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Una pequeña Suiza para la piel escondida en la calle de Fortuny

El barrio de Salamanca, con más de 200 centros de medicina estética, acoge la primera sucursal del mundo de uno de los centros más prestigiosos del mundo, la clínica La Prairie

Recepción de la Clinique La Prairie
Recepción de la Clinique La PrairieImagenSubliminal (Miguel de Guzmán + Rocío Romero)

Una discreta embajada que apenas sería visible si no fuera por las plazas de aparcamiento reservadas a la entrada del portal. Un recoleto restaurante, de moda, pero sin más que un pequeño letrero. Un edificio oficial, de los pocos que admiten la visión de un guardia armado hasta los dientes en la puerta. Edificios nobles, portales más grandes que algunos apartamentos, altas verjas y celosías. Escasos paseantes, algún despistado, una mujer caminando despacio con un perrito peludo, repartidores acelerados. Es la calle de Fortuny, en el barrio de Salamanca, un oasis entre el tráfico de la Castellana y el caos ordenado de Alonso Martínez. Esta calle, donde los pisos superan fácil y ampliamente el millón de euros, esconde algunos de los negocios más inesperados de la capital. E incluso oculta un pedazo de Suiza.

Hace justo un año, a mediados de enero, uno de los hospitales más famosos y exclusivos del país helvético decidió ir más allá de sus neutrales fronteras e implantar una sucursal en el centro de Madrid. Era la primera vez en 90 años que aquella lujosa y exclusiva clínica llamada La Prairie, que el doctor Paul Niehans fundó en Montreux en 1931, centrada en el bienestar, la longevidad y en curar por dentro y por fuera a sus pacientes, decidía implantarse en otro lugar.

“Se barajaron varias opciones como Milán, que estuvo a punto, Londres o París, incluso Barcelona, pero al final se tomó la decisión de que fuera Madrid”, explica en la recoleta entrada del lugar la doctora María Rosa García Maroto, directora de Medicina Estética del centro y una de los cuatro médicos con los que cuenta el lugar. Más que una réplica de ese inmenso centro suizo, que cuenta con hotel, un inmenso spa (que ha sido nombrado en más de una ocasión como el mejor del mundo), un gran gimnasio, un restaurante de lujo y todo tipo de tratamientos estéticos y una treintena de especialidades médicas, casi todas excepto cirugía cardíaca y pediátrica, lo que busca ser esta clínica es una sucursal escogida para clientes de todo el mundo que tomen Madrid como base para realizarse algún tipo de tratamiento. Además, es un punto de encuentro perfecto para muchos pacientes de Oriente Medio o de América Latina.

La doctora García Maroto sabe que la diferenciación no es sencilla, porque “solo en el barrio de Salamanca hay más de 200 centros estéticos”, recapitula. Pero aquí hay un sabor especial por tratarse de un lugar por el que —en el original— han pasado mandatarios como Winston Churchill o Mijail Gorbachov, actores como Marlene Dietrich, Charlie Chaplin o Cary Grant e incluso papas de Roma. Pío XII se trató en ella en 1953 y siguió acudiendo cada cierto tiempo; se dice que la clínica se convirtió en el secreto de su longevidad hasta que murió, a los 82 años, a finales de la década.

Llama la atención su arquitectura, un proyecto del estudio gon-architects. La privacidad es la máxima. La entrada principal está en la entreplanta, pasado el portal de Fortuny, 6, pero también hay una entrada directa desde el portal para quien no desee pasar por recepción y ser visto. También hay otro acceso desde el garaje, que tiene plazas reservadas para los pacientes y subida directa. Ya en la clínica, todas las salas de tratamiento se comunican con los despachos de los médicos, para que el paciente siempre se sienta acompañado. Todo es de un blanco impoluto, inmaculado, aunque los techos de las habitaciones se pueden iluminar con colores a la elección de quien descanse en la camilla. Y la camilla, otra cuestión. “La Rolls Royce de las camillas”, dice riendo García Maroto, las más anchas del mercado, además de calientes. Tumbados o a la espera, se elige la luz, la música o el té o el café de una carta seleccionada. El lujo, en los detalles.

Quien piense en bótox o láser o cuestiones similares, acertará. Pero también hay tratamientos de nutrición, longevidad, eliminación de acné, fotoenvejecimiento, plasma rico en plaquetas o para zonas íntimas, algo que demandan especialmente las mujeres de más de 50 años. No hace falta pensar en precios abusivos. Aunque el tratamiento es de lujo desde el momento de poner un pie en la puerta, las tarifas son similares a las de las clínicas estéticas no low cost de Madrid. Los tratamientos van desde los 85 euros hasta, como máximo en el ámbito facial, los 3.000, siempre con tecnología puntera y con esa filosofía de “tratamiento integral”.

Cuenta la doctora García Maroto que las edades son muy variables, e incluso los géneros. Por ejemplo, son cada vez más los hombres, sobre todo cumplidos los 60, que se animan con la estética. Le han perdido el miedo y vienen con más frecuencia y solos. También cada vez más las chicas jóvenes que buscan un tratamiento de, por ejemplo, ácido hialurónico, “muy influenciadas por Instagram, se ha abierto la veda”, afirma. El miedo ha desaparecido y el pinchazo se está democratizando. Algo que se observa en cómo cambiado en los últimos años el momento en el que se hacen los tratamientos. “Antes era impensable, por ejemplo, hacer algo del 20 de diciembre al 7 de enero. Ahora es cuando la gente quiere las citas, no les importa que la familia les vea con un hematoma, pero quieren llegar bien al trabajo o a una entrevista laboral. De hecho, aunque parece chocante también viene gente en paro para estar bien para una contratación”. También hay quienes deciden el tratamiento en función de lo que tienen: presupuesto, días libres, necesidad de días de baja. La modernidad ha llegado a la estética.

Si a muchos les suena el nombre de La Prairie de esta clínica, será no solo por su hermana mayor suiza, sino por la marca de cremas, sérums... que tiene el mismo nombre. Ambas nacen juntas pero “en los ochenta la firma se vendió al grupo Beiersdorf, el de Nivea”. Ya con caminos separados, clínica y marca mantuvieron sus nombres. “Uno de los dueños de la clínica vio que había que lanzar una línea para los clientes, y es azul también porque está basada en la flor de Iris suiza, que es de ese color”, relata García Maroto. Sus productos se llaman ahora Clinique La Prairie.

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