Toreros

La historia real de Enrique Ponce y Paloma Cuevas

La pareja presumía en publico de una relación ideal pero atravesaba una profunda crisis desde hace más de un año en la que el torero ha hecho vida de soltero

Enrique Ponce y Paloma Cuevas en una recepción en la embajada de EE UU en Madrid, en noviembre de 2016.
Enrique Ponce y Paloma Cuevas en una recepción en la embajada de EE UU en Madrid, en noviembre de 2016.Sergio R Moreno / GTRES

Nada hacía sospechar que una de las parejas más consolidadas del panorama social español vivía una profunda crisis desde hace un año, como han confirmado fuentes de su círculo más próximo. Incluso se sabía que habían pasado el aislamiento por la pandemia recluidos con sus dos hijas Paloma, de 12 años, y Bianca, de ocho, en su finca de Las Navas de San Juan y con los padres de ella, Paloma Díaz y Victorino Valencia, una figura fundamental en la vida del torero ya que es su apoderado. Pero por sorpresa el 1 de julio la revista Semana anunciaba que tras casi 24 años de matrimonio, Enrique Ponce y Paloma Cuevas habían iniciado los trámites de su divorcio. La pareja fue informada horas antes de que la noticia ya estaba en la imprenta. No les gustó porque habían planeado un comunicado conjunto cuando los problemas legales estuvieran ya resueltos. La pareja siempre perfecta, silenciosa, casi a juego y, en ocasiones, imagen de felicidad empalagosa daba un giro de guion.

Ellos guardan silencio en público, pero en privado van contando su historia de amor truncada. Es una de las máximas de Ponce (48 años) y Cuevas (47): la discreción solo rota en contadas ocasiones. Conforme pasan las horas se va desdibujando la imagen de pareja ideal y filtrando la real. Ponce y Cuevas llevaban más de un año viviendo juntos pero cada uno haciendo su vida, sobre todo él. Al torero se le relaciona con otra mujer, una joven de Almería a quien Telecinco incluso ha puesto nombre, Ana Soria, una veinteañera muy aficionada a los toros como lo son sus padres: él abogado y ella propietaria de una cadena de panaderías. Cuentan testigos que el torero y su nueva amiga se dejan ver por Almería sin problema, que no se esconden. Cuevas ha sido la primera en romper ese silencio con una escueta entrevista a la revista ¡Hola! donde, aunque admite pasar “un momento difícil”, asegura estar serena y centrada en sus hijas. “La palabra es serena. Serena porque mi fe me permite estar tranquila y serena porque la felicidad de mis hijas está por encima de todo”. Y añade: “Jamás voy a hablar mal del padre de mis hijas. Nunca voy a decir nada negativo de él. Hemos tenido un matrimonio precioso durante 24 años y un amor muy real, muy verdadero”.

Quienes orbitan en torno al mundo del toro estaban sorprendidos de que en este último año o año y medio Enrique Ponce, que tomó la alternativa hace ya 30 años y que es una de las figuras más importantes del toreo, “estuviera toreando más que nadie”. “Llamaba la atención que un torero como él se fuera un viernes y se volviera un lunes para matar un toro en México o en un pueblo de Bolivia en pleno invierno. Extrañaba la cantidad de viajes que hacía”, reflexionan fuentes del sector. Algunos lo achacaban a posibles problemas financieros, quizá a una sanción de Hacienda o a alguna deuda por pagar.

Ponce lleva en los ruedos tres décadas, en las que ha ganado mucho dinero que ha invertido en negocios inmobiliarios, ganaderos, aceiteros e incluso musicales. Su sociedad, Cetrina SL, fundada en 1994 y de la que es el único administrador, tiene unos activos de 5,5 millones de euros (según datos de 2018, los últimos registrados). Sin embargo, en ese ejercicio, aunque sus ventas aumentaron, su patrimonio neto descendió en medio millón de euros y el beneficio después de impuestos cayó. Ahora hay quien achaca tanto viaje a las ganas de libertad del matador.

Aunque lo familiar y los demás negocios se tambaleen para Ponce, aún quedan rabos que cortar en la plaza. Está en una excelente forma física y se cuida y ejercita con constancia. Además, según los expertos, el tipo de toro al que se enfrenta hoy día “le permite encararse a él con un cierto desahogo”. Es uno de los primeros toreros que se han comprometido a volver a las plazas tras la pandemia. El 1 de agosto estará en Osuna, Sevilla; el 15 en Beziers, Francia; y el 16 regresará para torear en Santisteban del Puerto, Jaén. Dicen quienes le conocen que puede quedarle más de una década de carrera. Pese a ello, la cuestión económica puede traerle posibles quebraderos de cabeza, si se lleva a término el divorcio. La pareja no se casó en régimen de separación de bienes y comparten la titularidad de varias sociedades. Fuentes próximas a Ponce aseguran que pondrá las cosas fáciles a la mujer que ha compartido su vida con él durante 24 años.

La catedral de la Valencia natal de Ponce vio el 25 de octubre de 1996 como su ilustre espada se casaba con una de las niñas bonitas del mundo del toro, con la hija de Victorino Valencia. Nacida en una familia muy tradicional, con firmes convicciones católicas (ha contado que en el confinamiento rezaba a diario), Cuevas llegó a la iglesia del brazo de su padre con un vestido realizado por la firma Basaldúa, adornado con las mangas y algunos detalles del que en su día llevó su madre. El cantante Francisco entonó el Ave María de Schubert y José Manuel Soto la Salve Rociera en una catedral donde se congregaron mil personas. Ya en la recepción hubo fuegos artificiales con los nombres de los novios y una tarta que recreaba la plaza de toros de Valencia y su famoso Miguelete. Asistieron El Litri, Francisco Rivera Ordóñez, Espartaco, Julio Iglesias Puga, Norma Duval, María Teresa Campos, Rappel... lo más granado del toreo y del corazón de los años noventa.

Victoriano Cuevas (llamado Valencia) es más que un suegro o un apoderado para Ponce: ha sido amigo, padrino, acompañante, consejero y casi padre para el matador. De 87 años, es un hombre culto (licenciado en Derecho por la Universidad de Salamanca), conocedor del gremio, torero antes que empresario, que ayudó a dirigir las carreras de otras figuras como El Juli o José Ortega Cano. De ahí que los Cuevas y los Ponce hayan tejido vínculos en los que se entremezclan lo familiar con lo profesional. Lazos que parecían irrompibles pero que, al final, han resultado no serlo tanto.

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