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Denunciar en México, una tarea peligrosa

El asesinato de un mormón, activista antisecuestros, une a la sociedad frente a los crímenes y la impunidad

La prensa mexicana revivió ayer las palabras que llevaron a la tumba a Benjamín Franklin Le Barón: "Aunque nos duele en el alma no vamos a pagar, preferimos ver a mi hermano muerto hoy, a que nos sigan matando a nuestros muchachos y en un año sean diez". Así se pronunció el 3 de mayo pasado, horas después de que Érick Le Barón fuera secuestrado. Pedían un millón de dólares por él. En vez de ceder, Benjamín organizó a la comunidad mormona de la que era miembro activo, presionaron al Gobierno y, acorralados, los secuestradores cedieron... sólo para vengarse dos meses después de quien los desafió.

No pasa con cada secuestro. Pero de algunos de ellos surgen líderes que no pueden volver a su vida anterior. Tras el secuestro de su hermano, Benjamín encabezó dos luchas: la de no pagar los rescates y la de obligar a las autoridades a hacer su trabajo. Una foto en el periódico El Universal muestra a Benjamín, el pasado 1 de julio, reclamándole al gobernador de Chihuahua, José Reyes Baeza (PRI), que el Estado proteja a quien denuncia. Quizá le pidió ayuda a la persona equivocada. Según datos del periódico Milenio, de 769 muertes violentas que hubo en México tan sólo en junio, 325 fueron en suelo chihuahuense, una extensión tan grande que podría ser un país aparte.

El mensaje de los criminales no pudo ser más explícito: la madrugada del martes derribaron las puertas y las ventanas de la casa de Benjamín Le Barón. Éste creía que eran soldados que lo iban a proteger de las amenazas que había recibido, porque iban vestidos como militares. Lo torturaron delante de sus hijos y tras llevárselo, junto con un cuñado que quiso ayudarle, dejaron una nota junto a los cuerpos asesinados: "Para que ora sí crean, va como venganza de los 25 jóvenes levantados y detenidos en Nicolás Bravo". Firma: El General". O sea, el narcotráfico. El crimen que ya no sólo trafica con estupefacientes sino que extorsiona y secuestra, en este caso en los alrededores de Galeana, Chihuahua, a 188 kilómetros de la frontera con Estados Unidos.

Crímines ignorados

"El asesinato del señor Le Barón es terrible, ya que además implica que es una osadía que los ciudadanos salgamos a quejarnos de la inseguridad y a exigir que las autoridades actúen para que los criminales nos dejen de lastimar", dice a EL PAÍS María Elena Morera, que en octubre de hace ocho años sufrió el secuestro de su esposo. Morera empezó desde entonces una cruzada para presionar a las autoridades.

Como Morera, Isabel Miranda de Wallace también vive una batalla que nunca pidió. El 11 de julio de 2005 secuestraron a su hijo Alberto. Las autoridades se desentendieron del caso, como pasa en el 99% de las ocasiones, ya que según las cifras sólo uno de cada 100 crímenes es debidamente castigado. Wallace no se conformó. En estos cuatro años ha logrado averiguar el paradero de los culpables en México y en Estados Unidos, al margen de los policías locales y federales que nunca quisieron investigar sobre el secuestro de su hijo. "El mensaje de la muerte del señor Le Barón es uno de impunidad de los criminales y de apatía e ineficacia por parte de los Gobiernos. Pero también uno de mucha valentía por parte de la sociedad", explica por teléfono Wallace, quien reconoce que el asesinato del activista chihuahuense es un mensaje que busca generar miedo. "Pero yo ya crucé una frontera en la que ya no hay vuelta para atrás sino hasta que el país cambie".

Wallace no volvió a ver a su hijo. Morera sí recuperó a su esposo. Sobre el mensaje que llega a los activistas con la muerte de Le Barón ella comenta: "No tengo miedo, mientras la sociedad se haga más fuerte las acciones de la criminalidad tendrán que bajar, aunque si el Estado no protege esto seguirá".

Las noticias son que la comunidad mormona de Galeana tomará la justicia por su propia mano. Wallace y Morera, en cambio, son partidarias, a pesar de todo, de denunciar y exigir resultados. Por eso Pedro Galindo, el marido de la segunda, tras haber sido liberado grabó un anuncio de televisión en el que demanda acciones para esclarecer los al menos 500 secuestros que ocurren cada año en México. "Y si necesitan manos [ayuda])", comenta el ex secuestrado, "les presto las mías". Pedro Galindo muestra entonces las manos, a las que les falta cuatro dedos amputados por los secuestradores.