Así volvió a encenderse el horno de pan comunal en la aldea gallega de Pidre
Dejó de utilizarse en los 60, se restauró a mediados de los 90, pero ha sido hace solo tres años que los vecinos han vuelto a cocer pan en él. Con esta iniciativa no solo se ha recuperado una tradición, también se ha iniciado un valioso proceso de transmisión de saberes entre generaciones


En Pidre, una aldea de la comarca de A Limia, en Ourense, viven algo menos de 30 personas. Hay una capilla, dedicada a Santa María Magdalena, aunque los santos que se veneran en el pueblo son San Breixo y Santa Bárbara, a quienes los vecinos consideran su patrona. Hay varias fuentes —bautizadas popularmente con nombres como Fonte do Tío Florentino, da Tía Severina o da Tía Juana—, donde antiguamente bebía el ganado o se recogía agua para las casas; una de ellas, la Fonte do Cano, preside la plaza junto al lavadero, ubicado unos pasos más abajo. Hay una escuela, que estuvo en funcionamiento entre los años 50 y 70 y que hoy hace las veces de local social y de pequeño museo, albergando una colección de fotografías donadas por los vecinos. Y como no tienen cementerio, hay también una “carreira dos defuntos”, es decir, un camino en el monte por el que, en su día, se llevaban a hombros los ataúdes hasta el pueblo de Solveira, situado a poco más de dos kilómetros. Pidre es, además, el lugar donde nació y creció mi familia materna, y donde todavía vive buena parte de ella.
En uno de los puntos más altos, desde donde se ve casi todo el pueblo, está el horno comunal. Construido a principios del siglo XX, cayó en desuso cuando los vecinos dejaron de hacer pan en él, en torno a los años 60. Fue restaurado en 1996, se volvió a cocer una vez, pero luego se cerró y así permaneció desde entonces. Hace algunos años, ese horno volvió a encenderse y, de nuevo, se coció pan en comunidad. Detrás de este hito está el empeño de varios vecinos y de un Centro de Desarrollo Rural, que trabaja para mejorar las condiciones de vida en los pueblos de esta comarca.

Camilo Vila trabaja en ese centro, O Viso, ubicado en la cercana localidad de Lodoselo. En 2022, estuvo dinamizando un proyecto en Boado, otra aldea de la zona. “Una cosa que conectó muy bien con la gente de allí fue hablar del agua, porque en Boado hay muchas fuentes. Ellos me iban contando cosas y yo las recogí en un libro. El libro era lo de menos, pero a ellos les sirvió para enorgullecerse un poquito”.
Como esta idea funcionó, y azuzado por Cristina Fuertes, de la Asociación Cultural e Vecinal San Breixo de Pidre, Camilo desembarcó allí y empezó a juntarse con los vecinos una vez por semana. Rápidamente se dio cuenta de que, en Pidre, la gente hablaba con cierto cariño del horno de pan comunal. “Así que empecé a provocar: ‘A ver, ¡habrá que encenderlo un día!’”, cuenta con gracia. Y aunque al principio costó, poco a poco la cosa se fue animando. “El primer pan salió fatal, pero la experiencia fue brillante”, rememora Camilo. Ocurrió en el verano de 2023 y así, hacer pan en el antiguo horno, quedó vinculado a la fiesta del pueblo, que se celebra cada año el primer domingo de agosto.

Ese día, Pidre se llena de familiares que, aunque ya no viven allí, acuden a disfrutar de la fiesta y a encontrarse con los vecinos. Hay gaitas, misa y se sirve un vermut con picoteo en la antigua escuela —transformada en bar para la ocasión—. Desde hace algunos años, esa fiesta de un único día se ha extendido a la noche del sábado, cuando se colocan unas largas mesas junto a la escuela y la gente se reúne a cenar. Unos se encargan de ir a por empanadas, otros de llevar un lacón a la cercana Panadería Carolo de Lobaces —que asa por encargo, a un módico precio y siempre que lleves tu propia bandeja; otra modalidad de horno comunitario—, otros preparan unas ensaladas y ponen todo a punto para que a nadie le falte de comer ni de beber. La música, esa noche, corre a cargo de un DJ local.

El pan se cata por primera vez en esta cena, pero hasta llegar ahí han pasado muchas cosas. Mi primo Andrés se ha encargado de encender el horno el viernes y de volver a calentarlo el sábado por la mañana. “Hay que precalentarlo la noche anterior, porque la piedra tarda mucho en coger la temperatura”, explica. Cuando ya está casi a punto, comienza a llegar el “equipo de panadería”, que sube cargado con todo lo necesario: baldes, trapos, cuchillos, sal, levadura y una artesa de madera donde se preparará la masa. La harina espera allí desde la tarde anterior y el agua se toma prestada de la casa más próxima.
En este equipo está Cristina, presidenta de la asociación San Breixo —responsable de muchas de las actividades que están contribuyendo a revitalizar el pueblo en los últimos años—, su marido Manuel, su hija Xiana, Rosa y María, vecinas de Pidre y de Boado respectivamente, y Alicia Gómez, de 85 años, la pieza clave en todo esto. Ella es la única que conoció el horno original en funcionamiento y coció pan en él, la que atesora la memoria y el conocimiento de cómo se hacía entonces.

“Nosotros aquí tenemos una receta con las cantidades”, cuenta Manuel, “pero luego es Alicia la que dice ‘vamos a echarle un poco más de esto o de lo otro’”. Mi madre aparece por allí a saludar. “Tú eres la maestra de ceremonias, Alicia, les tienes que enseñar para que ellos lo sigan haciendo”. 20 kilos de harina, 400 gramos de sal, 200 gramos de levadura y 12 litros de agua. Unos van pesando los ingredientes y otros los van mezclando en la artesa bajo la atenta mirada de Alicia.

“El plan era que a las 15:00 estuviera amasado y son las 14:34, Alicia. Vamos bien”, la tranquiliza Cristina. “Ella siente que es su responsabilidad que salga perfecto, ¿sabes?”. Mientras preparan la masa, comentan anécdotas de años anteriores: “Nos ha salido el pan quemado, mal hecho... Pero siempre se comió”, dice Xiana.
Una vez que la masa está lista, se divide en porciones y se deja dentro de la artesa para que “levede” (fermente). En este momento, Alicia se acerca para “decirle unas palabras al pan”, haciendo la señal de la cruz sobre cada trozo de masa: “San Mamede te levede, Santa Mariña te traiga axiña. Durme e recorda, e vulve pra onda túa dona”. Estas rimas —y otras similares, como “San Vicente te crecente” o “San Benito, que te traiga ben bonito”—, según la tradición popular, favorecen la fermentación. Después, se tapa la masa con una sábana y una manta, y toca esperar. Quienes aún no han comido, aprovechan este rato para picar unas croquetas que ha traído María.

Una hora después, cuando la masa ha doblado su tamaño, llega el momento de darle forma. Redondos o alargados, se intenta que todos tengan un tamaño similar para que se hagan a la vez. “Cuando se pone blanca la piedra alrededor de la puerta del horno, ya se puede meter el pan”, anuncia Alicia. Ese es el indicador de que se ha calentado lo suficiente. Desde que los panes entran al horno, no se separa de la puerta. Y a medida que van saliendo, golpea cada pieza; solo por el sonido, asegura, sabe si están hechos o no. “Tiene que sonar ‘pum, pum’ y no temblar”, indica con toda la seguridad que dan los años de experiencia acumulada.

Entre pan y pan, Alicia recuerda cómo sus padres ya cocían en este horno. Usaban el cereal de Pidre, que se llevaba a Sarreaus, donde había un molino de agua. A media cocción del pan, se meten en el horno unas bandejas con chorizos, que completarán el menú de la cena de esta noche. “También lo encendemos en el magosto [la fiesta que se celebra en noviembre alrededor de las castañas]. Asamos costilla, panceta, chorizos...”, apunta Rosa. “Y pizzas y empanadas, que salen muy ricas”, añade Xiana.
Tras varias horas al pie del cañón, Alicia empieza a estar cansada. “Marcha, que ya quedo yo atendiendo los chorizos”, le dice Cristina. Quedan un par de horas para la cena y hay que ir a casa a darse una ducha para quitarse el olor a humo y ponerse guapos. A las nueve han quedado con los demás vecinos en la puerta del horno para bajar el pan y los chorizos hasta la explanada de la escuela. Esta improvisada procesión discurrirá acompañada de una pequeña banda de gaitas y tambores.

El papel de los hornos comunales
“En esta comarca, la mayoría de los hornos eran comunitarios. Eso quiere decir que pertenecían al pueblo, a la gente que lo habitaba”, cuenta Camilo Vila, del Centro de Desenvolvemento Rural O Viso. Cocer pan era una actividad colaborativa. Cada rolda (tanda) podía durar 15 días, desde que se encendía el horno hasta que acababa de cocer la última familia. “Una vez que se encendía, pasaba días caliente y la gente iba yendo a cocer sus panes por turnos, de día y de noche”, cuenta Cristina, que aprendió sobre el tema preguntando a las vecinas más mayores. “Cuando se iba acabando el pan, primero se prestaban unos a otros, y si ya eran muchos los que no tenían, se volvía a cocer”, cuenta. “Los turnos para encenderlo eran rotativos y, la familia encargada debía aportar la leña necesaria para prenderlo”, explica Camilo. “Una cosa preciosa era lo de la masa madre. No es que cada persona tuviera la suya, sino que siempre se utilizaba un poco de la que había usado el último vecino en cocer, así que, de alguna manera, todas las casas comían el mismo pan”.
Al ser un lugar con tanta actividad, lleno de calor, luz y gente, en el horno, antaño, sucedían muchas cosas. Camilo relata que era “un punto de encuentro, donde se contaban cuentos, se cantaba y se aprovechaba para hacer otros trabajos, como desgranar las habas de sus vainas. A veces, incluso, había transeúntes que dormían allí, porque era un sitio caliente y seguro. ¡Y muchos amoríos estuvieron ligados al horno de pan!”.

Él tiene cierta experiencia con este tipo de hornos porque en Lodoselo, donde se ubica el centro en el que trabaja, hay un horno comunal en el que, durante la primavera, se organizan visitas escolares diarias y se cuece pan con los más pequeños. “Nosotros, los más jóvenes, tenemos la responsabilidad de aprender”, afirma. “No creo que los ritmos de hoy nos permitan usar el horno para cocer pan a diario, pero sí que podemos hacerlo como un acto de celebración. El simbolismo es importante, sobre todo cuando se trata de algo colectivo”. Señala que otros pueblos cercanos, como Boado, Sarreaus o Lobaces, también cuecen ocasionalmente en sus hornos comunales y que otros pueblos de la zona están mostrando interés por volver a hacerlo en los suyos.
¿Y por qué se recupera esta actividad ahora, pero no cuajó en los 90, por ejemplo, cuando se restauró el horno de Pidre? “Si se dejó de cocer en los 60, quizá en los 90 el uso del horno todavía era demasiado reciente, no tenía esa gracia que puede tener ahora que ha pasado más tiempo”. Para él, es importante que se recuperen estas tradiciones por su carácter social: “Hacer pan va acompañado de más ingredientes, en sentido literal. Siempre hay alguien que lleva una botella de vino o un cacho de empanada para compartir”.

Además, apunta, este tipo de iniciativas hacen que la gente mire por la infraestructura. “En Pidre, si hoy se cae una teja del horno, van a reponerla. Y a lo mejor hace cinco años, pues se lamentaban, pero no había la necesidad de salvarlo, porque había dejado de ser útil. Pero si usas algo, sabes que lo tienes que cuidar”.







































