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TRABAJAR CANSA
Columna
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El mal y los biempensantes

Si los ultras siguieran el mensaje cristiano, estarían en contra de la desigualdad, del trato inhumano a los inmigrantes, de los salarios bajos y de la especulación inmobiliaria, entre otros asuntos

Un póster de 'Deshojando la margarita', película protagonizada por Brigitte Bardot en Roma

En la Exposición Universal de 1958 el pabellón del Vaticano colocó un símbolo del mal: Brigitte Bardot. Ya, era como para que ella los denunciara por difamación, pero la Iglesia católica aún iba muy sobrada, censuraba libros y películas, segura de hablar por una mayoría biempensante (no deja de ser curioso que hoy esa prerrogativa de censurar libros y películas también sea del feminismo majara, pero no nos desviemos del tema). Ante las personas de bien estaban las personas de mal, como Brigitte Bardot, que llevaban a la gente por mal camino. Por ejemplo, en esas fechas tres chicos de buena familia de Angers asesinaron a un señor en un tren y hubo familias que denunciaron a la actriz como responsable, pues sin duda los jóvenes habían sido pervertidos por su película Y Dios creó a la mujer. Esto lo contó Simone de Beauvoir en un ensayo sobre la intérprete, muy interesante, en el que analizaba su condición subversiva de bomba sexual: “Brigitte Bardot no es ni perversa, ni rebelde, ni inmoral, así que con ella no valen los sermones. El bien, el mal, forman parte de las convenciones y someterse a ellas es un pensamiento que ni se le ocurre”. Cómo cambia el mundo, ahora la Conferencia Episcopal le da un premio a Rosalía cuando hasta hace nada, si acaso, le habría dado uno a la ordinariez (encantadora palabra en desuso), pero se ve que ya consideran un logro cualquier sucedáneo de espiritualidad.

En realidad, en 1958 la Iglesia empezaba a perder a esa parte conservadora de la sociedad. Esos ciudadanos biempensantes tienen hoy relaciones sexuales sin estar casados, usan anticonceptivos, se divorcian, abortan, son homosexuales, lesbianas o lo que les parezca. Todo esto creyendo en Dios y sin dejar de pensar bien de sí mismos. Lo interesante es que, en su deriva, la derecha hace tiempo que ya no solo no escucha a la Iglesia católica en materia sexual, sino en ninguna otra cosa. Por eso cuando la CEE se emociona con Rosalía y ve incluso un “giro católico” en España es muy esperanzador. Yo al menos empiezo el año con mucha ilusión al ver a Feijóo y a Ayuso cantando villancicos, porque si lo hacen de corazón, y cómo desconfiar en estas fechas tan señaladas, es algo que puede dar un vuelco a la política en nuestro país. Si siguen el mensaje cristiano del Papa quiere decir que están contra la desigualdad, del trato inhumano a los inmigrantes, de los salarios bajos, de la especulación inmobiliaria, del capitalismo salvaje, del mercado sin regulación, de la destrucción del planeta, de las violaciones del derecho internacional, de la carnicería de Gaza (Israel acaba de prohibir 37 ONG, entre ellas la católica Cáritas). En resumen, por fin una derecha decente que se planta ante las políticas de Trump y de la nueva ultraderecha. Pero el caso es que si preguntas a un conservador español a quién pondría hoy en un pabellón como símbolo del mal, para que lo vieran los niños, respondería sin dudar: ¡Sánchez! Vete tú a decirles, como Iglesia, que Sánchez será un fistro, pero que quizá el mal está en otro lado, no en la socialdemocracia. Así que lo del giro católico es más complejo de lo que parece. En el mundillo ultra no solo se crean hechos alternativos, se está montando una religión alternativa. En el Vaticano son muy conscientes, lo consideran un peligro serio, porque estos botarates fanáticos se arrogan la exclusiva de los valores cristianos y van contra el Papa si es necesario. Quien vota por algunos individuos pese a las barbaridades que dicen, sigue creyendo en Dios y pensando bien de sí mismo. Es un malentendido que tarde o temprano la Iglesia tendría que aclarar, y temprano no es.

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Sobre la firma

Íñigo Domínguez
Corresponsal en Roma desde 2024. Antes lo fue de 2001 a 2015, año en que se trasladó a Madrid y comenzó a trabajar en EL PAÍS. Es autor de cuatro libros sobre la mafia, viajes y reportajes.
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