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Civilización

El mundo de hoy se niega a aceptar sin resistencia la formación de una montaña de cadáveres

Un hombre con mascarilla en ciudad de México, el jueves.
Un hombre con mascarilla en ciudad de México, el jueves.Getty Images

Tomemos un poco de distancia. Intentemos ver más allá de ese edificio o de esos arbolitos frente a nuestra ventana, imaginemos que nuestros ojos son los de un pájaro que sobrevuela ciudades y campos. ¿Qué es lo que estamos contemplando? Por supuesto, asistimos a un terrible desastre. Pero también asistimos al que tal vez sea el mejor momento de la humanidad.

Si existiera algo como la ética colectiva, ese algo se encontraría en su hora suprema. La facilidad con que Gobiernos y sociedades han aceptado enormes sacrificios y un daño económico cuya profundidad aún estamos lejos de imaginar, en nombre de la vida y la seguridad de todos (aunque sepamos que muchos no saldrán con vida de la pandemia, aunque los médicos se encuentren con el dilema horroroso de elegir a quién salvan y a quién no), demuestran que somos algo más que un conjunto de países y de mercados: somos una civilización. Hace un siglo, el mundo asistió a una terrible matanza, la Gran Guerra, cuyas razones fueron francamente estúpidas. El mundo de hoy se niega a aceptar sin resistencia la formación de una montaña de cadáveres. No me parece poca cosa.

Las sociedades donde la reacción política inicial fue distinta, porque se planteó de inmediato la disyuntiva entre la bolsa (de todos) y la vida (de algunos), empiezan a virar también hacia lo segundo, hacia la mayor preservación posible. Sería el caso, por ejemplo, del Reino Unido o Países Bajos. Veremos de qué lado cae Estados Unidos, la hiperpotencia errática.

El instinto colectivo, por más excepciones que se incluyan, ha sido el correcto. Cada vida cuenta, sin calcular el precio que cueste preservarla. Lo cual no suprime la disyuntiva que antes citábamos. Ciertamente, esta pandemia y las medidas para sofocarla van a tener un coste altísimo. Y es legítimo el debate sobre cómo compaginar la defensa de la salud con la defensa de la economía, que en muchísimos rincones del mundo supone también la defensa de la vida: cientos de millones de personas están perdiendo la posibilidad de trabajar y de comprar alimentos. En África o Latinoamérica se dan situaciones éticamente complejas, porque renunciar a la bolsa en nombre de la vida puede implicar, para los más débiles, la pérdida de ambas.

Una civilización está obligada a debatir sobre las distintas opciones. Y a mantener la crítica. Resulta penoso observar cómo algunos políticos tratan de arañar votos futuros haciendo electoralismo en estas semanas oscuras, pero hace falta. Incluso cuando no se proponen alternativas. Incluso cuando se miente. Por más que atribuyamos las mejores intenciones a los dirigentes, éstos se equivocan, inevitablemente, cada día. De eso tenemos que ser conscientes, nosotros y ellos. No valen las unanimidades belicistas porque no estamos en guerra contra nadie. A un virus le da igual nuestro estado de ánimo o nuestra propaganda. La obligación de ser prudentes, de no contagiarnos para no contagiar, es perfectamente compatible con nuestra obligación de pensar, de opinar y de contribuir al debate sobre qué futuro queremos diseñar para mañana, cuando una gente distinta, nosotros mismos, salga de casa y encuentre un mundo distinto.

Mientras tanto, protejámonos para proteger a los demás. Eso es lo que hace de nosotros una civilización.

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