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Los colombianos marchan para recordar el rostro del horror paramilitar

Multitudinaria caminata contra los crímenes de los grupos de ultraderecha

"Ésta es la marcha del dolor", explicaba ayer a EL PAÍS Gloria, una mujer mayor que avanzaba lentamente y en silencio por las calles de Bogotá con la foto de su hijo Julián ampliada y colgada al cuello; al lado se leía: "Lo amo y lo espero" . Desapareció en 1998, en una de las barriadas más pobres de la capital colombiana. Es una de las más de 10.000 personas que en Colombia continúan desaparecidas.

En solidaridad con ellos, con los más de tres millones de desplazados y con los miles de asesinados y secuestrados por los grupos paramilitares colombianos, ayer se celebró en Bogotá una multitudinaria marcha. No fue tan numerosa como la del pasado 4 de febrero contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), pero es la más significativa condena pública de unos grupos que tuvieron apoyo de altas instancias y que cometieron crímenes atroces, para los que usaron todo tipo de herramientas, desde motosierras a serpientes, como sus propios miembros han confesado ante la justicia.

Para repudiarlos, ayer se llenó la céntrica plaza de Bolívar de Bogotá. Y hubo réplicas, aunque más pequeñas, en las principales ciudades colombianas y en varios países.

Al lado de Gloria marchaba una familia entera con la foto de un hombre joven. ¿Dónde está Ernesto García? Quieren saber, al menos, en qué fosa está enterrado. Las víctimas de los paras, en su mayoría, son invisibles. Por eso, los símbolos de la marcha fueron las fotos. La intención de su promotor, el defensor de los derechos humanos Iván Cepeda, fue dar un rostro a tanto horror. Y se convirtió en un golpe a la conciencia de los colombianos, a la indiferencia de años.

Desfilaron fotos de sindicalistas, de campesinos, de los miembros de la UP —un partido de izquierda que fue prácticamente exterminado por los paramiliares—, de defensores de derechos humanos, de indígenas… de gente común.

"Ver esas fotos duele; es ver desfilar el horror de muchos años, un canto a la memoria…", comentó un profesor que marchaba con claveles rojos en las manos. ¿Esa foto es de un familiar suyo?, ¿su hijo?, ¿su amigo?Los manifestantes se preguntaban unos a otros. Juan respondía así a la pregunta: "Sí, era mi hermano; pero es familiar de cada uno de los que me preguntan por él. Los colombianos somos una misma familia".

Los desplazados —que actualmente suponen la crisis humanitaria más grave que padece el país— se concentraron en una población cercana a esta capital. Antes de empezar su de dos días a Bogotá, lanzaron una lluvia de pétalos de rosas al río Magdalena. Fue un acto simbólico. Porque muchas de las víctimas de los paras fueron lanzadas a los ríos para que jamás se encontraran sus cadáveres.

Los desplazados quieren que les "devuelvan el campo": los paramilitaress se apropiaron de más de 4.000 hectáreas de la mejores tierras del país. La marcha, al igual que ocurrió en la protesta contra las FARC, ha generado una intensa polémica. Entre otras ausencias, no ha contado, a diferencia de la del 4 de febrero, con el apoyo del Gobierno. Los más cercanos colaboradores del presidente, Álvaro Uribe, la han condenado porque, según ellos, está convocada por las FARC. En la cárcel hay 22 congresistas acusados de mantener vínculos y apoyar a los paramilitares.

Durante la marcha se escucharon voces contra el Gobierno de Uribe, cuestionado por ser, cuando menos, complaciente con los grupos de ultraderecha.

La caminata concluyó con una proclama leída por el escritor William Ospina, bajo el título Un país. Fue una llamada en lenguaje poético a la paz: no más guerra, no más crímenes justificados y dignidad para las víctimas.