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TRABAJAR CANSA
Columna

Objeciones al molusco del año

Trump es la parodia convertida en la parte seria de la realidad. En su exhibicionismo, ni intenta disimular

El caracol vampiro mediterráneo, molusco del año 2026.Michele Solca ( WIKIPEDIA )

Sumido en la deprimente lectura de las noticias, una captó poderosamente mi atención: “La caracola vampiro (Cumnia intertexta), elegida molusco del año 2026”. Por fin una historia de interés humano, me dije. Porque esto dice más de los humanos que han elegido a este bicho que del bicho en sí, que vivirá en la ignorancia de semejante honor. Es una cosa científica, imagino que loable, pero tienen que recurrir a estas fórmulas hollywoodienses, que infestan hasta una cena anual de registradores de la propiedad en provincias y ya llegan hasta el fondo marino. Imagino que allá en las profundidades la vida discurre ajena a estos desvelos mundanos, submarina, silenciosa, seguramente aburrida, aunque la caracola vampiro le da vidilla, pues están de moda los vampiros, los zombis y todo lo que evoque la presidencia de Trump. Este molusco del año actúa de la siguiente manera: repta por el fondo del mar, se acerca a un pez mientras duerme, saca una especie de trompa, le chupa un poquito de sangre y luego se va. La discreción, el sigilo, son esenciales en su trabajo, y a eso voy: sabiendo esto, ¿van y le hacen molusco del año para que se entere todo el mundo? Esto en el mar no lo sabía nadie y ahora no se habla de otra cosa. El molusco del año va a tener un año muy difícil, ya se lo digo, no podrá acercarse a nadie, la fama repentina le ha destruido. Es un muñeco roto.

A su favor debemos decir que no lo ha buscado, es cosa de los humanos, y es esta especie la realmente enferma. Miren el tipo que intentó atentar contra Trump. En otra época, la prioridad de terroristas y asesinos era el secreto absoluto, no ser identificados, no ser nadie, pero estos de ahora lo primero que hacen, antes de nada, es una sesión de fotos. Este tipo posó todo contento ante el espejo del hotel, antes de bajar a liarla a la zona del restaurante, vestido como si fuera el empleado del mes de la revista de los marines. Y lo siguiente que hizo fue programar un mensaje que enviara luego su sentida exposición de motivos a todos sus familiares, amigos y quizá hasta meros contactos de redes sociales, gente que a lo mejor recibió el mensaje, ni sabía quién era y lo borró pensando que era spam. Con semejante actitud quizá lo peor que le podía haber pasado es que no se hubiera enterado nadie. Casi lo hizo deseando que le pillaran.

Claro que todo esto pasa en un país donde a los dos días el presidente publica una foto (creada con inteligencia artificial) vestido de mafioso con una metralleta. Es un exhibicionismo con el que está diciendo que no necesita disimular que es una persona decente o sensata. Está diciendo todo el rato que está loco, y es aceptado como normal por un público en el que incluso quien le quiere matar actúa como él. Hasta un profesor de Matemáticas que parecía serio, pero luego en privado está como una maraca y tiene ese deseo desmedido de protagonismo. Trump es la parodia convertida en la parte seria de la realidad. Debe reconocérsele que ha llevado a sus últimas consecuencias el ejercicio descarnado del poder, sin rodeos. Es muy curioso volver a ver Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha, de Elio Petri, 1970. En una atmósfera kafkiana, con una música rarísima, hecha de ruidos, de Ennio Morricone, Gian Maria Volontè interpreta a un jefe de policía tan seguro de su impunidad que comete un crimen y deja pistas para que le pillen solo para demostrar que es capaz de hacer lo que le dé la gana. En una escena en que su amante le tienta para que se salte la ley, responde quejándose: “No me empujes a la ilegalidad, es tan fácil en mi posición”. Era una película muy sofisticada, eran otros tiempos.

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