Xi Jinping, hijo de un veterano de la Larga Marcha (1934-1935), que sufrió durante siete años la barbarie de la Gran Revolución Cultural (1966-1976) en una aldea de la provincia de Shaanxi (noroeste del país), pero el retraso en la convocatoria del congreso revela las dificultades de las distintas facciones del PCCh para llegar a un acuerdo sobre los miembros de la dirección colegiada. Xi es visto como un hombre de consenso, con buenas conexiones en los distintos grupos del PCCh y sin adhesión a ninguno determinado. Pero la lucha de poderes dentro del partido es tan vieja como el partido mismo.

La última víctima de esa lucha ha sido Li Jihua, director de la Oficina General del Comité Central, destituido el pasado 1 de septiembre. Li era la mano derecha de Hu Jintao en los asuntos del PCCh y el presidente le respaldaba para ascender a uno de los 25 escaños del Politburó y mantener la influencia de Hu en ese órgano. Pero el escándalo del mortal accidente del hijo de Li en un Ferrari y su vinculación al corrupto exministro de Ferrocarriles acabaron con Li Jihua.

Todo apunta a que Xi Jinping reaparecerá en los próximos días y que, tras asumir la secretaría general del PCCh en ese congreso aún por convocar, será nombrado jefe del Estado por el pleno de la Asamblea Popular Nacional que se reunirá el próximo marzo. Su misión será hacer frente al creciente descontento social por el abismo abierto entre ricos y pobres, por la rampante corrupción y por el absurdo secretismo. ¿Lo conseguirá?