En un vivero, como en las librerías, se entremezclan historias y emociones
Son muchos los pasos de personas que se suceden en una floristería, y cada una se detendrá en aquello que le dicte el corazón o el cerebro


Al entrar en una librería se siente una excitación especial. El aroma del papel hace piruetas entre los pasos de los lectores, y será capaz de cautivar nuevas miradas, que se detendrán en sus párrafos grabados a tinta. Los viajes esperan en aquellos anaqueles, los recetarios de cocina en esos otros estantes. Sobre la mesa del fondo se escucha un lamento de algún drama, y al lado, en un gran tomo, unos protagonistas se devanan los sesos para encontrar la respuesta a un enigma. Así y todo, también hay espacio para la risa, que retumba con carcajadas detrás de aquella tapa dura. Así es el ritmo en una librería, en una aparente calma.
En una floristería y en un vivero también se encuentran las historias, al igual que en las páginas de papel. Esa planta habla de un origen distante, una región asiática descubierta para los europeos a mediados del siglo XIX. Allí unos marineros tomaron unos pocos ejemplares de una planta de grandes hojas. Al llegar al Reino Unido, la única que sobrevivió se reprodujo gracias a un botánico habilidoso con el cultivo de las plantas. Pocos años después, la planta llegaría incluso a las casas de algunos jardineros aficionados, y hete aquí que, 200 años después, se pueden encontrar descendientes de aquella planta originaria en un vivero de la meseta castellana.
Un par de pasillos más allá se agrupan las plantas por su uso culinario y medicinal, como en la sección de Salud y Bienestar de una librería. La melisa (Melissa officinalis) calmará los nervios después de tantos exámenes, y el tomillo (Thymus vulgaris) aliviará la inflamación de tanto canturreo en el concierto del miércoles. Para añadir un toque de sabor, bastará con llevar a casa una macetita de orégano (Origanum vulgare). Para aportar al paladar algo fresco y potente, aquella otra mata de cilantro (Coriandrum sativum) cumplirá con las expectativas, aún a pesar de que uno de los dos visitantes no disfruta con su regusto.
Un arbolito de olivo (Olea europaea) rememora a aquel cliente un viaje entre campos de estos árboles atemporales. Pero este olivo del vivero tiene la piel de su tronco aún tersa; todavía habrán de pasar unas cuantas docenas de años para que muestre las arrugas bellas. Será entonces cuando su corteza hable del paso del tiempo y de lo disfrutado, de las cosechas de aceitunas y de la sombra benefactora y de todas las personas a las que cuidó con ella.

Como en una librería, en un vivero también hay drama. El de algún árbol arrancado del monte, porque fueron a construir nuevas casas a las afueras del pueblo. Esos enormes madroños (Arbutus unedo) se salvaron de morir, y al menos los enmacetaron en grandes contenedores. Quién sabe dónde terminarán. Puede que rodeados de césped, o quizás, si tienen más suerte, en medio de un jardín naturalista, inmersos entre las flores. Lo importante es que les cuiden, que los enraícen en una nueva tierra.
Por allí yace el olvido, como el libro que nadie quiere leer, y una plantita envejecida aguarda desde hace meses a que alguien la libere de su diminuta maceta y le permita crecer en un macetón. Las raíces del arbusto sienten el ansia de explorar. Han dado ya tantas vueltas a su pequeña porción de sustrato que todo por dentro del tiesto es una maraña parda y blanquecina de raicillas. Se promete a sí mismo que, si le dan una oportunidad y lo sacan de allí, florecerá tanto que hará desaparecer sus hojas bajo una capa de colores tejida con sus propios pétalos.

La alegría se intuye bajo el aleteo de dos mariposas que se encuentran sobre las flores de un rosal. Aunque a estas alturas de la primavera muchas de las rosas se desvanecen hasta desaparecer, a la espera del otoño vigorizante, los rosales están satisfechos por el trabajo realizado, de la épica que han narrado durante semanas y semanas. Los jardineros narrarán su epopeya tonal y perfumada, y loarán lo conseguido a cambio de un poco de agua y de abono.
Como en una librería, los pasos de tantas personas se suceden en el vivero, y cada una se detendrá en aquello que le dicte el corazón o el cerebro. Como los libros, cada planta aspirará a mejorar la vida de quienes las adopten. Quien se lleva una flor a casa no sabe hasta cuándo compartirá la vida con ella, pero en el camino hallará su belleza y el aprendizaje.
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