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Crónica:

¿Para qué sirve el Ejército libanés?

Los soldados siguen sin repeler los ataques. Se limitan a estar y a poner parches

Si esto es una lucha entre la oposición encabezada por Hezbolá y el Gobierno de Fuad Siniora y sus aliados de la coalición 14 de Marzo con Saad Hariri como jefe supremo (cuya televisión, Futuro, fue asaltada este viernes por la mañana y enmudecida para siempre), ¿por qué el Ejército libanés, teóricamente a las órdenes del gabinete, no repele los ataques chíies? Hay una razón para ello: el Ejército bastante tiene con no dividirse a su vez, ya que lo conforman miembros de todas las confesiones. Por lo tanto, su neutralidad es una garantía -frágil, pero por ahora la única con que se cuenta- de unidad. Y ojalá que así sea.

Hasta ahora, los soldados -que abarrotan una Beirut desierta- se limitan a tratar de separar a las facciones, cuando pueden. Y a vigilar sin intervenir, la mayoría de las veces. Por ejemplo, Hamra ha quedado totalmente incomunicada del resto de la ciudad; de hecho, todo el oeste de Beirut, con su hermosa Corniche y sus piscinas y hoteles, constituye un mundo aparte. Si uno quiere entrar son los soldados quienes advierten: vuélvete por donde has venido, dicen. Pero quienes han cortado las vías son los jóvenes de la oposición. Quemando neumáticos o poniendo todo tipo de obstáculos.

Son las fuerzas armadas las que rodean el palacio-mausoleo de la familia Hariri, en Quratein, junto a Hamra, en donde se supone que está Saad Hariri junto con unos dos mil retratos tamaño muralla china de su padre. Aunque el paradero de los líderes siempre resulta incierto: ¿ha huido Jumblat de su cercana y cercada residencia de Clemenceau para refugiarse en las montañas? ¿Ha volado Hariri a Ryad, en donde pasa la mitad del año? El primero sale por televisión, desmintiendo su huída. El segundo no podría marcharse, ya que Hezbolá controla con cámaras la pista para VIPs del aeropuerto.

Humo y disparos en Hamra, y una soledad en las calles absoluta y atroz. Vecinos de las zonas cercanas a esas vías de comerciantes y cambistas, de hoteles y cafés con terraza, de tiendas de Vero Moda y librería… Habitantes de la en otro tiempo inviolada Hamra y, sobre todo, de los alrededores del palacio Hariri -con sus fruterías que, precisamente hoy, reciben lo mejor de la semana desde los campos del sur-, huyen del infierno en que se ha convertido su vecindario. Lo hacen de la única forma posible. A pie. Arrastrando lo que han podido coger a prisa y corriendo; atravesando controles, alambradas, neumáticos humeantes. Verles correr bajo el sol, en dirección al Beirut Este por ahora intocado (aunque rozadito: y con mala leche) trae a la memoria imágenes muy antiguas, muy terribles.

Pero el Ejército sigue sin repeler los ataques. Se limita a estar y a poner parches. Tal vez sea porque no tiene gran cosa con que oponerse a los hombres de Hezbolá, abundantemente armados con lo último -por ahora no han sacado a las calles más que una muestra de su almacén- de moda en los mercados de la muerte. Si el Ejército está así de mal armado es, por cierto, debido a que Estados Unidos le proporciona ayuda con cuenta gotas, no se le vaya a ocurrir atacar a Israel.

De modo que los soldados no pudieron hacer nada en el 2006 contra los bombardeos de Israel, y no puede hacer nada ahora contra los perfectamente pertrechados guerrilleros de Hezbolá que echaron a Israel del Líbano.