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Análisis:

Una revolución árabe democrática

Las revueltas populares que han sacudido a Túnez durante las últimas semanas han obligado al presidente Ben Ali a abandonar el país.
Las revueltas populares que han sacudido a Túnez durante las últimas semanas han obligado al presidente Ben Ali a abandonar el país. EFE

El derrocamiento del autócrata tunecino Ben Ali es el primer triunfo de una revuelta popular laica y democrática en un país árabe. Es difícil imaginar que los jóvenes que han dado su sangre en ella, y los periodistas, abogados y artistas demócratas que les han apoyado, vayan a contentarse con la salida de Ben Ali, ni tan siquiera con el alejamiento del poder de su corrupto clan familiar. Van a seguir exigiendo, aún con más fuerza, libertad, trabajo y dignidad. Así que solo hay una salida para Túnez: la democracia. Sin ella, no habrá estabilidad en ese país. Ojalá que el Ejército tunecino lo entienda y garantice, como hizo el portugués con la Revolución de los claveles, una transición pacífica hacia un Estado de derecho. En cuanto a los gobiernos y opiniones públicas de Europa deberían ir tomando nota: la seguridad en el Magreb no la garantizan los déspotas, sólo podrán hacerlo las democracias.

En los últimos días se veía que el régimen tunecino, el favorito del Fondo Monetario Internacional y de tantos gobiernos europeos, empezando por los de París, Roma y Madrid, se desmoronaba. Se podía intuir que la valerosa presión de la calle iba acompañada por presiones desde dentro del poder, empezando por las Fuerzas Armadas. La rapidez del desenlace, hoy, del primer acto de esta hermosa y sangrienta historia tunecina hubiera sido imposible sin estas últimas presiones. Deben haber sido los militares los que le hayan dicho a Ben Ali que tome un avión de inmediato después de ver que esta misma mañana del viernes 14 de enero miles de jóvenes tunecinos exigían en manifestaciones callejeras el final de su carrera política y se declaraban dispuestos a dar su sangre para obtenerlo.

La juventud y los demócratas tunecinos lo han conseguido. Sin apoyos de los gobiernos de EE UU y la UE, más bien proclives a sostener las dictaduras árabes siempre y cuando repriman a los islamistas, controlen la inmigración y garanticen gas y petróleo, los chavales y chavalas de Túnez, apoyados por demócratas veteranos, han empujado día tras día hasta lo de hoy. Han pagado en el camino un elevado precio de sangre. Y han dado toda una lección a un Occidente empeñado en mirar al sur con gafas estereotipadas, gafas que sólo ven islamistas y yihadistas.

¿Quién decía que toda la juventud del Magreb era barbuda y/o velada? ¿Por qué se tildaba de locos a los que afirmaban que la mayoría de ella ansía las mismas cosas que la de todas partes: respirar, expresarse, organizarse libremente, tener un empleo, no ser tratados como bestias por las autoridades, no tener que pagar "mordidas" para conseguir tal o cual cosa? ¿Qué queda del argumento que afirma que hay que sostener a las autocracias cleptócratas para que nos protejan de los islamistas? ¿Qué dicen los que pontificaban sobre la imposibilidad de movimientos democráticos en países musulmanes.

La revuelta tunecina puede tener una profunda repercusión en todo el norte de África. Los jóvenes de las ciudades y los demócratas y reformistas han comprobado hoy que se puede ganar a una autocracia, aunque esté apoyada hipócritamente por Europa. Los gobernantes de Argelia y Egipto deben empezar a poner sus barbas a remojar.