Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Un polígrafo para políticos mexicanos

Los dirigentes de los principales partidos protagonizan una refriega en la que se acusan mutuamente de mentirosos

Ante su creciente falta de credibilidad, tres de los más importantes políticos mexicanos han aceptado someterse a la prueba del polígrafo. Los máximos dirigentes de los dos principales partidos, César Nava, presidente del PAN, y Beatriz Paredes, presidenta del PRI, así como el también priista gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, aceptaron que su versión sobre un pacto secreto sea revisada por la máquina de la verdad. Tal es su incapacidad para hacerse creer, tal su aceptación de que -por culpa del desprestigio de la política- siete de cada diez mexicanos creen ya que la democracia es un fraude. O como sostenía hace unos días el escritor Héctor Aguilar Camín: "La democracia mexicana no funciona y a fuerza de no funcionar acabará creando en la ciudadanía la convicción de que tampoco es una democracia".

Cualquiera que, el pasado miércoles, pasara por la puerta de la Cámara de Diputados pudo oír un grito repetido que parecía más propio de un parvulario: "¡Pi-no-cho! Pi-no-cho! Pi-no-cho!". Eran los diputados del PRI (el Partido Revolucionario Institucional) llamando mentiroso al presidente del PAN (el Partido de Acción Nacional), César Nava, que se desgañitaba en la tribuna por hacerse creer. O, más bien, por hacer creer a todos que no sólo él había pecado contra el octavo de los mandamientos, teniendo en cuenta lo feo de esa falta para cualquier político y más para el dirigente de un partido tan orgullosamente cristiano. El caso es que nadie convenció a nadie, pero todos sacaron lo más grueso de su artillería para herir al contrario. Tan es así que una diputada del PAN acusó al gobernador priista Peña Nieto nada más y nada menos que de haber matado a su esposa...

A grandes rasgos, todo empezó en "lo oscurito", que es una expresión que se usa en México para designar lo que se cocina sin luz ni taquígrafos. Unos meses atrás, el presidente del PAN -al que pertenece el presidente de la República, Felipe Calderón- y la presidenta del PRI firmaron un acuerdo secreto por el que PAN se comprometía a no suscribir pactos con la izquierda en las elecciones previstas para 2011 en el Estado de México. A la firma asistieron el propio Peña Nieto y el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont. Como todo el mundo sabe, lo bueno de los secretos es contarlos. Pasó lo de siempre. Alguien se lo contó a un periodista -Carlos Loret de Mola-, el periodista llamó al presidente del PAN y éste... lo negó. El periodista siguió erre que erre hasta que consiguió el documento con la firma, entre otros, de César Nava. De ahí los gritos de "¡Pinocho! ¡Pinocho!".

Un Pinocho gigante

Una vez pillado, Nava aseguró que ese acuerdo tenía su contrapartida: que el PRI prestara sus votos para aprobar una subida de impuestos. Lo cierto es que el Gobierno sacó adelante la subida -el IVA, los depósitos bancarios, la gasolina...-, pero el PRI sigue negando haber participado en el enjuague. Las acusaciones mutuas fueron subiendo de tono hasta que unos y otros se encontraron el miércoles en el Congreso. Y ahí fue el acabose. Un diputado priista acudió a la cita con un muñeco gigante de Pinocho y lo sentó en un escaño. Y empezó el bombardeo. Los del PRI hicieron suyo el discurso de la izquierda para acusar a Felipe Calderón de haberse robado la presidencia de la República en 2006. Los de Calderón calificaron los 70 años que gobernó el PRI como los de "la mentira, la falsificación y el fraude". Ya con el patio desbocado, la diputada del PAN María Elena Pérez de Tejada tiró por lo alto: "El gobernador mexiquense (Peña Nieto) está acusado de haber matado a su mujer, que no lo digo yo, lo dicen muchos, que denuncien y que investiguen". En medio de la refriega, un legislador intentó hacerse escuchar: "Y el pueblo que nos eligió, ¿qué?".

El caso es que, sólo un día después, los protagonistas de la batalla campal regresaron a la Cámara de Diputados y, entre besos y abrazos, se demostraron público arrepentimiento e hicieron votos por no volver a pactar en lo oscurito ni a mentarse a los ausentes. A la espera de la prueba del polígrafo, los mexicanos estarán preguntándose si deben creerse los insultos del miércoles o los abrazos del jueves. O, directamente, nada.