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El muro de la miseria ya divide Río

Once favelas son cercadas para contener su expansión y luchar contra la droga

En el acceso principal a la favela Morro Dona Marta, enclavada en un precioso cerro del barrio carioca de Botafogo, se respira un ambiente tan apacible que no parece la misma entrada al suburbio donde hace unos meses el ruido seco de los disparos formaba parte de la vida cotidiana de los vecinos. Hoy los colegiales van y vienen sin temor alguno, hay un mercadillo en plena efervescencia y un pequeño puesto de vigilancia con varios agentes de la Policía Militar que charlan relajadamente recostados en sus sillas, algunos de ellos con el chaleco antibalas desabrochado. Aquí no suena un tiro desde hace meses.

Desde el pasado diciembre, las calles están totalmente limpias de narcotraficantes en activo. En noviembre de 2008, la Policía Militar ocupó la favela sin misericordia; se enfrentó a los criminales cuerpo a cuerpo, conquistando cada palmo de sus angostas callejuelas, cada una de las casuchas sospechosas de dar cobijo al enemigo. Corrió la sangre durante días. Varios presuntos criminales murieron en los enfrentamientos, otros emprendieron la huida hacia los bosques selváticos que rodean Dona Marta. Circulan informaciones de que estos narcos están refugiados en favelas vecinas y que continúan dedicándose a labores poco académicas, si bien la policía celebra uno de los mayores éxitos de los últimos años en el combate con las redes criminales: haber metido en cintura a una de las favelas más insurgentes de la zona metropolitana de Río e imponer en ella una paz sostenible en el tiempo. Para ello es necesario que más de cien agentes pertrechados con armamento de guerra ocupen las 24 horas del día las laberínticas calles de Dona Marta. La calma, por lo tanto, pende de un hilo.

En la zona alta de la favela se construye desde hace dos meses un muro que inicialmente pasó inadvertido para la prensa. El paredón, que se abre paso en medio de la vegetación a unos cincuenta metros de las últimas chabolas de la comunidad, es de aspecto penitenciario y llega a tener en algunos tramos hasta cinco metros de altura. Entre 30 y 40 hombres acarrean, cubo a cubo, el hormigón armado con el que se está irguiendo el cerco, que avanza lento y que ya ha alcanzado una longitud de 60 metros. "Esto no hay quien lo eche abajo", comenta, ufano, el maestro de obra, refiriéndose a los materiales que se están usando: hierro, ladrillos de gran porte y hormigón armado.

Dona Marta es la primera de las 11 favelas ubicabas en las áreas nobles de Río. Antes de que termine este año serán cercadas por un total de 11 kilómetros de muro. La iniciativa ha partido, con gran sigilo, del Gobierno del Estado de Río, que oficiosamente actúa en connivencia con la alcaldía de la ciudad. No es la primera vez que las autoridades intentan llevar a cabo una medida que siempre ha sido objeto de gran polémica para la opinión pública brasileña, mayoritariamente en contra de recurrir al hormigón para resolver el problema del crecimiento de las favelas. En otras ocasiones, los políticos esgrimieron el argumento de la seguridad pública para justificar la drástica medida, pero nunca consiguieron el apoyo popular. Esta vez han optado por rebautizar el muro como "ecolímite" para poner el énfasis en los aspectos más medioambientales y campestres del proyecto.

Según se afirma desde EMOP, la empresa pública encargada de las obras, la única finalidad del muro es frenar la deforestación de los bosques atlánticos que antaño cubrían como un manto los cerros cariocas y que con el crecimiento de las favelas están en peligro de desaparición. Lo que nadie ha explicado aún es por qué hasta ahora sólo se ha proyectado el levantamiento de muros en las favelas ubicadas en los barrios de São Conrado, Gávea, Leblon, Ipanema, Copacabana, Leme, Urca y Botafogo. Es decir, los barrios de Río clasificados como "nobles" por las agencias inmobiliarias. Nada se ha dicho aún sobre la puesta en marcha de medidas similares en la zona norte u oeste de la ciudad, mucho más deprimidas y donde también hay favelas rodeadas de vegetación protegida.

Según el Instituto Municipal de Urbanismo Pereira Passos, el área ocupada por las favelas en Río de Janeiro aumentó un 6,88% entre 1999 y 2008. Sin embargo, las 11 favelas seleccionadas para el proyecto experimentaron una media de crecimiento muy inferior durante el mismo periodo (1,18%). En el caso de la comunidad de Dona Marta no se ha registrado ninguna expansión, sino una disminución de casi el 1% del terreno ocupado en la última década. De las 11 comunidades, Rocinha y Vidigal se encuentran enclavadas en unas espectaculares laderas con vistas al mar en medio de los barrios más ricos de la ciudad: São Conrado y Leblon. Estas dos favelas acogerán los muros de mayor longitud.

El sociólogo español Ignacio Cano, experto en seguridad pública y violencia en Río de Janeiro, afirma que "la necesidad de parar la expansión de construcciones irregulares en zonas de protección ambiental no debería afectar sólo a las favelas, ya que también hay áreas de lujo que se expanden de manera descontrolada". Cano también apunta a medios menos agresivos para alcanzar los mismos objetivos, como la instalación de pivotes demarcadores de las áreas aptas para la construcción, el control aéreo permanente y la demolición de toda vivienda que viole esa línea roja.

"Es evidente que el muro servirá, en realidad, para dificultar que los narcos huyan entre la maleza cuando la policía ocupe la favela en busca de delincuentes", comenta a EL PAÍS un líder comunitario de una favela afectada por el paredón de la discordia. "Lo que pasa es que no quieren entender que el narcotráfico, cuando quiera hacerlo, va a reventar ese muro con explosivos, o por lo menos le abrirá agujeros para que las vías de escape sigan existiendo", añade el mismo líder, que prefiere mantener el anonimato.

Efectivamente, la medida parece más un intento de asestarle un golpe maestro a las redes criminales que controlan la venta de drogas y la vida cotidiana de muchas favelas. Ante las frecuentes operaciones policiales que suelen degenerar en brutales fuegos cruzados, los delincuentes siempre cuentan con la última opción de emprender la fuga a través de las zonas boscosas que rodean estos suburbios. Con frecuencia, los narcos también invaden favelas controladas por facciones criminales rivales a través de la maleza, de manera que dificultarles la movilidad por medio de barreras físicas podría suponer una nueva y aun inexplorada forma de estrecharles el cerco.

Los habitantes de Dona Marta no critican el muro abiertamente. Unos simplemente dicen que les molesta no continuar teniendo acceso directo al bosque para recolectar frutas silvestres de temporada. Otros necesitan algunos minutos de conversación para acabar admitiendo, siempre preservando su identidad, que se sienten más segregados con la construcción de estos cercos de hormigón. "Esto no es más que una manera de tenernos más controlados, de que molestemos menos a la gente que vive en el asfalto", comenta uno de los habitantes de la favela mientras observa con visible desagrado una fila india de hombres uniformados de azul que pasan transportando grandes tablones destinados a los pilares del muro.

La polémica está servida en Río de Janeiro una vez más. Dona Marta es un lugar idílico y apacible en comparación con otras favelas, como Rocinha, Pavao Pavaocinho o la ladera de los Tabajaras. La gran pregunta ahora es ¿qué ocurrirá cuando el muro llegue en los próximos meses a estas otras favelas, donde el narcotráfico campa a sus anchas y se muestra irreductible ante el poder público?