La crisis del coronavirus

Una cena bajo cero y junto a la estufa

La costumbre de cenar en restaurantes y tascas la víspera de Reyes se reduce por la pandemia y el frío

Terrazas de restaurantes del barrio de Chueca, el martes, cuando el termómetro marcaba cero grados.
Terrazas de restaurantes del barrio de Chueca, el martes, cuando el termómetro marcaba cero grados.Andrea Comas

El plato de secreto ibérico llegó humeante a la mesa hace cinco minutos. Ahora está helado, y la mostaza y la miel que recubren la carne se ha convertido en una costra amarilla petrificada capaz de doblar un tenedor de acero.

Hay que quererse mucho para cenar con tu pareja al aire libre cuando se asoma en el horizonte una ola de frío polar. Esta noche, la víspera de Reyes, el termómetro marca uno bajo cero. Ana y Carlos, una pareja gallega, ella ingeniera de caminos y él médico, tenían reservada una mesa en el interior de un restaurante de la calle Ponzano, El Secreto. Pero Ana, de repente, se asustó y prefirió cenar en la terraza. Fue ella la que ordenó el solomillo ibérico que ahora parece un cubo de hielo. No tiene otro remedio que pinchar en el revuelto con jamón que pidió él.

Carlos lleva una camiseta interior térmica, una camisa, un jersey, un chaleco de plumas y una bufanda. “Y aun así estoy helado”, confiesa. Él estaba tan contento en el interior del local, calentito, cuando la decisión de ella lo ha arrojado a este frío siberiano. “Mi señora (dicho con sorna) prefería cenar fuera que contagiarse del virus. Yo al revés”, explica.

¿Cómo que al revés? “Creo en la inmunidad de rebaño, como se dice en inglés, aunque en español es más correcto llamarla inmunidad de grupo. Tengo poca fe en la vacuna, ojalá funcione, pero el proceso va lentísimo. Yo creo que la gente vulnerable debe quedarse en casa y la que no esté en riesgo que salga a la calle. Cuando se contagie el 70% de la población sana y sin riesgo el virus se extingue”.

Ana atiende a la explicación y después cambia de tema. “En cuanto te sientas el cuerpo se te queda petrificado”, se ríe. Es su segunda noche en Madrid, a donde ha venido para pasar el día de Reyes con sus sobrinos. Cerca tienen una estufa donde flamea una llama con potencia, que sin embargo no logra amortiguar el frío. La pareja pide la cuenta a toda prisa, sin postre ni café, y sale pitada al hotel NH donde se hospeda. A ver si logra entrar en calor.

Las navidades pandémicas han dejado una estampa diferente de la que estamos acostumbrados. La gente solía atestar los interiores de los negocios, resguardándose de las bajas temperaturas. Con las restricciones por el coronavirus y la proliferación de terrazas de bares y restaurantes por toda la ciudad hay gente que ha decidido no cortar su vida social y la mantiene a costa de pasar frío al aire libre. Salen muy abrigados de casa, buscan lugares que no estén muy expuestos al viento y, a poder ser, que tengan potentes sistemas de calefacción exterior.

Los restaurantes de Madrid, según la asociación de Hostelería de esta comunidad, facturaban en la campaña de Navidad el 20 por ciento de su facturación anual. Las pérdidas se cifran en 1.131 millones de euros debido a las restricciones de aforo por un lado y las limitaciones horarias por otro. 23.014 locales han sufrido en el último trimestre la reducción de su cuenta de resultados con respecto a otros años.

No se sabe si cuando pase todo esto la costumbre de continuar en la calle y junto a las estufas permanecerá. El futuro es un misterio, pero el presente de estos dos amigos que cenan en una terraza de las inmediaciones de la plaza del Dos de Mayo resulta esplendoroso. Si la felicidad es una ráfaga, como dice José Luis Garci, a Rubén y a Cristina les está dando de lleno. Se miran y se ríen. No saben qué hacer. Al final acceden y dicen que por qué no, que no tiene nada de malo contar su historia. Él tiene 47 años y ella, 45. Son amigos desde hace muchos años. Muchos, enfatizan los dos. Comparten unas croquetas y un revuelto que, así a primera vista, parece un salpicón de marisco.

¿Quién invitó a quién? “Acuerdo conjunto”, dicen. Se conocen del barrio de Malasaña. En los años 90 se encontraban en un montón de garitos como El Penta, por poner un ejemplo. Siguen lanzándose miradas cómplices. Llegó un punto de sus vidas en el que dejaron de verse. Ella se fue a vivir al País Vasco, él se quedó aquí, en Madrid. Hablan de vez en cuando por WhatsApp. Y hoy, después de cinco o seis años, no recuerdan bien, se han vuelto a juntar. Rubén lleva una camiseta y una camisa por encima, muy años noventa, y apenas una cazadora por encima. “Tampoco hace tanto frío”, dice él. “Tengo la sensación de que hay 10 grados”, añade ella. Queda claro que el frío también es un estado de ánimo.

Lo peor —o lo mejor para otros— está por llegar. La Comunidad de Madrid se prepara ante la previsión de fuertes nevadas entre el jueves y el domingo, cuando se esperan acumulaciones significativas de nieve en toda la región. Hay meteorólogos que ya dicen que la nevada será histórica. Primero 2020, cargado de situaciones que esta generación no había vivido antes, y ahora esto, más historia. Los libros serán cada vez más gruesos porque no hay donde meter tanto acontecimiento trascendente.

Eso sí, la gente seguirá brindando, venga lo que venga, aunque sea al aire libre. Bien abrigadas, cuatro mujeres de distinta edad, Marina, María, Patricia y Sofía, comparten una mesa exterior en un restaurante italiano de la plaza de los Cubos. Marina es la madre y María, Patricia y Sofía son sus hijas. “Estamos aquí por él”, dice María, la más pequeña. ¿Por quién? “Por Pebble”, explica, y con una mano levanta una manta que tapa algo en una silla que parecía vacía. Descubre como una maga a un pequeño perro (“pesa un kilo y medio”) que dormía plácidamente. Se llama como los bebés de Los Picapiedra. “Si no fuera por él estábamos dentro calentitas”, dice la madre.

Se reúnen por una costumbre ancestral de la familia. Cuando eran pequeñas, la madre llevaba a las niñas a la cabalgata y al acabar cenaban en algún restaurante. En el interior, claro, no entran mascotas. Ahora han cambiado las cosas, pero ellas intentan que esta nueva realidad no sea tan distinta. Cuando paguen la cuenta —la madre— y vuelvan a casa colocarán, como siempre, los regalos debajo del árbol. Patricia vive en París, Sofía en Turín y María, la que todavía vive en casa, se irá también el año que viene a estudiar fuera. Eso llegará, pero ahora mismo están las cuatro juntas y ese momento no se los quita nadie, aunque haya que pasar frío.

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