¿Qué futuro le espera al amor?
El sentimiento universal, sujeto a culturas, ideologías, creencias y educación, varía con los tiempos. Preguntamos a expertos sobre los escollos que deberá atravesar en el futuro próximo: relaciones a distancia, miedos o utilitarismo


El término amor romántico servía antes para definir el amor de pareja y diferenciarlo de otros tipos de amor (familiar, entre amigos o hacia uno mismo). Sin embargo, últimamente, se ha rodeado de connotaciones negativas, fruto de asociarlo a la parte más oscura de las relaciones: toxicidad, dominio, dependencia o una excesiva idealización. Incluso la inteligencia artificial parece abrazar esta perspectiva cuando sentencia que “el amor romántico es una construcción social y cultural, a menudo idealizada (…). Aunque implica afecto y admiración, también puede conllevar mitos peligrosos como la ‘media naranja’ o el sacrificio personal, lo que a veces genera dependencia o desigualdad”. En definitiva, la búsqueda del príncipe azul con el que fundirse y que, irremediablemente, acabará fagocitando al otro.
El amor romántico “fue muy transgresor en su momento, porque por primera vez uno se unía al otro por voluntad propia, y no por apellidos, alianzas familiares o económicas”, cuenta Francisca Molero, directora del Instituto Iberoamericano de Sexología. “Empezar a elegir pareja por amor, lo que se inició en el siglo XVI, fue un factor de igualamiento social”, añade Arún Mansukhani, psicólogo clínico y sexólogo con consulta en el Centro de Regulación Emocional, en Málaga. “De hecho, el sociólogo inglés Anthony Giddens sostiene que este tipo de amor ha hecho mucho daño al patriarcado desde dentro, al reducir las diferencias entre clases sociales y géneros”, puntualiza Arún.
Sin duda, el ser humano es un ser amoroso por excelencia, que necesita del contacto con el otro, del afecto, de la aceptación, de la convivencia. El amor está en nuestro ADN; pero aquí llega la cultura, la ideología, la religión, la moral imperante y la educación para decirnos cómo debemos vivirlo. ¿Es aconsejable tirarse al mar sin ropa y sin comprobar la temperatura del agua; o es más prudente enfundarse en un traje de neopreno y nadar, siempre cerca de la costa, con la supervisión de una lancha salvavidas? Si la revolución sexual trató de rediseñar las relaciones íntimas —con poco éxito—, la revolución sentimental nunca tuvo lugar. Hace poco pregunté a un sexólogo que da charlas en colegios e institutos qué es lo que más le preguntan los jóvenes. Me contestó: “La mayoría de las dudas son sobre el amor: qué es, cómo saber cuándo se está enamorado, etcétera. Del sexo ya se lo saben todo (o creen saberlo), puesto que lo han visto en el porno”.
Menos corporalidad, más racionalidad
Muchos coinciden en que la era digital contribuirá, todavía más, a las relaciones a distancia, a que lo presencial sea cada vez más inusual. Ya son familiares conceptos como ciberamor o cibersexo, que la tecnología facilitará cada vez más y tratará de humanizar, en la medida de lo posible. Es lo que el filósofo, psicólogo clínico y escritor Antoni Bolinches, coautor junto con Álex Rovira y Francesc Miralles del podcast de autoayuda Ojalá lo hubiera sabido antes, citaba ya en su libro Sexo Sabio (Debolsillo, 2010), a modo de chascarrillo humorístico: “El sexo cibernético es el sexo más seguro; pero no estoy seguro de que sea sexo”.

“Cada vez habrá menos contacto físico, lo que hará que se valore cada vez más”, augura Molero, también terapeuta del Centro Máxima, en Barcelona. “Las relaciones sexuales presenciales volverán a valorarse como algo exquisito, que habrá que preparar con esmero. Hay una tendencia a separar el amor y las emociones del sexo; pero una cosa lleva a la otra y la intimidad amorosa no se puede desligar de la corporalidad. Incluso los asexuales, que evitan el acto sexual, no renuncian a las caricias, a tocarse, a cierto contacto físico”.
Más razón y menos pasión; o más cabeza y menos cuerpo, como explica Adnane Kabaj, educador sexual y cofundador de las marcas IntyEssentials y Lovely Sins, tienda erótica sex positive en Bélgica: “Veo que desde hace algún tiempo se está perfilando una forma más madura de pensar el amor, más pragmática y centrada en el desarrollo personal. Digamos que desaparece la parte más pasional o loca y se busca a alguien a quien amar, pero que aporte y que nos ayude en nuestra propia evolución. Algo que, en principio, está bien, pero que llevado al extremo puede desembocar en el utilitarismo. Consumir el amor como un producto más. Elegir a alguien con cien mil criterios y filtros, como facilitan las aplicaciones de citas, y suprimir todo lo aleatorio, lo inesperado, la pasión, la magia”.
Y si el amor es un elemento más a consumir, que no puede quedar al azar o a la suerte, este se adaptará a los gustos y preferencias del público, porque diversificar es una de las reglas básicas del comercio. “Ya vemos que hay una fracción de la sociedad que busca un amor más alternativo”, subraya el sexólogo indio Mansukhani. “Siguiendo modelos como el poliamor (aunque parece que este ha decaído un poco en los últimos años), buscan relaciones no monógamas en las que se redefinen términos como pareja, lealtad o fidelidad. Ya hay personas que tienen varias relaciones a la vez, en las que en algunos casos hay sexo y en otros no. Pero, al mismo tiempo, hay también un revival. Gente que retoma los modelos más clásicos y que hasta hablan de faltas al honor, como escuché el otro día en boca de un joven”.

“Y si hay hombres deconstruidos, la idea clásica de lo masculino y lo femenino vuelve también con fuerza. Sobre todo entre los más jóvenes”, añade Kabaj, que además es colaborador en temas de sexualidad en el Elle Belgium. “Prueba de ello es el fenómeno literario conocido como Dark Romance, que florece en ecosistemas oscuros, intensos, en relaciones tóxicas con alta intensidad emocional y sexual y con modelos muy estereotipados de los sexos y sus roles".
El amor es una lotería con pocas posibilidades de tocar
Si hay algo que caracteriza a la sociedad de principios del siglo XXI es el desencanto. Los jóvenes parecen condenados a vidas peores que las de sus padres, por obra y gracia de la trilogía de la precariedad: trabajo, vivienda y economía precarias. Triángulo al que muchos añaden un nuevo vértice, el de las relaciones afectivas sin lazos ni fuertes cimientos, que vienen y van; y que, lejos de proporcionar placer o diversión, ahondan más en la frustración y el miedo a la soledad. Tal vez muchos vean la posibilidad de encontrar el amor tan lejana como la de poder comprarse un piso con un sueldo de mileurista.
“Hay una cierta desesperanza de encontrar el amor entre las personas que ya han fracasado en dos o tres relaciones y también entre los más jóvenes, porque nunca ha habido una educación, ya no sexual, sino sentimental”, sostiene Bolinches. “En las nuevas generaciones se une también el hecho de que no hay una cultura del esfuerzo, hay poca tolerancia a la frustración o al fracaso y se va de una relación a otra sin reflexión, sin aprendizaje. La inmediatez de la sociedad ha desvirtuado al sexo y al amor. El amor empieza con el enamoramiento y para esto hace falta cortejo, deseo, erotismo, pasión, espera; pero nadie tiene el tiempo suficiente para todo esto”.

Tal vez el problema no sea solo la falta de tiempo, sino también la falta de valor. Porque lo contrario al amor no siempre es el odio, sino el miedo. “Uno de los grandes temores de esta sociedad es el miedo a perder el control”, apunta Kabaj, “y el amor puede ser muy retador, revolvernos de arriba abajo, por eso queremos vivirlo con cinturón de seguridad, pero no es posible. En la relación sexual también hay que abandonarse para poder experimentar placer y, si esto no se consigue, aparecen los trastornos: anorgasmia, vaginismo, problemas de erección”.
Aunque no hay que relacionar amor y felicidad tan a la ligera. Lo cierto es que, como sostiene Mansukhani, “lo que más nos acerca a una existencia dichosa, más que la proyección profesional o los bienes materiales, es la calidad de las relaciones”. “Querer y sentirse querido es lo que más valora la gente en sus vidas, y lo que más echa de menos cuando no lo tiene”, agrega la ginecóloga y sexóloga clínica Molero, “y si a eso añadimos el plus de una relación sexual satisfactoria, pues tendremos algo muy potente. El amor no es un milagro, no es algo que solo pueda ocurrirle a algunas personas, lo que pasa es que muchas veces somos nosotros mismos los que nos cerramos al amor por diversos motivos”.
Einstein dijo que el amor es la energía más poderosa del universo. El universo —¡a Dios gracias!— no se rige por las leyes sociales y, aunque el amor lo tiene complicado, al final siempre gana.
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