LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

Detrás de las persianas bajadas por la pandemia

La crisis del coronavirus ha obligado a muchos negocios de Madrid a despedirse para siempre. Para algunos de sus dueños precipita la jubilación, para otros supone un nuevo reto

Fernanda (d) y Ana Salazar (i), propietarias de la papelería centenaria que cerrará a mediados del mes de febrero.
Fernanda (d) y Ana Salazar (i), propietarias de la papelería centenaria que cerrará a mediados del mes de febrero.Kike Para

En el café de Chinitas dijo a Paquiro un hermano: “Soy más valiente que tú, más torero y más gitano”. Estos versos de Federico García Lorca están dedicados al primero de los denominados teatrillos o cafés cantantes que hubo en España. La andadura del local comenzó en Málaga a mediados del siglo XIX y desapareció en plena Guerra Civil. “Le llamaban café de Chinitas porque la calle estaba llena de piedrecitas pequeñas. Entre los asiduos estaban Lorca y Alberti, un montón de escritores, guitarristas, gente del pueblo y aficionados al flamenco, que entonces era un arte autóctono, nadie tenía estudios ni preparación”, explica Mari Carmen Mira, que recuperó aquel nombre cuando abrió este tablao en Madrid en 1969 junto a los hermanos Verdasco. Los años lo convirtieron en un gran reclamo turístico, pero la pandemia y su confinamiento congelaron sus planes, condenando al Chinitas al cierre por segunda vez en su larga historia.

Si en el tablao reina el silencio en la galería las paredes están vacías, en el teatro las luces se apagan y en algunos comercios centenarios se baja la persiana para siempre. Desde el inicio del confinamiento la angustia de un final crecía cada día entre los negocios de una ciudad paralizada, mientras veían el flujo de caja permanecer inmóvil. El impacto de la pandemia varía mucho entre sectores -los más golpeados son los comercios minoristas, la hostelería y el ocio nocturno-, pero el Banco de España calcula que alrededor del 10% de todas las empresas están abocadas al cierre. Una situación así obliga al empresario a reinventarse y a emprender de nuevo: las cuentas no se pagarán solas, y la vocación permanece. En otros casos, la crisis precipita la jubilación y los empresarios se lanzan, resignados, a la seguridad de ese horizonte que todavía parecía lejano.

Hace apenas un año el escenario del café de Chinitas estaba cubierto de mantones, de litografías taurinas y esculturas de Belmonte, La Chunga y Víctor Monge Serranito, y Mari Carmen Mira asegura que no vislumbraba que su local de la calle de Torija perdiera su esencia. “Yo he estado siempre, pero detrás, los verdaderos propietarios de esta joya eran los hermanos Verdasco, que eran cinco, entre ellos Manuel, que era mi marido y murió en el 2010. Mis cuñados también han fallecido, pero había que seguir con nuestra ilusión y nuestra maravilla, porque éramos restaurante y tablao flamenco”, aclara Mari Carmen con la nostalgia del que sabe que ya no puede continuar.

El contrato de alquiler se acabó a finales de junio y no ha habido manera de renovarlo. Tanto ella como su hija Carolina intentaron buscar otros locales para poder continuar, pero muchos no tenían licencia ni salida de humos. Además, con el paso de los meses han pasado a considerar que el panorama que ha dejado tras de sí la pandemia, con una caída histórica del turismo, no es propicio para abrir de nuevo.

El pasado 3 de junio hubiese sido el 50 aniversario del café de Chinitas. Por eso, Mari Carmen solo puede hablar de la gran fiesta que hicieron cuando cumplieron los 45, que el recuerdo ha convertido en una despedida anticipada de un espectáculo de cante y baile que aglutinó a muchas personalidades del mundo de la cultura y a casi todos los artistas que habían pasado por la casa. Estuvo dedicado, como no podía ser de otra manera, a Federico García Lorca. “Yo tenía idea de hacer algo y llevaba dándole vueltas muchos años y al final lo conseguimos. Salía Lorca caracterizado con un traje blanco, con todas las luces apagadas y velas. Se le daba un foco y empezaba a recitar. Fue francamente muy bonito”, recuerda con alegría Mari Carmen.

Otro de esos negocios insignia de la capital cierra definitivamente tras 115 años abierto. Es la Papelería Salazar, en la calle de Luchana, del barrio Chamberí. Hace medio siglo que la regentan las hermanas Ana y Fernanda Martínez Salazar. Comenzaron a trabajar en la tienda recién salidas del colegio, con 17 y 18 años, respectivamente. La irrupción del comercio online y el constante reto de competir con tiendas más grandes había puesto a tambalear el negocio, pero el confinamiento fue un golpe inédito. “Hemos tenido momentos de crisis anteriores, pero ahora es más profunda que nunca. Esto de la pandemia es increíble; tener la tienda cerrada dos meses, ni en la Guerra Civil, cuando estuvieron siempre abiertos, ni en la posguerra, que nos contaban nuestros padres y nuestra tía que lo pasaron fatal, pero ahí aguantaron”, comenta Ana, intentando ilustrar la dimensión del impacto que ha tenido la pandemia.

Este negocio familiar nació en 1905 de manos de la recién enviudada bisabuela de estas hermanas criadas. Lo hizo en el mismo barrio donde ambas viven y, hasta ahora, trabajaban, porque su negocio tiene los días contados: echará el cierre a mediados de febrero. “Hemos estado a punto de cerrar seis meses, pero los clientes no nos han dejado. Hemos tenido muchos encargos, y hemos querido cumplir hasta el último de ellos. Pero ya ha llegado la hora, es demasiado trabajo para nosotras intentar mantener esto a flote”, cuenta Ana con resignación. La crisis del coronavirus se ha unido a la falta de relevo generacional, pues ninguno de sus hijos se quiere hacer cargo de la papelería, como lo hicieron ellas en su momento.

“Estamos muy tristonas, es una vida entera, cuatro generaciones. Pero todavía estamos esperando el milagro de que aparezca alguien que quiera retomar o meterle dinero al negocio”. Da igual que no sea de la familia, lo importante es que mantenga la esencia, dice Ana. “Lo más especial de la Papelería Salazar es la dedicación y la relación que tenemos con nuestros clientes, que hace que se conviertan en amigos. Además, está el hecho de que somos muy especializadas. Se suele decir: Si no lo encuentras en Salazar, no lo busques. Todavía ahora nos mandan clientes de otros sitios porque saben que nosotros lo encontramos”. Estarían dispuestas a enseñar todo lo que saben a un posible heredero, pero nadie se ha presentado.

Por suerte no hay deudas. “Siempre hemos sido de pagar todo primero”, dice con orgullo Ana. Lo que les queda, entonces, es el local, que es propio y planean alquilarlo. Está ubicado en un lugar privilegiado a escasos pasos de la glorieta de Bilbao. Pero mientras siga abierta la papelería se niegan a hacer planes de futuro, aunque saben que llegarán con la jubilación. “Tendremos que cambiar de vida, pues esto es todo lo que conocemos, pero ahora habrá que hacer otras cosas, no hay más remedio”.

En la calle de Embajadores, a un salto de la plaza del Cascorro, por contraste, los inquilinos del teatro Pavón, la compañía de teatro Kamikaze saben que, aunque cambien de escenario, seguirán haciendo lo mismo de siempre. Para ellos la pandemia es un bache más en la inestable vida de quienes se dedican a las artes escénicas. Israel Elejalde, uno de los co-directores del teatro, asegura que habrá nuevos proyectos en el futuro, aunque 2021 será difícil por las condiciones del sector y también por el impacto emocional que supone cerrar una etapa en la que han invertido tanto. “Ahora mismo estamos en un momento de transición. Todavía estamos trabajando en algunas cosas, tenemos giras, con lo cual, entre eso y cerrar, tampoco nos da mucho tiempo para planear. Pero creo que este año será de latencia, porque al final el teatro en general está muy tocado y ahora mismo para meterse en un proyecto grande nuevo hay que ser bastante bobo o bastante loco”.

Desde que llegaron al Pavón en el verano de 2016, Miguel del Arco, Aitor Tejada, Jordi Buxó e Israel Elejalde sabían que se encomendaban a un proyecto de alto riesgo. “Nuestra idea era hacer un teatro privado, pero con vocación pública. Eso necesitaba, primero, de un apoyo del público que sí hemos tenido, pero a la vez el apoyo de las instituciones, y también un mecenazgo que nunca se ha llegado a lograr”, explica Elejalde. Aun así, su estancia en el Pavón fue exitosa, estableciéndose como referencia de las artes escénicas madrileñas rápidamente. Llegaron al punto más alto en 2017, cuando recibieron el Premio Nacional de Teatro.

Pero de repente llegó el coronavirus, y para el Pavón Kamikaze el parón llegó en el peor momento posible. El estado de alarma se declaró un día después de cuando estaba programado el estreno de su versión de Traición de Harold Pinter. Se vieron obligados a apagar las luces con todo montado y encaminado para el éxito -ya habían vendido 200.000 euros en entradas-. “Teníamos la confianza de que los próximos cuatro meses iban a ser muy buenos y que probablemente nos hubieran permitido incluso encarar la siguiente temporada más holgados”. La siguiente obra en cartelera, Las Ficciones, reunía a Carmen Machi, Irene Escolar y Bárbara Lennie, y Elejalde está seguro de que hubiera significado dos meses de llenos diarios. Sin embargo, el confinamiento les hizo imposible amortizar la inversión que incluye derechos de autor, diseñadores, vestuarios, escenografía, además de los gastos fijos de un alquiler de 4.000 metros cuadrados en el centro de Madrid y los más de 25 trabajadores permanentes.

En la carta publicada a finales de diciembre en la que anunciaban su cierre definitivo, sus responsables explicaban que era su “pretensión apurar el tiempo hasta la finalización del contrato de alquiler, en julio de 2021”, del local situado en la calle de Embajadores. También señalaban que en ese momento de arranque de temporada se habían planteado como objetivo “encontrar un espacio alternativo que permitiera dar continuidad al proyecto”. El dueño del inmueble, José Maya, desvelaba a principios de enero en Cadena Ser impagos del alquiler desde abril del año pasado, y aseguraba haberse enterado por los medios de comunicación de la no renovación del contrato por parte de la compañía. Maya tachaba su mediática despedida como una forma de lograr que “las administraciones les den un nuevo espacio”. Elejalde y sus socios han declinado responder, por el momento, a las palabras del empresario.

“No se puede tener un plan de negocios que prevea cerrar cuatro o cinco meses de repente”, se lamenta Elejalde; pero a la vez se mantiene positivo. “Lo que ha acabado es el espacio, ese intento de establecer un nuevo centro del tejido cultural de Madrid, pero lo que es nuestra actividad y la compañía seguirá trabajando en otros teatros y generando proyectos. Quien sabe si más adelante nos metamos en otro parecido a este, pero desde luego vamos a seguir haciendo teatro. Todos nosotros nos dedicamos al teatro. Vivimos del teatro. El teatro es nuestro oficio, nuestra forma de sobrevivir, de vivir, de ver la vida, y en cuanto nos recuperemos de esto estaremos otra vez dando guerra”.

A pesar del varapalo de la pandemia, el galerista Joaquín García tampoco ha perdido su vocación. Abrió García Galería en Doctor Fourquet, uno de los mejores recorridos para el sector del arte en Madrid, hace ocho años. “Convertir esa calle en lo que es fue idea mía. De repente una serie de locales salieron en alquiler en el 2012. Hablé con la galerista Balbuena y Nogueras Blanchard de Barcelona y decidimos abrir los tres a la vez. Creía que era importante poner las cosas fáciles a la gente y a los coleccionistas”, apunta el director del espacio.

Ahora habrá nuevos cambios en el sector, vaticina García. Muchas lo van a pasar mal y van a tener que apostar por artistas más consagrados, con la consecuente pérdida de variedad y riqueza que sufrirá la ciudad. También reivindica todo el entramado de la industria cultural: “Yo no sé hasta qué punto se dan cuenta de que detrás de una galería hay transportistas, almacenes, constructores, artistas, estudios… Tienden a pensar que el arte es una cosa etérea y que solo está el señor en la puerta de la galería y el pintor, pero hay una cadena de sectores implicados”.

Durante el confinamiento, García se dio cuenta de los meses que estaba perdiendo y de los gastos que estaba generando. Cuando abrieron en mayo habían perdido toda la temporada. Hicieron lo que pudieron, pero en agosto no quedaba otra que tomar una decisión al respecto. “Podíamos reducir al mínimo la galería, pero en nuestro caso no nos merecía la pena y no había opción de crecimiento. Al final lo único que teníamos era nuestro prestigio y buen hacer, para hacerlo mal era mejor dejarlo”, explica el galerista.

Pero García huye del pesimismo e indica que se pueden sacar aspectos positivos de lo que está pasando. Por ejemplo, el tema de las ferias con el protagonismo que habían cogido en el negocio de las galerías les estaba obligando a estar presentes con un desembolso enorme sin que eso les asegurase encontrar a gente interesada por lo que llevaban. “Ahora se abre un periodo en el que van a tener que aparecer sustitutos a una cosa que quizás no funcionaba tan bien como pensábamos. Desde luego es un momento en el que se renovarán muchas cosas”, admite.

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