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Orgullo

La pandemia ha sido un test de estrés para la amistad. La lección del encierro, como de todas las desgracias, es que hay que aprovechar el tiempo y eso empieza eligiendo bien con quién hacerlo

David Beriain y Roberto Fraile, grabando un documental para la productora 93 metros.
David Beriain y Roberto Fraile, grabando un documental para la productora 93 metros.SERGIO CARO

La amistad es uno de los terrenos más seguros que existen, donde uno está más protegido, porque solo alguien que conoce todos tus defectos y virtudes, que tiene en sus manos el registro de cada uno de tus errores y aciertos, es capaz de evitar que vuelvas a equivocarte ayudándote a tomar las mejores decisiones.

Escuchan con las orejas abiertas de par en par, sin juzgarnos; celebran nuestros triunfos como si fueran propios y sufren con nosotros cuando algo nos sale mal. Esa es la prueba del algodón de la amistad. Si cuando empiezan a contarles algo perciben su impaciencia, como si escucharles fuera un mero peaje para derramar a continuación una perorata ajena a lo anterior — “los yo-yos”, los llama mi querida Rosaura—, no son verdaderos amigos. Si ante un logro sienten envidia, no orgullo; si han perdido algo y no les apetece poner el mundo patas arriba hasta encontrarlo; si alguien les hace daño y no imaginan inmediatamente todo lo que le dirían a esa persona si lo tuviesen delante... tampoco.

Los amigos aprenden a cuidarnos sin que se note, para que no nos sintamos débiles por necesitarlos; a saber qué nos pasa por dentro solo con vernos; a hacer una broma cuando es preciso o un reproche en el momento necesario

Con los años, a fuerza de conocernos, los amigos desarrollan muchísimas habilidades. Aprenden a cuidarnos sin que se note, para que no nos sintamos débiles por necesitarlos; a saber qué nos pasa por dentro solo con vernos; a hacer una broma cuando es preciso o un reproche en el momento necesario. Nos empujan a lo bueno, nos alejan de lo tóxico, nos levantan cuando caemos. Y provocan milagros que, de tan frecuentes, acaban pasando inadvertidos, como que un día pésimo termine siendo fantástico, que una conversación que empezó con lamentos concluya a grandes carcajadas o que el abrazo de otro simple ser humano nos parezca el de un gigante capaz de apartar a manotazos cualquier preocupación o disgusto y a sus responsables.

La pandemia ha sido un test de estrés para la amistad, una buena ocasión para hacer inventario y separar el grano de la paja. La lección del encierro es que hay que aprovechar el tiempo y eso empieza eligiendo bien con quién hacerlo. Al final no quedan tantos como parecían al principio, pero si les sale al menos un nombre con este currículum en su círculo próximo pueden considerarse afortunados: tienen a su lado alguien que les hará mejores.

Hace un mes, en Burkina Faso, el cámara Roberto Fraile cayó malherido en un ataque terrorista. Y mi amigo David, su amigo, decidió no abandonarle cuando los 30 hombres armados que les acompañaban y a los que habían encomendado su protección quisieron retirarse. Lo dicen los investigadores, pero los que le queremos ya lo sabíamos: imposible, en una situación así, que David dejara a nadie atrás. Saber que murió como vivió, que fue coherente y leal hasta las últimas consecuencias, es un consuelo. Una forma de estar eternamente orgullosa, aunque ya no esté aquí para poder decírselo; aunque sepa que todas mis decisiones serán, con su falta, un poco peores.

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