Es mirarte y recordar

El turismo, y la contemplación que conlleva, hace que queramos recoger plantas que vemos en nuestros días de asueto para traerlas con nosotros a las casas

Ombligo de venus crecido en un muro.
Ombligo de venus crecido en un muro.

Las plantas suculentas son unas grandes viajeras. Y no dentro de nuestros estómagos, como podría sugerir su nombre, sino en nuestras maletas y mochilas. Así se les llama a aquellas plantas que retienen agua y nutrientes en alguna parte de su anatomía, dándoles un aspecto carnoso. También reciben el nombre de crasas, haciendo referencia a su tallo y/o a sus hojas engrosadas.

Las vacaciones de muchas personas están tocando a su fin, aunque haya otras que justo las comienzan ahora. Y las plantas, una vez más, nos acompañan en nuestros ritmos anuales. El turismo, y la contemplación que conlleva, hace que queramos recoger plantas que vemos en nuestros días de asueto para traerlas con nosotros a las casas. Y si hablamos de especies perfectas para ser transportadas de un lugar a otro, las plantas suculentas ocupan las primeras posiciones de una lista imaginaria. Muchas suelen ser pequeñas y son capaces de enraizar muy fácilmente a través de un fragmento de su cuerpo, además de soportar estoicamente nuestro periplo vacacional hasta que les procuramos un lugar definitivo para crecer de nuevo.

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En una de las etapas gallegas del Camino de Santiago que recorrió Daniel Méndez, fotógrafo madrileño, se encontró con un muro cubierto de plantas, cerca de Samos. Una de esas especies le llamó la atención de inmediato: “siempre me ha gustado el ombligo de Venus (Umbilicus rupestris), y vi varios muy grandes entre las piedras”. Sin dudarlo, cogió uno con delicadeza, lo envolvió en un papel húmedo y lo llevó consigo a su casa en la capital. Aunque sufrió con el trasplante, pudo verlo crecer en una jardinera de su terraza. Esta especie, de la que el médico griego Hipócrates recomendaba comer sus hojas si se deseaba tener un hijo varón, crece naturalmente en grietas y rendijas de los balcones de muchas ciudades.

Esta clase de plantas están muy acostumbradas a sufrir distintos tipos de estrés, especialmente los ligados a la falta de agua. Ello es debido a que muchas viven en lugares con lluvias estacionales cortas y concentradas en pocas semanas, sufriendo el resto del año una sequía persistente. Es gracias a esa resistencia innata por lo que Mónika Regidor pudo rescatar una hawortia (Haworthia sp.) que se había caído a la calle, hace casi diez años. “Estábamos de vacaciones en un pueblo de Asturias, cerca de Ribadesella, y vimos una plantita en el suelo. Era muy pequeña, del tamaño de una castaña. La recogí con cariño, y todavía crece feliz en una jardinera en casa, rodeada de aloes (Aloe vera)”.

Es sorprendente comprobar la adaptabilidad que poseen las plantas crasas para vivir en sustratos especialmente pobres en materia orgánica. Un pequeño resquicio en la roca les es suficiente para vivir holgadamente, como cuenta Iara Chapuis, vecina de un pueblo del norte de Zaragoza. “Este verano paramos para comer cerca de una peña, en una ruta que hicimos por las zonas próximas al parque natural de Cazorla. Me quedé fascinada con varias de las uñas de gato (Sedum spp.) que crecían sobre la piedra, casi sin sustrato. Cogí un poquito de cada una, con mucho cuidado. Hoy crecen en una maceta en casa. Cuando las miro me transportan a ese paseo, son mi microecosistema sureño”.

A veces estas plantas también nos rememoran pasos importantes que dimos en nuestras vidas, como a Julia Cruz. En un viaje a Menorca, hace cuatro años, cortó un esqueje de rocío (Aptenia ‘Red Apple’). “Me encantaron sus flores. En el hotel, metí la planta en un vasito con agua, hasta que regresamos a casa. Ahora, cuando la miro, me recuerda a aquellos días en los que dejé de fumar”.

Para Francisco Aparicio, jardinero y técnico en el herbario del Real Jardín Botánico de Madrid, las siemprevivas (Sempervivum tectorum) que crecen en una maceta de su terraza le trasladan a un lugar y a una persona muy especial y querida. “Las traje del muro del huerto que cuidaba mi madre Teresa, en un pequeño pueblo de Salamanca. Ella siempre decía que era increíble que crecieran sin tierra”. Plantas suculentas en recuerdos, capaces de resistir al olvido de la lluvia y al del paso del tiempo.

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