Eugenio, el humorista de luto, y Conchita, la mujer que le cedió el escenario

“Mi madre le hizo como hombre y como artista”, recuerda Gerard, el hijo mayor de la pareja. “Él nunca superó su muerte”

Eugenio y Conchita Alcaide, integrantes de Els Dos, en una imagen de 1966 del archivo familiar reproducida en el documental 'Eugenio, blanco o negro'.
Eugenio y Conchita Alcaide, integrantes de Els Dos, en una imagen de 1966 del archivo familiar reproducida en el documental 'Eugenio, blanco o negro'.

Eugenio Jofra Bafalluy tenía 24 años y fecha de boda con su novia cuando un día se quedó sin tabaco y cruzó la calle para comprar un paquete de Ducados. En el bar cantaba como los ángeles una chica de 26, muy guapa, con la que había coincidido al coger el autobús. Se acercó a preguntarle su nombre. Concepción Alcaide se lo dijo. También de dónde era, un pueblecito de Huelva. “La morena más guapa de Sierra Morena”, respondió aquel hombre de casi dos metros. Era 1965, las vacaciones de verano aún no empezaban poniendo un casete suyo en el coche; aún no había alcanzado ese nivel de fama que permite apropiarse de un nombre de pila y que cualquiera, al oírlo, sepa de quién se está hablando. Eugenio Jofra todavía no se había convertido en Eugenio. Conchita estudiaba delineación y su pasión era cantar. Fue con ella con quien finalmente se casó, en julio de 1967 y con unas alianzas que había hecho él mismo.

“La artista era mi madre. Cuando se conocieron, mi padre era joyero y no se le había pasado por la cabeza subirse a un escenario”, explica Gerard Jofra, de 53 años, el primer hijo del matrimonio. La pareja formó un dúo musical: Els dos. Ella cantaba y él la acompañaba con la voz y la guitarra. Actuaron en pubs de Barcelona, participaron en un concurso de villancicos, en la selección para Eurovisión... Al final de las actuaciones, Eugenio contaba algún chiste. “Y mi madre supo ver que él era la estrella. Dio un paso a un lado y dejó que él brillase bajo los focos”, escribe Gerard en un libro que tituló simplemente Eugenio. “La verdad”, cuenta hoy, “es que ella le hizo como hombre y como artista. Fue la primera en darse cuenta de lo divertido que era. No entendía cómo no había desarrollado ese don, pero es que dudaba mucho de sí mismo. Viajando con él, años más tarde, cuando ya era muy conocido, todavía me preguntaba: ‘¿Y si no se ríen?’ Tuvo miedo escénico toda su vida”. Un día, Eugenio Jofra Ballafuy había escuchado a su padre, Eugeni Jofra Pau, decir: “No harás nada en la vida”.

Conchita enfermó de cáncer. Le quitaron una mama, compatibilizó durante meses su nuevo proyecto musical, Tramuntana, con la quimioterapia y los niños. Parecía que se había curado, pero un año después, no había marcha atrás. Eugenio empezó a salir más por las noches. “Mi padre era un niño grande. No supo afrontarlo. Para él, ella era todo y creo que se comportó así por miedo, miedo a ver sufrir”, explica Gerard. “La noche antes de la comunión de mi hermano pequeño, Ivens, nos llevó a cenar a un restaurante y nos dijo: ‘Mamá no va a resistir mucho más”. Al día siguiente, después de que mi hermano comulgara, ella dejó de respirar”. Eugenio tenía entonces 38 años. Sus hijos, 11 y 8. Era 1980.

El día que enterraron a Conchita, tenía apalabrada una actuación en Alicante. Eugenio cogió el coche y se fue. “En ese momento, para él, subir al escenario era la mejor forma de agradecimiento a mi madre, que era a quien debía su éxito. Le dedicó la actuación. Recuerdo ese día perfectamente porque yo me quedé a dormir en casa de mis tías y nadie entendía nada. No quiero ni pensar lo que debió de ser ese viaje para él”.

Eugenio Jofra  y su mujer, Conchita Alcaide, a finales de los setenta, cuando formaban Els Dos.
Eugenio Jofra y su mujer, Conchita Alcaide, a finales de los setenta, cuando formaban Els Dos.

No fue la última vez que subió roto al escenario para hacer reír a otros. Porque Eugenio era un hombre muy divertido, pero también triste y frágil. Fue esa singular mezcla —se presentaba serio, siempre de negro, como recién salido de un funeral— junto a un uso magistral y revolucionario del silencio, es decir, de las pausas, lo que fascinó al público. Una vez, en una entrevista, dijo que le gustaría ser Pulgarcito, porque sería muy pequeño y no lo vería nadie. El genio quería, a veces, pasar inadvertido, pero ya no era posible. De la noche a la mañana pasó de cobrar 10.000 pesetas por actuación a 400.000 y firmar autógrafos en escotes y servilletas. “Y si no estaba bien, daba igual, él hacía reír. Recuerdo un día que se encontró mal y en el hospital lo tuvieron que sondar. Subió primero a un avión y luego al escenario con una bolsa y nadie se enteró de nada”, recuerda Gerard.

Eugenio y su hijo Gerard.
Eugenio y su hijo Gerard.Cedida por Gerard Jofra

Una tarde en el bingo, donde le gustaba ir para distraerse, conoce a la que será la madre de su tercer hijo. También es andaluza, guapa y morena, y se llama, como su primera esposa, Conchita. En el documental Eugenio, de Óscar Moreno, Xabier Baig y Jordi Rovira, ella cuenta que le dijo: “Si me das tres bingos, me caso contigo”. Se los dio. No se casaron, pero estuvieron 12 años juntos. “Apareció en nuestras vidas poco después de que mi madre falleciese. Él quería darnos una familia [Conchita tenía también un hijo de una relación anterior] y sé que la quiso mucho, pero la vida a veces te lleva por sitios…”, explica Gerard. Construyeron una casa en una urbanización en el bosque a 50 kilómetros de Barcelona. Las ausencias empezaron a multiplicarse y a alargarse. En 1993, la pareja se separó. “Mi padre”, explica Gerard en su libro, “era un funambulista, el mejor de todos los tiempos. Pero cuando bajaba del alambre y pisaba la tierra, su vida era un desastre”.

Durante años le había visto más por la televisión que en casa; a veces, los Reyes Magos no llegaban el seis de enero, sino días más tarde y con la generosidad extra que aporta la culpa. Pero cuando cumplió los 14, el hijo mayor de Eugenio se convirtió en “el road manager más joven de la historia”. “Mi padre era mi padre, y además, un artista. Lo compartía con todo el país, pero para mí era algo natural. Eugenio era de todos y el ‘Saben aquel que diu...’ no era catalán, era universal. Empecé a acompañarlo en todos los viajes. Sabía qué pensaba solo con mirarle. A veces me pedía de madrugada que fuera a comprarle tabaco u otras cosas o me despertaba para que conociera a alguien. Me tocó ver y oír cosas que por mi edad no me correspondía ver ni oír, pero aquello eran lecciones de vida. Nunca me ocultó nada. Y hasta los últimos años, cuando aparecieron cosas que yo sí había visto antes pero él no, fue un profesional. Sabía que si eso llegaba, mi padre no era de términos medios. Era un hombre de extremos”.

- Se refiere a la droga.

- Sí. Durante años él no la había probado. No necesitaba nada para trabajar. Supongo que cayó ahí para camuflar carencias, miedos…

Eugenio era “muy hipocondriaco”, pero se entregó a la autodestrucción y al aislamiento. Un infarto le apartó en 1990 de los escenarios. Se deprimió. “Eran muchas cosas: el miedo, la inseguridad, la muerte de mi madre, su sentido de la responsabilidad… Era tremendamente divertido y tremendamente depresivo”, resume Gerard.

Conoció a otra mujer que, según su hijo mayor, “le apartó del mundo”. “Ya no teníamos acceso a él, ni siquiera contestaba al teléfono”. En 1997, se casó con ella, en un barco. Gerard cuenta que, al principio, se negó a asistir “a la peor actuación de su vida”, pero finalmente acudió. “Me acerqué a él, le deseé lo que sabía que era imposible y me marché”, recuerda en su libro. Necesidades económicas obligaron a Eugenio a volver a los escenarios, pero ya no era el mismo. Cuando Gerard tuvo a su primera hija, Andrea, lo llamó para darle la buena noticia. “Era la una y media de la madrugada, estaba en casa, solo, y le noté algo cansado cuando le dije: ‘¡Ya eres abuelo!’ Al día siguiente vino al hospital para conocer a la niña. Quería hablar conmigo e intuí que no era para nada bueno. Me dijo que yo ya no le necesitaba, que él no tenía fuerzas y que se quería ir”. Gerard hizo que le tomaran la tensión y las pulsaciones. Todo parecía en orden. “Le dije que por supuesto que le necesitaba, le abracé, pero ese día, cuando me convertí en padre, me despedí también como hijo. Escogió el momento en que me vio más fuerte, cuando yo acababa de traer a una personita al mundo y tenía esa gran responsabilidad”. Esa noche de marzo de 2001, en una cena, Eugenio se desplomó y murió en los brazos de un amigo. Los médicos dirían que de un infarto. Gerard, “de pena”. Tenía 59 años.

“Nunca superó la muerte de mi madre”, recuerda. “Se autoengañaba, escondía ese dolor con otras cosas, pero no se recuperó. Durante años llevó su DNI en la cartera y su alianza de boda colgada de la cadena con esa cruz que no se quitó jamás”. “En su vida se lo pasó muy bien, pero digo que murió de pena porque en los últimos años fue muy consciente de sus errores, de lo que había dejado en el camino”. Una productora ha comprado los derechos del libro de Gerard, que Albert Espinosa convertirá en guion de cine. El primer hijo de Eugenio, que ahora tiene su propio espectáculo de humor, sabe qué tipo de película le gustaría ver. “La de mi padre es, sobre todo, por encima de cualquier otra cosa, una historia de amor”.

Sobre la firma

Natalia Junquera

Reportera de la sección de España desde 2006. Los jueves publica una columna en Madrid, Kilómetro cero. Durante la semana comenta las redes sociales en Anatomía de Twitter y realiza entrevistas para la serie Conversaciones a la contra. Especialista en memoria histórica, ha escrito dos libros, Valientes y Vidas Robadas (Aguilar).

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