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Vermú y verbena
Columna

Las listas de la compra

Ir con mi abuela al mercado fue descubrir un ritual social, un microcosmos de señoras soberanas, con el monedero en el puño, los carritos a la espalda y la sonrisa a flor de labios

Una comerciante cobra a una señora, en el Mercado de la Boquería, a 14 de diciembre de 2023, en BarcelonaDavid Zorrakino (Europa Press)

De niño me encantaba ir con mi abuela a hacer la compra. Ella iba al mercado del barrio un poco como John Hammond a Parque Jurásico: no reparaba en gastos. Recuerdo los pescados frescos, de ojos relucientes, que descansaban sobre un lecho de escarcha; las ristras de chorizos que festoneaban el mostrador del carnicero; las frutas y verduras que se amontonaban en una frondosa explosión de color. Los tenderos la saludaban como a una vieja amiga. Siempre que me veía Santiago, el frutero, me regalaba pistachos, un sabor que asocio a aquellas mañanas tranquilas. Ir con mi abuela al mercado fue descubrir un ritual social, un microcosmos de señoras soberanas, con el monedero en el puño, los carritos a la espalda y la sonrisa a flor de labios. Señoras que preguntaban y comparaban y estudiaban los precios. Señoras que se sentaban en bancos para esperar el turno y hablaban a borbotones, en un susurro comunal solo interrumpido por el chisporrotear de las moscas en los insectocutores y el piar metálico de la máquina de turnos. Aquel universo me fascinó.

Mis padres hacían la compra en un hipermercado de periferia. Era un espacio liminal, con pasillos anodinos e interminables hileras de productos embolsados, plastificados y encartados. Los alimentos no olían, las cajeras no hablaban y todo era extrañamente eficiente. Comprar para ellos era un trámite. Para mi abuela era una fiesta. Ella era capaz de convertir la lista de la compra en una carta a los Reyes Magos a petición de sus nietos o a sugerencia del tendero. Era lo que llaman ahora una gourmet, una disfrutona. Y se manejaba por la vida con esa misma alegría cotidiana. Improvisaba una tertulia en la cola de cualquier pescadería y paseaba por la galería comercial con garbo y sin prisa.

Puede que hacer la compra sea una engorrosa obligación, un acto que solo sirve para cubrir la necesidad primaria de conseguir alimento. Pero quizá la forma en la que lidiamos con nuestros instintos sea aquello que mejor nos explica. El modo en que buscamos el amor, el sexo, la comida o el refugio. La capa social en la que envolvemos nuestras pulsiones más animales es lo que nos hace humanos. Crear ciertos ritos culturales, que pasamos de generación en generación.

Hoy recorro, con mi hijo de la mano, los pasillos de un mercado no muy distinto al de mi infancia. La clientela es quizá más variada, hay muchos más hombres. De vez en cuando se cuelan grupos de turistas que no vienen tanto a comprar, sino a ver cómo otros compran. También hay muchos más bares y algunos negocios modernos, absurdamente específicos. Hay en mi mercado una pistachería. No venden tanto pistacho como cosas con sabor a pistacho. Pesto, crema, harina, chocolate Dubái… El otro día compré un helado de tarta de queso de pistacho (más que un sabor, una abstracción). Y por un momento volví a ser un niño, de la mano de mi abuela, en la frutería de Santiago.

En una ciudad mutante, donde los fondos buitres expulsan a los vecinos y los turistas convierten todo en la caricatura de una postal, algunos mercados municipales resisten como el baluarte de un tiempo que ya fue. Usera es el nuevo Chinatown y Puerta del Ángel el nuevo Brooklyn y todo es el nuevo algo y nada sigue siendo el viejo nada. Y la vida en esta ciudad parece ir demasiado deprisa y a veces solo quiero parar y volver a los lugares donde he sido feliz, pero muchos ya no existen.

Quizá digo todo esto porque mi abuela ya no va al mercado. Tiene 96 años y apenas puede moverse. Hace unos años, cuando le pusieron un andador, continuó yendo de vez en cuando; después, más esporádicamente, en silla de ruedas. Finalmente, renunció y se limitó a garrapatear una lista de la compra todas las mañanas. Creo que escribe listas como otros leen novelas de aventuras, u hojean el ¡Hola!, para soñar con mundos que nos quedan lejos. A veces voy a su casa y veo su carrito plegado en el armario, como el barco de un marinero en tierra, y me siento ligeramente derrotado.

Dice Pol Guasch en el precioso libro Reliquia que la nostalgia mejora con los años. Porque cuando eres joven consiste en echar de menos la infancia; es una nostalgia fácil, de paraíso perdido. Pero cuando te haces mayor y las rutinas se prolongan durante años, tienes que fijarte en la diferencia de las cosas que pasan siempre igual. Y me parece tan certero que duele. Hacerse mayor consiste en preservar tradiciones sin las personas con quienes las fundaste. Recorrer solo los espacios por los que un día paseaste de la mano de alguien. Sostener a una personita nueva y mostrarle el mundo que te enseñaron a ti. Igual el legado consiste justo en eso, en mantener vivo el fuego en lugar de venerar las cenizas, en hacer cosas viejas con personas nuevas. Por eso le transmito a mi hijo lo que un día me enseñó mi abuela. Que hay que disfrutar de las rutinas y convertirlas en una fiesta. Que las tareas de la casa pueden ser placenteras, especialmente una tan básica, tan cotidiana y denostada como dar de comer a quienes quieres.

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