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Todos contra el pobre

El problema de la vivienda en España no se soluciona a través de las barreras y la estigmatización

Desahucio de una familia con cuatro hijos en Puente de Vallecas, el 14 de julio de 2021.
Desahucio de una familia con cuatro hijos en Puente de Vallecas, el 14 de julio de 2021.Jon Imanol Reino

En algunas películas sobre el medievo los siervos depauperados asaltan el castillo del señor feudal portando antorchas y rastrillos, y, a veces, lo queman. Las tensiones que genera la desigualdad rampante en el planeta tratan de solucionarse levantando muros, como esos que se construyen para que los habitantes de los países subalternos no lleguen a los países protagonistas de la Historia, o colocando a guardianes para evitar que la gente que no tiene casa se meta donde buenamente pueda.

Empresas como Desokupa y similares viven un bum a costa del grave problema de la vivienda en España. De Desokupa se ha dicho que son fascistas, cosa que no sabemos, pero sí sabemos que lucen como tales, actúan como tales y hablan como tales. Su líder, un hombre locuaz que le ha cogido gusto a la notoriedad pública en magacines televisivos y parece decidido a convertirse en predicador por Internet, ha estado difundiendo bulos contra una joven que vive (y no ocupa) en el centro de Madrid y que ahora sufre acoso y escraches. Les gusta llamar “ratas” a las personas que se ven abocadas a ocupar.

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Entre las mentiras de estos tipos orgullosos de sus bíceps, los citados magacines sensacionalistas que se dedican a airear los casos más truculentos de la ocupación (que los hay), los terroríficos anuncios de empresas de alarmas (que alarman a la población) y los políticos de derecha que prometen “mano dura” o “tolerancia cero”, se cae en la pura aporofobia y se pierde de vista que el problema de la ocupación no es un problema delincuencial sino un problema social: el drama de la vivienda.

La desigualdad no es buena para nadie y, de hecho, es común que los ricos también estén a disgusto, quieran secesionarse, y se rodeen de muros y matones, o se vayan a paraísos fiscales, o traten de montar microestados en ciertas islas de Tahití donde no pagar impuestos y pasar de sus dolientes vecinos. Pero, por mucho lavado de cerebro que se haga sobre la base de la responsabilidad individual, la meritocracia o los designios del Señor, por mucho realismo capitalista que se difunda, siempre existirá la presión de los desposeídos sobre los beneficiarios del tinglado.

Las personas que ocupan, bien mirado, son las más emprendedoras de las que son excluidas: tratan de perseguir sus sueños y recuperar la zona de confort de la que han sido desahuciadas, aunque en una casa ocupada nunca se encuentra el confort, sino la más pura supervivencia. Es una cuestión de justicia social, en un país donde apenas hay vivienda pública, la vivienda y la energía están a precios desorbitados, se han encadenado dos crisis demoledoras, y hay tres millones de viviendas vacías, en manos de instituciones financieras y/o especuladoras, mientras más de 40.000 almas se pudren en la calle. Señores musculados en las puertas no son una política de vivienda.

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