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La OTAN se muere

El alejamiento de Estados Unidos plantea dudas sobre el futuro de la Alianza Atlántica. Por ello, es más vital que nunca que Europa refuerce sus defensas

La sede de la OTAN, en Bruselas, en 2018.
La sede de la OTAN, en Bruselas, en 2018.Carl De Keyzer / Magnum Photos / ContactoPhoto

Puede que la OTAN sea “la alianza más exitosa de la historia”, como afirma su secretario general Jens Stoltenberg, pero también puede que esté a punto de desintegrarse. Tras unos años turbulentos de alejamiento de Estados Unidos de la OTAN, durante la presidencia de Donald Trump, las recientes tensiones entre Francia y Turquía ponen al descubierto la fragilidad de la Alianza.

La disputa francoturca comenzó a mediados de junio, cuando una fragata de la armada francesa bajo mando de la OTAN en el Mediterráneo intentó inspeccionar un buque carguero ante la sospecha de que violase el embargo de armas de las Naciones Unidas contra Libia. Francia sostiene que tres barcos turcos que acompañaban al carguero adoptaron una actitud “extremadamente agresiva”, al iluminar tres veces a la fragata (una señal de ataque inminente). Turquía niega la versión de Francia, y asegura que la fragata francesa hostigó a sus buques.

Cualesquiera sean los detalles, el hecho es que dos aliados miembros de la OTAN estuvieron muy cerca de abrir fuego en el contexto de una misión de la organización. Con este incidente, la OTAN toca fondo. Y puede que sea una señal del desbaratamiento de la Alianza.

Según una famosa frase de lord Hastings Ismay, primer secretario general de la OTAN, la organización nació para “mantener a los rusos fuera, a los estadounidenses dentro y a los alemanes abajo”. Obviamente, esta dinámica cambió en las décadas siguientes, sobre todo la relación con Alemania. Pero los fundamentos generales de la cooperación —la percepción de una amenaza colectiva, un firme liderazgo estadounidense y un objetivo compartido— se mantuvieron.

Sin el liderazgo de Estados Unidos, la estructura al completo corre el riesgo de derrumbarse. No es una coincidencia que la última vez que dos miembros de la OTAN estuvieron tan cerca de un enfrentamiento (durante la invasión turca de Chipre en 1974) sucediera mientras Estados Unidos estaba absorto en la Guerra de Vietnam. De hecho, el reciente altercado entre Turquía y Francia ocurrió pocos días después de conocerse que Trump había decidido —sin consulta previa con los aliados de la OTAN— retirar a miles de soldados estadounidenses de Alemania.

Aunque Alemania ya no esté en la primera línea de batalla, como en la Guerra Fría, las fuerzas estadounidenses estacionadas en ese país siguen siendo un potente elemento disuasor de agresiones rusas en el flanco oriental de la OTAN. Al retirar tropas, Trump envía un mensaje fundamental: la seguridad europea ya no es una prioridad para Estados Unidos.

El alejamiento estadounidense de Europa se ha acelerado bajo el mandato de Trump, pero la verdad es que comenzó hace más de una década. En 2011, cuando el predecesor de Trump, Barack Obama, proclamó el “giro hacia Asia”, el entonces secretario de defensa de Estados Unidos, Robert Gates, advirtió de que, a no ser que la OTAN probase su relevancia, Estados Unidos podría perder el interés en la Alianza. La OTAN no lo hizo: baste recordar que hasta diciembre pasado, las declaraciones surgidas de sus cumbres ni siquiera reconocían los desafíos que plantea el ascenso de China. Para entonces, Estados Unidos ya había perdido el interés. Ahora, bajo el mandato de Trump, ese desinterés se ha convertido en abierta hostilidad.

Sin el timón de Estados Unidos, los miembros de la OTAN han comenzado a tomar rumbos diferentes. El ejemplo más claro es Turquía. Antes del encontronazo con Francia, Turquía compró misiles rusos S-400 de defensa antiaérea, pese a las objeciones de Estados Unidos. También intervino descaradamente en Libia con la provisión de apoyo aéreo, armas y combatientes al Gobierno de Acuerdo Nacional con sede en Trípoli.

El presidente turco Recep Tayyip Erdoğan parece seguro de que su relación directa con Trump le protegerá de las consecuencias de su comportamiento. La decisión de Trump de no imponer sanciones por la compra de los misiles —excepto excluir a Turquía del programa de cazas F-35— parece darle la razón.

Pero Turquía no es el único país que ha empezado a actuar por cuenta propia; Francia también lo ha hecho, también en Libia. Al proveer de apoyo militar al general Khalifa Haftar (quien cuenta con respaldo ruso y tiene el control de Libia oriental) para el combate a las milicias islamistas, Francia ha ido en contra de sus aliados en la OTAN. Aunque el presidente Emmanuel Macron diga que no ha tomado partido por Haftar en la guerra civil, no hace mucho ha declarado que está de acuerdo con el planteamiento egipcio de intervención militar contra Turquía, a la que acusa de tener una “responsabilidad criminal” en ese país.

Una estrategia común de la UE

Conforme aumentan las tensiones con Turquía, Francia insiste más que nunca en que resulta vital contar con una estrategia común de la Unión Europea en materia de seguridad y defensa (cuyo liderazgo de facto le correspondería). Y la pérdida de apoyo popular que experimenta Macron en Francia no hace más que amplificar este sentido de urgencia.

Pero dejando a un lado motivaciones políticas, Macron ya diagnosticó en voz alta lo que pocos han admitido: la “muerte cerebral” de la Alianza debido a lo incierto del compromiso de Trump con la defensa de los aliados de Estados Unidos. Puesto que el alejamiento estadounidense de la OTAN comenzó mucho antes de Trump, hay pocos motivos para creer que esta tendencia se revertirá (aunque se puede frenar si Trump pierde la elección de noviembre). Si Europa, y en particular la Unión Europea, no empieza a verse a sí misma como una potencia geopolítica y se hace cargo de su propia seguridad, los europeos, según Macron, “ya no tendremos el control de nuestro destino”.

El pasado diciembre, la OTAN celebró 70 años como garante de paz, estabilidad y prosperidad a ambos lados del Atlántico. Pero las fisuras dentro de la Alianza plantean serias dudas respecto a su 75 aniversario. Ahora es el momento para que Europa refuerce sus defensas y capacidades.

Ana Palacio fue ministra de Asuntos Exteriores de España y vicepresidenta y asesora legal del Banco Mundial. Actualmente es profesora visitante en la Universidad de Georgetown.

Traducción: Esteban Flamini


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